¿Estímulo monetario o reforma del sistema?

“Ya pasaron más de cinco años desde la eclosión de la crisis financiera global, pero la economía todavía está luchando para superar la debilidad crónica del período pos-crisis”. La queja, en tono de desánimo, la hizo recientemente nada menos que el director-presidente del Banco de Compensaciones Internacionales (BIS, siglas en inglés), Jaime Caruana.

Una debilidad que se manifiesta de varias maneras: tendencias decepcionantes de producción y de productividad; desempleo, que ya supera los niveles pre-crisis; riesgo de deflación; crecimiento del 30% de la deuda privada de los sectores no financieros en relación al PIB; sector financiero todavía en restablecimiento; mercados financieros a la alza y cada vez más dependientes de los bancos centrales; crecientes déficits presupuestales, a pesar del aumento de la recaudación fiscal; y una política monetaria que ya llegó a sus límites.

Caruana no es precisamente un economista o político “pesimista”, en búsqueda de emociones fuertes. Semejante análisis es compartido por muchos especialistas e instituciones financieras internacionales, que han discutido la eficacia de las políticas monetarias aplicadas hasta ahora, en Occidente, para apoyar la recuperación económica. En verdad, se trata de dos diagnósticos opuestos. Uno se basa en la caída de la demanda (shortfall of demand); el otro, en la recesión provocada por la crisis de los balances financieros (balance sheet recession) de los varios agentes económicos.

En el primer caso, caracterizado por un choque provocado por una demanda negativa, a su vez, alimentada por mecanismos internos de reducción de las deudas y por la apertura, la respuesta debe concentrarse, principalmente, en acciones de estímulo monetario para la economía. En este cuadro, las políticas monetarias “acomodaticias” serían esenciales, aunque puedan volverse contraproducentes, si se prolongan en demasía.

En el segundo, deben de privilegiarse las reformas estructurales y la restructuración de los balances financieros, desprendiéndolos de la explosión financiera incontrolable y favorecida del laissez faire pre-crisis. Se argumenta que la crisis no sería resultante de un efecto exógeno, sino el inevitable colapso de una burbuja financiera e insustentable. Por consiguiente, lo primero es limpiar los balances tanto de las deudas como de los títulos incobrables. Los sectores financieros e, incluso las bolsas de valores, deberían vaciarse, para que la economía vuelva a crecer. Todo eso, es necesario para asegurase que el crédito, ya anémico, no sea absorbido por los ciclos puramente financieros, en lugar de ser inyectado a los sectores productivos. En tales situaciones de recesión, más que la cantidad de crédito, o su destino, es incomparablemente más importante.

El segundo enfoque confirma, con los datos disponibles, que las crisis bancarias sistémicas están acompañadas por caídas permanentes en la producción -para las cuales el remedio consiste en la reducción de las deudas y en la realización de reformas estructurales en el sistema, para asegurar que los incentivos económicos sean dirigidos hacia la generación de nuevas inversiones y empleos. Recientemente, el mismo Fondo Monetario Internacional (FMI) tuvo que reconocer que las medidas de estímulo conocidas como “facilitación cuantitativa” – o sea, fuertes inyecciones de liquidez al sistema bancario-no generan aumento alguno de las inversiones productivas.

Al contrario, entre 2008 y 2013, en los llamados países avanzados, se verificó una reducción del 2.5% en la proporción de las inversiones en relación al PIB. El Fondo, teme que, en muchos de estos países, un retorno a los niveles pre-crisis o sería posible, por lo menos, en los próximos cinco años, tanto que ya se habla de un “estancamiento secular”, especialmente, si “nuevos choques golpean esas economías o si las políticas no enfocan debidamente las causas de la crisis”. Hasta en el Sistema de Reserva Federal (EUA) crecen las dudas en torno a la eficacia de las políticas implementadas hasta el momento. Un estudio realizado por el Banco de la Reserva Federal de St. Louis (uno de los doce bancos regionales en que se divide el sistema), por ejemplo, hace una comparación de las políticas de los países occidentales con las adoptadas por China. Las conclusiones son verdaderamente sorprendentes: el estímulo monetario en las economías avanzadas no logró llegar a los objetivos anunciados, mientras que las políticas chinas, basadas en medidas fiscales y crédito para el desarrollo, han producido resultados positivos.

Sin presunción, pensamos que el Banco Central Europeo debería considerar cuidadosamente estas cuestiones, en vez de, simplemente, imitar las políticas monetarias de la Reserva Federal.




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