Aunque todavía se desconoce la manera como el presidente Donald Trump intenta concretar su prometido plan de inversiones de un billón de dólares en infraestructura, ya dio inicio a su política proteccionista, “America First”, la cual amenaza deflagrar ondas de choque en todo el sistema mundial de comercio. Para esto, ya firmó dos decretos ejecutivos que revisan la actual política comercial y confrontan a los socios comerciales de los EUA responsabilizados por el colosal déficit comercial del país, que, en 2016, llegó a 500 mil millones de dólares.
En verdad, la más preocupante es la parte de este déficit referente a los sectores manufactureros, que escala a más de 750 mil millones de dólares, incluyendo 347 mil millones a favor de China. Se trata de una tendencia que ocurre desde hace una década.
Evidentemente, con un impacto considerable en los niveles de empleo. De acuerdo con la Oficina de Estadísticas estadounidense, desde 2001, las manufacturas perdieron 6 millones de puestos de trabajo.
De acuerdo con Trump, los déficits con China, Japón, México y Europa son causados por el hecho de que ellos se han ganado provecho de la inclinación de los EUA por la apertura de sus mercados. Por eso, está proponiendo nuevos impuestos y tarifas sobre las importaciones.
Las medidas proteccionistas, combinadas con la promoción de la producción nacional y el consumo “made in USA”, constituyen una cuestión extremadamente compleja. Una cosa es actuar mediante el apoyo a las inversiones, otra es la imposición de tarifas al resto del mundo.
Una cosa es que algunas formas de proteccionismo pueden ser temporalmente aceptables para las economías de países en desarrollo, y otra, los Estados Unidos. El dólar representa, en el ámbito global, la economía y la moneda dominantes, en condiciones de determinar todos los intercambios comerciales y las relaciones monetarias. Siendo así, semejantes medidas podrían desencadenar una guerra comercial a gran escala.
Sin embargo, Wilbur Ross, el nuevo secretario de Comercio, dijo que el país “ya está en una guerra comercial”, ampliando la afirmación con una imagen militarista: “Ya estamos en ella hace décadas. La única diferencia es que, finalmente, nuestras tropas están llegando al bastión. No tenemos un déficit comercial por casualidad”.
En paralelo, Trump anuló los dos mega-tratados comerciales, con el Pacífico y la Unión Europea, en lugar de buscar un modus operandi común.
Recordemos que el déficit comercial estadounidense tiene orígenes distantes. Comienza en 1975, cuando China todavía era un país agrícola del Tercer Mundo, con pocas fábricas y sin exportaciones. En los EUA, en seguida, hubo un impulso hacia la financierización progresiva de la economía, en el contexto del proceso de globalización. En lugar de desarrollar nuevas tecnologías energéticas, por ejemplo, decidió importar más y más petróleo de grandes productores como Arabia Saudita.
El NAFTA, el acuerdo de libre comercio con México y Canadá, firmado en 1994, fue promovido por grandes industrias y bancos estadounidenses, que prefirieron transferir gran parte de la producción industrial hacia las terribles maquiladoras de las ciudades fronterizas mexicanas, donde pasaron a producir con costos de ganga, aprovechando al máximo la fuerza de trabajo casi esclava y con bajos índices de sindicalización.
Posteriormente, un proceso semejante se inició también con China, quien asumió el compromiso de comprar títulos del gobierno estadounidense emitidos para apoyar los déficits comerciales de Washington. Hoy, Pekín detenta más de un billón de dólares en títulos del Tesoro.
La historia muestra que, en un mundo globalizado, políticas proteccionistas también conllevan efectos negativos para el país que las inicia. Esto aconteció, por ejemplo, después de la quiebra de la Bolsa de New York, en 1929, cuando los EUA promulgaron la Ley Smoot-Hawley, que impuso medidas y restricciones proteccionistas sobre las importaciones de productos extranjeros, contribuyendo a la aceleración de la Gran Depresión.
Consecuentemente, en el período 1929-1933, los flujos de comercio mundial se redujeron dos terceras partes, cayendo de 5300 millones de dólares a 1800 millones.
La perspectiva, por lo tanto, es bastante preocupante para Europa y para Italia, en particular. El gobierno de Washington parece querer imponer ya tarifas sobre algunos productos tradicionales europeos, desde scooters Vespa hasta el agua mineral San Pellegrino y Perrier, pasando por los quesos más conocidos entre otros.
China, como un gigante económico y político, está en condiciones de promover un acomodo necesario con los EUA. Pero, por desgracia, Europa, dividida y sin una verdadera política económica común, se muestra bastante débil en cuanto a la posibilidad de confrontar las opciones e imposiciones estadounidenses. Y corre el riesgo de pagar un precio más alto.

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