España sangra en la corrida de toros neoliberal

Después de la firma de los Acuerdos de La Moncloa, en 1977, toda la clase política de España supuso que la liberalización absoluta de la economía y de la sociedad española sería el camino de entrada al paraíso del “Primer Mundo”. El modelo adoptado pasó a subordinar todos los fundamentos basilares de la sociedad, incluyendo los morales, además del crucial sistema de crédito público, a los designios de las grandes corporaciones bancarias privadas, las cuales establecieron una alianza con sus pares anglo-americanos para explotar las ventajas de la “globalización” financiera. Con esto, España pasó a ser gobernada de hecho por una clase bancaria oligarca, que, como en otros países igualmente engañados por el modelo, pasó a utilizar la deuda pública como palanca para su expansión global.

Entre otras medidas, el Pacto de La Moncloa establecía que:

“Las normas reguladoras del crédito oficial se adecuarán, de forma que: las entidades oficiales de crédito se financien, por lo menos en un tercio, con fondos captados en los mercados; sus operaciones activas puedan ser similares a las de la banca privada; y tengan la posibilidad de acceder a los créditos de regulación monetaria”.

Tres décadas y media después, España despierta brutalmente del sueño neoliberal, hacia una pesadilla en el mundo real: una sociedad desmoralizada y en proceso de estancamiento demográfica, con una de las tasas más bajas de fertilidad femenina en el mundo (1.48 hijos por mujer en edad fértil) y la amenaza del separatismo. El toro neoliberal hirió de muerte a la sociedad española.

El editorial del New York Times del pasado 2 de octubre brinda una descripción del tétrico escenario del país que es la cuarta potencia económica de la Unión Europea (UE), donde los impactos socioeconómicos de la crisis sistémica global se están acumulando para producir lo que solamente puede ser calificado como un virtual retroceso civilizatorios. Se lee:

“Los reflectores están ahora sobre España, donde el primer ministro (el título oficial es presidente del gobierno -n.e) Mariano Rajoy está luchando para hacer nuevos recortes presupuestarios, sin provocar nuevas explosiones de furia en casa y alimentar tendencias secesionistas en regiones inquietas como Cataluña, el motor económico del país. Pero, casi con certeza, la amarga mezcla de nuevos recortes en los servicios públicos, congelamiento de pagos y aumentos de impuestos, que el Sr. Rajoy anunció la semana pasada, empeorará tanto la situación política como la económica (…)”

“Los actuales problemas de la deuda de España no son el resultado de gastos gubernamentales dispendiosos durante los años de expansión; provienen del súbito colapso de una burbuja inmobiliaria en el sector privado, alimentada por crédito artificialmente barato. El estallido de esta burbuja barrió millones de empleos españoles, arrastrando los ingresos fiscales y los gastos de los consumidores. Ello, forzó también al gobierno a comprometer miles de millones de euros que no tenían y no podían recaudar más, para rescatar a su tambaleante sistema bancario. Nuevos recortes en los empleos remanentes y en la capacidad de gastos no traerán una recuperación; solamente promoverán más miseria y tumultos”.

Dando más atención a las consecuencias de la crisis, el diario inglés The Guardian publicó el pasado 28 de septiembre, un sombrío reportaje que dibuja contornos más precisos de esta tragedia, empezando por el título: “El tejido cultural de España se afloja, mientras la austeridad cobra su precio”. El texto de los corresponsales Giles Tremlett y Martin Roberts abre con la perpleja pregunta de una joven ejecutiva londinense, alcanzada por una bala de goma de la policía, durante una de las recientes manifestaciones populares ocurrida en Madrid, contra el nuevo paquete de austeridad financiera anunciado por el gobierno de Rajoy:”¿Cómo pudo pasar esto?”.

De hecho, el cuadro español es aterrador, como observan los periodistas británicos:

“(…) En la medida en que el desempleo llega al 25% y sigue en aumento, partes del tejido del país comienzan a aflojarse. Medio millón de hogares no tienen quien los sostenga. Más de la mitad de la población menor de los 25 años y la mitad de los inmigrantes están sin empleo. Y con un tercio de ellos que no califican para los beneficios de desempleo, la desesperación se está estableciendo.

“Una de las tendencias alarmantes es la remoción de personas ancianas de los asilos, ya sea porque las familias no pueden pagar o, simplemente la desesperación para tener de vuelta los ingresos estables, aunque magros, de las jubilaciones. Apenas este año, entre 8 000 y 10 000 de las personas en asilos volvieron con sus familias, según la asociación de la categoría, FED, que responde por el 75% de las camas privadas disponibles (…).

“Casi todos los asociados a los servicios de bienestar social cuentan historias semejantes. Alas hospitalarias se están cerrando en Cataluña. Las escuelas públicas de Madrid iniciaron el período lectivo con menos profesores y algunas escuelas secundaras cerraron sus laboratorio de Ciencias.

“La organización católica de ayuda Cáritas, que distribuye despensas y otro tipo de ayuda, en las parroquias de todo el país, informó que está atendiendo a un millón de personas, o uno de cada cincuenta españoles. ‘Las personas están necesitando de nosotros cada vez más tiempo y nuestros recursos están estirados al punto de ruptura”, dijo el director de Cáritas, Sebastián Mora. ‘Estamos profundamente conmocionados por una crisis que sigue creciendo y por la velocidad y extensión en que las cosas están empeorando’.

“En algunos barrios de Madrid, nerviosos hombres, van de basurero en basurero, por la noche, en busca de comida. Una legión de desempleados intenta conseguir dinero buscando basura reciclable, en ciudades de todo el país. Y, en la medida en que España empobrece, las disputas por los recursos cada vez más escasos se vuelven más acaloradas (…)

“Los recortes están, igualmente, llegando al tejido cultural de España. Museos públicos como El Prado de Madrid, recortaron sus presupuestos en dos tercios, en tan sólo cuatro años (…)”.

Frente a semejante catástrofe, no sorprende la efervescencia separatista que resurgió con mucha fuerza en Cataluña, un factor adicional de las tensiones en el país. Durante la semana pasada, el presidente de la región autónoma, Artur Mas, echó más leña al fuego al anunciar elecciones regionales anticipadas para el 25 de noviembre, con la promesa de realizar un referendo por la independencia en un futuro próximo. En respuesta, la asociación de Militares Españoles (AME), entidad que congrega a los militares de reserva y es considerada representante informal de los activos, divulgó un fuerte comunicado, advirtiendo que quien promueva la “fractura de España”, podría ser juzgado por traición, en tribunales militares. Las Fuerzas Armadas son consideradas los guardianes de la integridad nacional y la secesión está prohibida por la Constitución española.

Por otro lado, el impulso separatista no pasa de ser una ilusión, pues los problemas de Cataluña, así como los de España, no remontan las asimetrías en la distribución de recursos fiscales, la principal queja de los catalanes. El núcleo de la cuestión es más profundo y nos remite al propio modelo de “globalización” financiera, que ha prevalecido en todo el mundo, desde la década de 1970, bajo el cual todos los valores fundamentales del proceso civilizatorio fueron subordinados a la “lógica” de un sistema financiero desregulado, libre de restricciones y cada vez más desvinculado de la función principal de fomentar los sectores productivos de la economía.

Con la “globalización”, los grandes bancos españoles se adhirieron alegremente a los altos juegos de la financierización económica mundial, en gran medida, asociados a sus pares británicos, pasando a recorrer el mundo en busca de inversiones multiplicadoras de su capacidad de apalancamiento de nuevos y cada vez más complejos instrumentos financieros, en un proceso que, en poco tiempo, se volvió un fin en sí mismo. La pérdida de soberanía monetaria, con la adhesión al euro, acrecentó una complicación adicional para la capacidad del gobierno español de reaccionar ante la crisis, pues el rígido molde de la política monetaria controlada a partir del Banco Central Europeo (BCE) no dejó muchas opciones autónomas de respuesta, ya fuese en Madrid o en cualquier otra capital de la eurozona (con excepción de Berlín).

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