Neocolonialismo post moderno: una amenaza al Estado nacional

Publicamos a continuación la conferencia  del periodista Lorenzo Carrasco, presidente del Movimiento de Solidaridad Iberoamericana (MSIa), en el seminario “Defensa como Estrategia Nacional de Desarrollo y la Inserción Internacional de Brasil,” organizado por el Comando Militar del Sur (CMS), y dos centros de la Universidad Federal de Río Grande do Sul (UFRGS), el Programa de post graduación en Estudios Estratégicos Internacionales y el Centro de estudios internacionales sobre Gobierno (CEGOV). El evento se realizó en la ciudad de Puerto Alegre, capital del estado de Rio Grande do Sul, del 18 al 21 de octubre.

Para detalles del seminario puede encontrar información en:

http://aovivo.ufrgs.br/cms-seminario.

Quiero agradecer la invitación a participar de este importante seminario sobre la inserción  internacional de Brasil en la coyuntura internacional.  El tema de mi presentación, El neocolonialismo post moderno, una  amenaza al Estado nacional, requiere una evaluación amplia del momento histórico en que nos encontramos, antes de adentrarnos a analizar los acontecimientos que Brasil viene sufriendo a manos de la que podemos llamar una internacional ambientalista-indigenista (o Mafia Verde, como la denominamos en el libro del mismo nombre, Mafia Verde ambientalismo nuevo colonialismo de la editorial Capax Dei).

El Papa Francisco, en su visita a Río de Janeiro, en junio de 2013, reiteró que vivimos no en una época de cambios, sino en un cambio de épocas.  Enunciación que invita a  reflexionar sobre el significado de esa transición de una época a otra; lo que estamos dejando a atrás y, en consecuencia, qué opciones posibles tiene la civilización para el futuro; cuáles son las alternativas para salir de la aguda crisis que enfrenta, no solo en el orden económico, sino también, de forma más aguda, ante la profunda crisis moral. Hago hincapié en esta última, que fue producto de la negación de la dignidad del hombre cual eje de los principios fundamentales que debían sustentar las relaciones internacionales y la justicia mundial.

Lo cierto es que el mundo parece estar atravesando por una  sincronía de diversos procesos históricos convergentes que anuncian grandes cambios en el escenario mundial.

 

I

Partamos, inicialmente, de la situación estratégica actual.  Es evidente que los acontecimientos del Medio Oriente, en Siria, en particular, son la señal del fracaso del Nuevo Orden Mundial, que surgió de los acontecimientos  ocurridos luego de la caída del Muro de Berlín en 1989, y el subsecuente derrumbe del Imperio Soviético. Muchos analistas voceros  del poder hegemónico consideraban que las consecuencias  se restringían  a las naciones de la antigua cortina de hierro, y se proclamaban eufóricamente vencedores inefables de la Guerra Fría.  Cegados por un capricho proclamaban el “fin de la Historia,”  sin percibir que también se asomaba la crisis del orden occidental, puesta en evidencia en el momento en que las principales naciones de occidente fueron obligadas a inmediatamente a fomentar, por medio de una amplia desreglamentación del sistema financiero, una auténtica fábrica de burbujas financieras, para sostener un sistema financiero  mundial cada vez más separado de la economía física real.  Para precisar, es necesario anotar que estas burbujas han provocado, cada vez con mayor intensidad, una serie de turbulencias en los mercados mundiales (una imagen adecuada es la de una locomotora sin maquinista que corre desbocada en dirección a un puente que se derrumba).

En el año de 1989  se le presentó al mundo la oportunidad de una nueva época de optimismo y reconstrucción económica que no tuviese sus cimientos en un orden injusto de hegemonía, sino en un sistema cooperativo, con la superación de los inmensos vacíos de justicia social que caracterizaban -y siguen caracterizando el escenario mundial; era el momento en que lo que llamaron “los dividendos de la paz” se podían haber destinado al beneficio de toda la Humanidad, es decir, hubiéramos entrado en una época de florecimiento civilizador propio de un nuevo Renacimiento.

A Guerra do Golfo de 1991 assinalou o advento da “Nova Ordem Mundial”

La Guerra del Golfo en 1991, marcó el adviento del Nuevo Orden Mundial

Esto no era ni es una utopía. Aunque pocos tengan una noción exacta, por primera vez en la Historia, la humanidad tiene condiciones plenas para solucionar la casi totalidad de los problemas reales de su existencia en un grado elevado: alimentación, atención de la mayoría de las enfermedades, condiciones de habitación, capacidad de ofrecer trabajo decente a virtualmente toda la población adulta y la solución de otras necesidades que le dan sentido a la vida humana civilizada.  Y esto se puede extender a una población mucho mayor que la actual, a pesar de todos los pronósticos alarmistas e infundados sobre los “límites del crecimiento” y de otras expresiones de maltusianismo.

No obstante, si esa perspectiva no está en la mesa de discusión no es por falta de recursos naturales o de límites físicos de la Biosfera o de la supuesta “fragilidad” del ambiente, sino por la falta de voluntad política y por el triunfo de la capacidad de convencimiento que emana de los centros de poder hegemónico, que insisten en que el designio exclusivista que ofrecen es la única opción que se tiene a mano.

Esos centros de poder oligárquico, por desgracia, emprendieron una estrategia diferente para asegurar una hegemonía unipolar, y el mundo no fue capaz de ofrecer resistencia a ella.   De manera que del extenuado “condominio de poder” establecido anteriormente con la antigua Unión Soviética se pasó al ejercicio de un poder unilateral, el Nuevo Orden Mundial. Su primera manifestación fue la malévola campaña contra la reunificación de Alemania en 1990;  para asentar su disgusto,  la premier británica, Margaret Thatcher, en un arrebato comparó al canciller alemán Helmut Köhl con un nuevo Führer al frente del Cuarto Reich.  Luego, en enero de 1991, los protagonistas de del Nuevo Orden, desencadenaron la operación militar contra Irak, que consiguió juntar la mayor concentración de fuerzas militares desde la Segunda Guerra Mundial. Con un costo de 61 mil millones de dólares y la movilización de 950 mil soldados, la operación Tormenta del Desierto devastó Irak.  En pocos días, bajo una campaña despiadada de ataques aéreos, trasmitida en vivo a todo el mundo por primera vez, Saddam Hussein capituló; había perdido 20 mil soldados y su país estaba atrasado.

Fue la tarjeta de visita del Nuevo Orden Mundial, mismo que sus propagandistas  se ufanaban de ser el “Nuevo siglo americano.”  Estados Unidos y sus aliados de la Organización del  Tratado del Atlántico Norte (OTAN) construyeron desde este punto de vista lo que hoy podemos bien podemos designar  del “Club de las bombas”, eufemismo para definir mejor el complejo industrial-militar al que se refiriera el presidente Dwight Eisenhower en 1961.  Los presidentes, desde George Bush padre, Bill Clinton, George Bush hijo, hasta Barack Obama (irónicamente galardonado con el Premio Nobel de la Paz), fueron, sin distinción, disciplinados “corre ve y diles” del “Club de las bombas” y de Wall Street, dos entidades estrechamente ligadas.  Esa combinación  de poder desató a los largo de los últimos 25 años una secuencia ininterrumpida de agresiones y de guerras abiertas en Irak, los Balcanes, Afganistán, Libia, Somalia, Yemen y varios países más.

Irán y Siria también estaban en la mira, pero las intervenciones precisas de Rusia lograron, primero, el acuerdo nuclear que desactivó la campaña contra Irán y, luego, el cambio de la situación del conflicto de Siria, en el que Estados Unidos y sus aliados apoyan abiertamente a los yijadistas movilizados contra el gobierno de Damasco.  Sin embargo, ahora parece que el “nuevo siglo” tuvo un fin prematuro, con el ascenso de China y el regreso de Rusia al primer plano de las cuestiones estratégicas mundiales, decisión que se constata  con su entrada a la lucha contra el Estado Islámico  (EI) en Siria. Síntoma de ese agotamiento es el deseo persistente de la candidata demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, de poner a Rusia y al presidente Putin en el centro de los enemigos de los Estados Unidos, inclusive por encima del mismo Estado Islámico, de Al Qaeda y de sus sucursales, postura que comparten los estrategas del Pentágono, externada en varias manifestaciones públicas frecuentes de los mismos.

A pesar de la truculencia y de la vulgaridad chovinista del rival republicano de Hillary, Donald Trump, este no deja de tener razón cuando responsabiliza a las guerras del Medio Oriente, sobre todo la destrucción de Irak, de ser la causa principal del nacimiento  del Estado Islámico.  Y este es el motivo por el que literalmente todo el “establishment” está movilizado para detener su triunfo electoral.

Pero la señora Historia está en curso y así, se han configurado varios procesos  que marcan definitivamente el final de ese orden mundial. Entre ellos, tenemos: esa disputa presidencial estadounidense tan extravagante y polarizada; la victoria del Brexit en el referendo Británico; las perspectivas electorales de Europa, en especial de Francia y de Alemania, que muestran el ascenso de dirigentes políticos nacionalistas; la aprehensión  que suscita el aumento de las desigualdades sociales en todas partes y los crecientes cuestionamientos a la ‘financiarización’ exacerbada de la economía mundial,

En 1991 tuve el honor de ser uno de los conferencistas del seminario “Lecciones de la Guerra del Golfo,” organizado por la Escuela de Comando y Estado Mayor del Ejército  (ECEME), en Río de Janeiro. En esa ocasión exprese que el conflicto reunía todos los elementos para justificar la inauguración del Nuevo Orden Mundial, cuyo propósito principal es sin duda hacerse de los recursos naturales y controlar el crecimiento de la población del mundo por medio de intervenciones “extrajuridiccionales de la OTAN; belicosidades que comenzaron en 1982, en la Guerra de las Malvinas, cuyas lecciones,  no fueron evaluadas correctamente en su época.

La maniobra principal del presente juego geopolítico es la imposición mundial de la soberanía limitada, que permite la dominación extranjera de vastas regiones del planeta, en especial las más ricas en recursos naturales, particularmente energía y minerales, ahí cabe toda la presión internacional  para mantener la cuenca del Amazonas, cual  patrimonio de la humanidad. Para arribar al control se han utilizado los mecanismos más diversos y sofisticados -la bomba demográfica a punto de estallar, el tráfico de drogas, la destrucción del medio ambiente, la preservación de las culturas autóctonas, etc.

Sin embargo, el plan del Nuevo Orden no se realizó manu militar en todas partes. Lejos de ello, en países como Brasil, tomó la forma de una guerra irregular  conducida por otros medios, también denominada por algunos estrategas de “guerra de cuarta generación,” en la que un Estado nacional no se enfrenta a directamente con otro Estado, sino con agentes no estatales, que pueden o no estar al servicio de otros estados.

Aquí, por ejemplo, tomó la forma de fuertes presiones políticas y de propaganda ejercidas directamente por gobiernos (en especial los de Washington y de Londres) o sus agentes de influencia, ejercidas por una constelación de organizaciones no gubernamentales (ONG) dedicadas a una plétora de causas nobles disfrazadas, pero con gran simpatía social y de difusión rápida entre las redes sociales. Entre ellas destacan:

-la protección del ambiente y de los pueblos indígenas (en ambos casos con la demarcación de reservas de dimensiones desproporcionadas para cualquier criterio racional y el veto de proyectos de infraestructura fundamentales);

-la defensa de derechos humanos ad hoc (destacándose una virulenta campaña de revanchismo contra las Fuerzas Armadas);

-la campaña de desarme civil;

-la imposición de un verdadero  apartheid tecnológico (el desmantelamiento de varios programas técnicos modernos de las Fuerzas Armadas, restricciones a la energía nuclear, etc.);

-la privatización de las empresas públicas.

Con las consabidas excepciones que confirman la regla, en la mayoría de los casos, la aplicación de esos planes sectoriales ha acarreado daños enormes a la sociedad brasileña.

II

En este punto, debemos precisar el término “neocolonialismo postmoderno,” con el que bauticé esta conferencia.  El Imperio Británico, luego de la Guerra de los Boers, a finales del siglo XIX y principios de XX, captó que era imposible el sostenimiento de su predominio colonial con los métodos tradicionales de ocupación militar. Por ello su élite intelectual concentró esfuerzos en la reorganización del Imperio. La idea central fue la de crear estructuras de un “gobierno mundial,” para lo cual era fundamental la reconquista de Estados Unidos a las ideas coloniales de la madre patria.

Integrada a  esos esfuerzos se concibió la estructura política de la Commonwealth y, dentro de ella, en un proyecto de ingeniería social, la creación de las hoy famosas organizaciones no gubernamentales (ONG), por medio de las cuales se podría actuar políticamente  dentro de los diversos países, sin que esto se considerase una intervención extranjera, una forma de actuar que más tarde se conocería como el ejercicio del “soft power”  (poder suave) para mantener las normas intervencionistas en las antiguas colonias.

Esa reorganización del Imperio caracterizó las primeras dos décadas del siglo XX,  pero fue en las conferencias de paz de París, al final de la Primera Guerra Mundial, cuando se hicieron explícitos los planes para el establecimiento de un “gobierno mundial,” con la consolidación del “establishment” angloamericano en tres frentes; la creación de dos organizaciones gemelas de coordinación política, el Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York (CFR) y el Real Instituto de Asuntos Internacionales de Londres (RIIA o Chatham House); la creación del Sistema de la Reserva Federal como banco central privado de Estados Unidos para actuar en estrecha colaboración con el Banco de Inglaterra; y la creación de las primeras fundaciones familiares oligarcas -Carnegie, Rockefeller, etc.- para utilizar la filantropía  a la manera de un eficiente instrumento de intervención política en los países seleccionados.

Por falta de tiempo para entrar en detalles, me limitaré a mencionar una organización que fue y ha sido fundamental para ese esfuerzo: el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), que fue creado en los años 1930s con el propósito de hacer del  ecumenismo un instrumento político de la pretendida estructura de “gobierno mundial.”

En el Brasil de hoy, en cada obra de infraestructura de cierto porte, sobre todo en la cuenca del río Amazonas, existe una problema indígena y, detrás de él, la mano del CMI.  Aunque exista incredulidad, es cierto,  que el CMI ha financiado y promovido diversas iniciativas contra el progreso y contra la soberanía del país, con énfasis en las cuestiones agrarias, ambientales e indigenistas, además de ser uno de los principales promotores de la campaña de desarme civil.  Entre las organizaciones que reciben su apoyo destacan el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra (MST), Vía Campesina, Movimiento de los afectados por las Presas (MAB), Consejo Indigenista Misionero (CIMI), Instituto Socio ambiental (ISA), Centro de Trabajo Indígena (CTI) y otras más.

En líneas generales se puede afirmar que el CMI está comprometido en una auténtica “guerra de cuarta generación” contra el Estado Nacional brasileño, manipulando a varios sectores de la sociedad para volcarse contra sus propios intereses.

III

Vale la pena recordar aquí que estamos hablando de la era de colonialismo que irrumpió a finales del siglo XVII, con la declinación de las potencias ibéricas y con la consolidación de la oligarquía angloholandesa en torno de la creación del Banco de Inglaterra matriz de todos los bancos centrales privados y de uno de los núcleos del futuro Imperio Británico.  A principios del siglo XX, el bastón de mando se le pasó al “establishment” angloamericano y a las instituciones que mencioné anteriormente.

Durante esos más de tres siglos, el sistema colonial libró una guerra permanente contra los estados nacionales soberanos, aunque hubo algunos episodios en que fue enfrentado con firmeza.

Este fue el caso de la Revolución Americana y su sistema de economía política nacional, proteccionista (palabra que hoy tiene hasta connotaciones peyorativas), asociado a las figuras de Alexander Hamilton, Friedrich List y Henry Carey, para mencionar tan sólo algunas de las más importantes.  Ese Sistema Americano de Economía Nacional no representó una línea más de pensamiento económico, sino una manera diferente de organización de la economía como un vector de civilización.  Esto resultó patente en la Guerra civil (1861-65), cuando el presidente Abraham Lincoln libró dos guerras: una contra los confederados del Sur, defensores de la esclavitud; y otra contra los métodos y la alianza informal de los banqueros de Nueva York y de Londres, que ya anticipaban la alianza después formalizada con la creación de la Reserva Federal. Lo mismo se puede decir de Franklin  Roosevelt, cuya muerte prematura, en 1945, abrió el camino para la renovación del colonialismo. El último obstáculo al neo colonialismo rampante fue removido con el asesinato del presidente John F. Kennedy, en 1963, lo que consolidó a la nación estadounidense en el baluarte de una visión maniquea del mundo.

Ese maniqueísmo tomó la forma de la predestinación calvinista y sus variantes, el “Destino manifiesto” y el “excepcionalismo,” ambos parten del supuesto de que existen dos tipos de naciones: unas predestinadas a dominar y otras a someterse (recuérdese la proclamación del presidente George W. Bush: “O están con nosotros o están contra nosotros.”). Ese sistema maniqueo-colonial y sus valores filosóficos liberales radicales se instituyeron partiendo del rechazo abierto de las concepciones que originaron los fundamentos del Estado soberano, los cuales fueron sometidos a una  verdadera deconstrucción, acusándolos de ser principios oscurantistas y medievales.  Así es, los antiguos proyectos, como los de la oligarquía de Venecia, y el mundo de las cruzadas, fueron superados, precisamente, con el advenimiento de las concepciones cristianas del Estado soberano, descritas, entre otros, por Santo Tomás de Aquino.  En los tres últimos siglos, los verdaderos oscurantistas han sido exactamente las potencias coloniales que hoy luchan por la supervivencia de un sistema de privilegios.

Parte de ese designio de dominación es la distorsión de la colonización Ibérica, divulgada ampliamente por los mismos poderes coloniales, para quienes era inadmisible el fuerte carácter evangelizador, y por eso presentaban la epopeya tan sólo como el “genocidio de los pueblos originarios.”  Esta Leyenda Negra,  fabricada en sus albores por Holanda, Inglaterra y la Francia hugonote, todavía la repiten académicos y propagandistas vinculados al aparato neocolonial “postmoderno.” Como dice uno de los intelectuales más influyentes en el pensamiento del Papa Francisco, el uruguayo Methol Ferré:”La Leyenda Negra nos deja con las raíces podridas.  Somos hijos de perras.  Nuestra historia no vale la pena. Es la mera historia de una infamia. ¿Qué somos? ¿Qué podemos ser con tal nacimiento?  Nada, simplemente nada.  Quedamos divididos con nosotros mismos, ni indígenas, ni criollos, ni mestizos, nada. Y de la nada ¿qué puede resultar?  Solamente un nuevo destino colonial.”

Por ironía, el reconocimiento de la importancia de la colonización Ibérica provino de uno de los grandes apologistas del Imperio Británico, el historiador Arnold Toynbee, cuando dice: “Los españoles y portugueses cristianos y católicos llevaron a cabo un sentido colonizador peculiar; no solamente comen el pan con los indígenas que civilizaron, sino que también se casan con ellos.  Dios los bendiga.  Si el género humano llega a unirse en una sola familia, será gracias a ellos, y no a nosotros.”

Arnold Toynbee: “Se o gênero humano algum dia chegar a seu unir em uma só família, será graças a eles [espanhóis e portugueses cristãos e católicos], e não a nós.”

Arnold Toynbee: “Sí el género humano se une algún día en una sola familia, será gracias a los españoles y portugueses cristianos y católicos, y no a nosotros”.

Fueron aquellos intereses, con aquella ideología, los que lanzaron la campaña contra los 500 años del Descubrimiento de América, en 1992, y, después, contra el descubrimiento de Brasil, en 2000.  Toda la tropa de ONG del “neocolonialismo post moderno” se movilizó para atacar las raíces culturales originales de Iberoamérica, una de las mayores hazañas civilizadoras de la historia humana.  Atacan la colonización y la evangelización de América; pero esconden las lacras de la colonización efectuada por las demás potencias europeas y ocultan los efectos de sus variantes “post modernas.”

No es coincidencia que todavía recientemente el CMI haya dirigido toda su artillería contra lo que llama la “doctrina del Descubrimiento,” lanzando virulentos ataques a las bulas papales de siglo XV con las que el Vaticano oficializó las navegaciones portuguesas y españolas.  Tampoco es casualidad que algunos textos del MST de Brasil sobre el asunto dijesen que era preciso “apagar el farol que una vez encendiera Colón.”

Es ahí donde entra el movimiento indigenista internacional, viciado de origen con esas concepciones neocolonialismo.  Su propósito es crear conflictos étnico-raciales internos para minar el desarrollo nacional o fomentar luchas fronterizas en regiones ricas en recursos naturales.  El Movimiento de Solidaridad Iberoamericana (MSIa) conoce bien las acciones de esa auténtica internacional ambientalista-indigenista, y hemos dictado literalmente centenares de conferencias en el país y en el exterior, y hemos publicado, además, varios libros y folletos:  Mafia Verde: el ambientalismo al servicio del gobierno mundial (2001); Mafia Verde 2; ambientalismo, nuevo colonialismo (2005); Una mano de verde (2008); ¿Quién manipula a los pueblos indígenas contra el progreso de Brasil (2014); Consejo indigenista Misionero, hijo de la mentira (2016), este último producto de mi testimonio en la CPI del CIMI, en la Asamblea Legislativa del Estado de Mato Grosso del Sur.

IV

Regresemos al agotamiento del Nuevo Orden Mundial.  Es evidente que las potencias hegemónicas resisten a esa tendencia, aunque esto implique poner al mundo en el peligro de un conflicto mundial.  Esto porque Rusia y China ya no aceptan el predominio del orden hegemónico, mucho menos una nueva  Guerra Fría ni el apretón  de un cordón sanitario en torno de Rusia, como Estados Unidos y la OTAN parecen pretender al poner un muro virtual de miedo e inseguridades, con la instalación de sofisticados sistemas contra proyectiles en las fronteras de la Federación Rusa.

La gran pregunta es sí Europa estará dispuesta a embarcarse nuevamente en los juegos geopolíticos angloamericanos que marcaron al siglo XX y que contribuyeron a provocar las dos guerras mundiales, jugando con las ambiciones del Káiser Guillermo II y del Führer Adolfo Hitler.  Es bien sabido que sectores importantes de las élites europeas ven el panorama con mucha preocupación.  Una prueba de esto fue el comentario del ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, en el periódico Bild del 8 de octubre de este año: “Por desgracia, es una ilusión creer que eso es la vieja Guerra Fría.  Los nuevos tiempos son diferentes; son más peligrosos.  Antes el mundo estaba dividido, pero Moscú y Washington conocían las líneas rojas del otro y las respetaban.  En un mundo con muchos conflictos regionales y una influencia decreciente de las grandes potencias, el mundo se vuelve más impredecible.”

De forma paralela, un factor de mayor relevancia es el Renacimiento cristiano de Rusia.  Este es un hecho fundamental.  Rusia se está reconstruyendo  partir de sus valores culturales y espirituales, que fueron combatidos y suprimidos por el régimen comunista.  Por si fuera poco, el comunismo fue una característica del siglo XX.  Rusia está dejando atrás el siglo XX, viendo que el futuro recae en el fortalecimiento del Estado nacional soberano y en sus valores fundamentales y, con ellos en la base, pretende reconstruir sus relaciones con Europa Occidental y con occidente en general. Sin embargo, está es una realidad que ha provocado una rabia descomunal en las élites hegemónicas angloamericanas, por la amenaza de contagio de ese mal ejemplo en el ámbito internacional.

Entonces, sí partimos de la realidad de la erosión de la hegemonía estratégica global de Estados Unidos, podemos anticipar también el declive relativo del papel del dólar como principal moneda mundial de reserva.  Las iniciativas de China, de Rusia y del BRICS, con nuevos bancos de fomento, un “pool” de reservas cambiales, grandes proyectos de infraestructura, etc., nos presentan la perspectiva de una estructura opcional para las finanzas mundiales que compite con las instituciones dominadas por occidente -FMI, Banco Mundial, etc.-, pero que se diferencia  por presentar una alianza cooperativa y productiva con capacidad de reorientarse los flujos financiero hacia la economía física real, en lugar de mantenerlos concentrados en la especulación financiera , el cáncer que está arruinando tanto al mismo sistema financiero como a la economía mundial.  Por ello, a la reacción a ese deterioro se le está llamando “desglobalización,” y con la profundización de la crisis sistémica que ha caracterizado a las finanzas mundiales, la “opción Euroasiática” podría llegar a ser un buen ejemplo proverbial a seguir.  En este tema la participación de Brasil en el BRICS, asume un carácter estratégico, así como  en su carácter de socio fundador del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB), creado por China.

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La cumbre del grupo BRICS en Goa, India, mostró un avance sustancial.

V

Para finalizar, preguntémonos, qué significa el agotamiento de la hegemonía unipolar de Estados Unidos y del sistema del dólar como moneda de referencia. Si seguimos una lógica histórica lineal, cabría la pregunta de cuál sería la potencia o el grupo de potencias que se constituirían en el nuevo hegemón mundial, de la misma forma en la que Estados Unidos y el dólar sustituyeron al Imperio Británico y a la libra esterlina.

Todo indica que una de las características generales que definen el cambio de época a la que se refirió el Papa Francisco es la inviabilidad de la continuación de la civilización bajo un nuevo centro hegemónico o, inclusive, varios de ellos.  Si nos detenemos a pensar que luego de la Segunda Guerra Mundial hubo una posibilidad de que se erradicasen todas las formas del colonialismo, como era la intención manifiesta del presidente Franklin Roosevelt, tenemos la impresión real de que el mundo desperdició siete décadas.  En ese periodo vimos al viejo colonialismo sustituido por una variante “post moderna” del mismo juego de metrópolis sobre naciones soberanas sólo de nombre, pero en gran medida incapaces de establecer programas nacionales de intereses para la mayor parte de sus poblaciones.

La perspectiva prometedora  que tenemos hoy día a la vista, en el futuro inmediato, es la constitución de un mecanismo de cooperación de bloques de naciones soberanas, cuyo marco inicial podría ser la integración del eje euroasiático encabezada por China y Rusia.

Al mismo tiempo tenemos que tener en cuenta que ese cambio de época exigirá como tarea central el restablecimiento de los principios cristianos del Estado nacional soberano: el reconocimiento de la igualdad intrínseca de las Naciones; libertad de culto y formas diversas de autogobierno; la noción de persona humana y, por lo tanto, de sus derechos inalienables; reconciliación entre fe y razón; y el restablecimiento de la dignidad y del derecho al trabajo. Estos requisitos deben estar presentes en la reconstrucción de la economía mundial, en los esfuerzos educativos y, no menos importante, en el progreso de la ciencia y de la técnica.  En resumen, es necesario que el principio del bien común se consolide como principio central de la formulación de la política pública.  Atreviéndome a hacer un ejercicio de predicción, más que cualquier revolución tecnológica, tal vez esa vendrá a ser la gran revolución que la sociedad necesitará en el siglo XXI, un orden que contemple el Bien común y la justicia social.  Y es en el diálogo de las diferencias, y no en el conflicto, donde se podrá abrir el camino para la edificación de la verdadera comunidad internacional.

Para Brasil es evidente que, por sus dimensiones y potencialidades, habrá de ejercer un  papel protagonista en ese nuevo escenario, pero ello los brasileños tendrán que empeñarse en la materialización de la vocación de grandeza que vive en su “inconsciente colectivo,” usando el lenguaje de Jung, para no aceptar la imposición de ningún tipo de límites y, en particular, cumplir tres condiciones:

La primera, es recuperar la capacidad de emisión de crédito, aquel de largo plazo, y dirigirlo a las actividades productivas. El país es hoy rehén de un orden financiero que tiene en la especulación de la deuda pública su actividad más lucrativa.  Sin la reestructuración  de esa deuda que haga posible el reinicio del aprovechamiento pleno de su capacidad productiva e innovadora será muy difícil que haya condiciones para escapar de la maldición de las “llamaradas de petate,” con saltos esporádicos de crecimiento en una tendencia general de desarrollo limitado y muy por debajo de sus potenciales.

La segunda, es retomar la capacidad de decisión plena sobre la ocupación territorial y sobre la utilización. De sus recursos naturales, alienada hoy, en gran medida, por la influencia del aparato ambientalista-indigenista internacional en la formulación de las disposiciones sectoriales.  Sin que esto implique el manejo negligente de las necesidades racionales de protección del ambiente y de los  cuidados de sus indígenas, Brasil debe imitar a sus socios del BRICS, Rusia, China e India, que ya decidieron encuadrar en sus debidos términos ese aparato de “guerra irregular” contra los intereses nacionales.

Os brasileiros precisam retomar urgentemente o sentido de grandeza e progresso do país, manifestado em eventos como a Feira de Inovação Tecnológica do Banco do Brasil

Brasil requiere retomar el sentido de grandeza y progreso. En la foto la Feria de Innovación Tecnológica realizada en Río de Janeiro.

La tercera, es asumir de forma definitiva su condición de líder natural no eufórico de América del Sur, como centro de gravedad de la integración física y económica del subcontinente.  Esa integración no se puede limitar a los aspectos físico-económicos, sino que, siguiendo el ejemplo de Rusia, debe fundarse en las raíces hoy abandonadas de la colonización y de la evangelización Iberoamericana, la cual, no por coincidencia,  son atacadas por los promotores del colonialismo “postmoderno”

Desgraciadamente, el tiempo es corto para extendernos. Pero esos aspectos fundamentales están detallados en el libelo recién publicado por el MSIa Una nación desarmada (Capax Dei 2016) que los interesados podrán consultar.

 

 

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