Jackson Hole: la reticencia de los bancos centrales

Fue un encuentro muy extraño. Hacia finales de agosto, hubo una confrontación entre Janet Yellen, la presidente de la Reserva Federal de los EUA y Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo (BCE).

Todos los años, las principales autoridades financieras del planeta se reúnen en el popular resort de Jackson Hole en Wyoming, con el objetivo de discutir la situación monetaria, financiera y económica de los EUA y del resto del mundo. Este año, las dos figuras principales de la política monetaria internacional hablaron sobre muchas cosas, algunas interesantes, pero evitaron cuidadosamente presentar sus futuros programas monetarios.

Los principales medios informativos económicos argumentaron que Yellen había defendido las reformas financieras y bancarias parcialmente implementadas por el gobierno de Obama, mientras que Draghi se había manifestado contra el retorno de medidas proteccionistas. En esencia, ambos había criticado las políticas de Donald Trump, las cuales, de hecho, están desmantelando la ya de por si debilitada reforma Dodd-Frank referente a los bancos “demasiado grandes para quebrar” y al “sistema bancario paralelo”, además de estar reavivando la campaña neo-proteccionista “América Primero”.

Consideraciones meritorias. Pero al mundo también le gustaría saber si es como “Fed” aumentará sus tasas de interés y hasta cuando el BCE pretende seguir con su política de “flexibilización cuantitativa” (eufemismo para nombrar a las grandes inyecciones de liquidez en el sistema financiero). Al momento, los bancos centrales siguen políticas muy diferentes, pero con efectos globales significativos.

Una década después de la “Gran Crisis”, Yellen sugirió que lo que fue hecho en los últimos diez años habría vuelto al sistema entero más estable y seguro.

Importante fue admitir que los líderes de la política económica y monetaria estadounidense negaban las evidencias del colapso, aún cuando estaba ocurriendo. Según ella: “hace diez años, el sistema financiero estadounidense y mundial estaba en peligro. Los precios de los inmuebles llegaron a un pico en 2006 y los problemas del mercado hipotecario se volvieron agudos en el primer semestre de 2007. En agosto, la liquidez en los mercados monetarios se deterioro a tal punto que exigió la intervención de “Fed”. La discusión en Jackson Hole de 2017, con pocas excepciones, fue muy optimista sobre las posibles consecuencias económica negativas causadas por las tensiones que afectaban al sistema financiero”.

El problema para los mercados, y no solamente para ellos, es que la presidente de “Fed” evitó cuidadosamente comparar la situación de 2007 con la de hoy. Sin embargo, en realidad, la situación general no mejoró. Un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) muestra que, a finales de 2015, la deuda agregada global (pública, privada y corporativa, sin el sector financiero) llega a 152 billones de dólares, el 225% del PIB mundial. El porcentaje era de cerca de 190% en 2007. Y se estima que, hasta el 2015, la deuda había crecido por lo menos un billón de dólares por mes.

Referente a esto, la deuda pública mundial se duplicó, de 29.5 billones de dólares en 2007, a casi 60 billones, actualmente.

Lo mismo ocurrió con la deuda corporativa (de empresas privadas). Son cerca de 50 billones de dólares, de los cuales la mitad está en las economías emergentes, principalmente de China. En los países emergentes, la cantidad pasó de 7 billones de dólares en 2007, hasta 25 billones en la actualidad.

Incluso el comercio mundial no se recuperó totalmente del colapso pos-crisis. Según la UNCTAD, la agencia de la ONU que trata del comercio y el desarrollo, tomando como 100 el valor del comercio mundial de commodities en 2000, subió hasta 250 en 2008, cayó a 194 en 2009 y sólo llegó a 247 hacia finales de 2016.

Las bolsas internacionales, por otro lado, demostraron una dinámica muy diferente, llegando al punto de ser poco comprensible. Hoy, por ejemplo, el índice de la bolsa italiana está de vuelta de la mitad de 2007 antes de la crisis, y el índice Euro Stoxx 50 Stock Market (compuesto por las 50 empresas principales de la zona del euro) está en 3 500 puntos, contra los 4 500 de 2007. Por su parte, el índice Dow Jones estadounidense tuvo un comportamiento sorprendente: de 14 000 puntos en 2007, cayó hasta 6 600 en marzo de 2008, para llegar a los estratosféricos 22 000 puntos-¡una alza inflacionaria sin precedentes!

No es, por tanto, coincidencia que hayan autorizadas y crecientes advertencias sobre el riesgo de una nueva crisis financiera global. Este es el caso del ex-presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, quien, en una reciente entrevista a la agencia Bloomberg dijo que “estamos en medio de una burbuja de los precios de títulos corporativos”.

“Estamos entrando en una nueva fase de la economía, una estanflación ya observada en la década de 1970”, dijo Greenspan. Como se sabe, se trata de una combinación mortal de estancamiento en la economía con inflación de precios.

En las páginas del periódico L’Express, Jacques Attali, el conocido representante del stablishment francés, declaró que “más pronto o más tarde, los bancos centrales dejarán de comportarse como Madoffs legalizados. Tendrán que reducir los flujos de dinero gratis que están dando los bancos. Esto hará que suban las tasas de interés y os gobiernos y las empresas tendrán que recortar costos, o acabarán quebrando”. Bernard Madoff, recuérdese, es un especulador estadounidense condenado a 150 años de prisión por haberse robado 65 mil millones de dólares de inversionistas.

Attali concluyó que “sería hora de pensar colectivamente, con calma, en reducir las deudas e implementar las reformas financieras reales a ser aplicadas internacionalmente. Esta es la tarea del G-20. Los gobiernos deben lidiar con esto, si ellos realmente se preocupan por el interés de las generaciones futuras. Naturalmente, esto no será hecho. Solamente los optimistas lúcidos tendrán éxito”.

Una amarga conclusión, pero, desgraciadamente, realista.

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