La estupidez es el enemigo

Por Jonathan Tennenbaum, desde Berlín

El año nuevo recibió a un buen número de naciones y de regiones del planeta con un escenario de crisis. Los noticieros parecieran que no tienen otra cosa que presentar una sucesión de desastres y, de hecho, no se puede ignorar el peligro que representa la escalada de conflictos violentos en combinación con un sistema económico y financiero injusto e inestable.

No deberíamos, sin embargo, abrazar una visión unilateral y pesimista de la realidad. Existen 7,200 millones de personas en el planeta y la enorme mayoría de ellas vive vidas pacíficas normales, en condiciones que -aunque con frecuencia sean difíciles y que muestran una creciente división entre ricos y pobres- son, de diversas maneras, mucho mejores que las vividas por la mayoría de las personas en épocas pasadas de la Historia. Esta es una gran hazaña de la Humanidad, proporcionada por los avances de la ciencia y de la tecnología y, naturalmente, también del trabajo de las generaciones pasadas. Gracias a esto el mundo actual dispone de un enorme e inusitado potencial para el progreso. La pregunta es: ese potencial ¿será utilizado?

Es evidente que los problemas más serios que enfrenta hoy la Humanidad no son de naturaleza objetiva o material, sino política. En un grado más profundo son culturales. A mi manera de ver, están ligados al hecho de que tan sólo un pequeño porcentaje de la población actual está conscientemente empeñada en desarrollar sus mentes. Lo peor es que se observa una pérdida creciente de las capacidades cognoscitivas y la expansión de los comportamientos irracionales e infantiles. Mucha de la cultura actual se puede caracterizar de una cultura de estupidez moral e intelectual. Esto es válido no tan sólo para las masas de la población, sino también a la visión cultural de las élites de la sociedad.

La mente humana es, ciertamente, el recurso más pobremente utilizado del planeta. Es claro que este es un problema muy antiguo, pero que viene alcanzando nuevas dimensiones con la llegada de la prensa de masas y de !a llamada industria del entretenimiento y, más recientemente, con los fenómenos culturales relacionados con la llamada “revolución de la información.”

A propósito, no deja de ser curioso que el presidente estadounidense, Barack Obama, en una entrevista reciente, haya sugerido una relación entre la popularidad del multimillonario Donald Trump como precandidatos para suceder lo en el cargo y el deterioro de las capacidades intelectuales de una parte significativa de la población estadounidense. Efectivamente, la llamada “estupidización” de la población, el aumento de la ignorancia y la incapacidad de pensar claramente han sido un tema de debate en Estados Unidos. Un ejemplo es el libro “Estados Unidos Idiotas: Cómo la estupidez se convirtió en una virtud en la Tierra de la Libertad’ (Idiot América: How Stupidity became a Virtud in The Land of The Free), del conocido periodista Charles Pierce. Según él: “El ascenso de la América idiota representa hoy, principalmente para las ganancias, pero también, y de forma más cínica, para buscar ventajas políticas en la lucha por el poder, la ruptura de un consenso de que la búsqueda del conocimiento es un bien.”

En esa misma línea, Bill Kepler, ex jefe editorial del New York Times, dijo recientemente: “Moda, entretenimiento, espectáculos, voyerismo; estamos dirigidos a las trivialidades, a lo inconsecuente, al consumismo incontestado y evidente. (…) La gente acepta sin cuestionar, creen sin evaluar las opciones. (…) Pensar toma mucho tiempo: queda en el camino del inmediato, de las experiencias online.”

Hay una preocupación especial en relación con la generación más joven. Vale la pena recordar un libro publicado en 2008 por el profesor universitario Mark Bauerlin titulado “La generación más estúpida: cómo la era digital estupidiza a los jóvenes estadounidenses y amenaza nuestro futuro” (The Dumbest Generation: How The Digital Age Stupefies Young Americana And Jeopardizes Our Futuro). En él, Bauerlin resalta que una gran parte de los jóvenes de hoy está perdiendo su capacidad de concentración y de leer textos serios, a cambio de una gratificación rápida que proporciona la prensa digital y los juegos de vídeo. Habla de un nivel “increíble” de ignorancia de la Historia y de los conocimientos elementales necesarios para que se sea un ciudadano adulto con sentido de !a responsabilidad, y advierte: “Estamos a punto de dejar nuestro país en manos de una generación que no sólo no lee mucho, sino que tampoco piensa mucho. (…)”

Las ominosas consecuencias políticas de tal situación se señalan, por ejemplo, en un artículo del abogado y escritor David Niose, publicado en junio pasado en la revista Psychology Today, luego de !a masacre perpetrada por un joven blanco de 21 años en una iglesia de la comunidad negra de Charleston: “Estados Unidos se está matando a sí mismo, por su adhesión a la exaltación a la ignorancia, y las pruebas están a nuestro alrededor. (…) Los estadounidenses pueden y deben denunciar la cultura racista y adepta a las armas, que resultó, vergonzosamente, en nueve cadáveres en Charleston, esta semana, pero tienen que ir más a fondo. Al núcleo de esta disfunción en el abandono de la razón.”

Resulta innecesario decir que este problema no está confinado tan sólo a Estados Unidos, sino que se convirtió en casi universal. ¿Qué podemos hacer al respecto? En futuros artículos pretendo analizar una estrategia y algunas medidas prácticas que pueden contribuir a una solución.

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