El fantasma de Hamilton recorre Estados Unidos

Alexander Hamilton es, indiscutiblemente, una de las figuras más polémicas de la historia de Estados Unidos. Héroe de la Guerra de Independencia, brazo derecho del general y futuro presidente George Washington y primer secretario del Tesoro de este país recién creado, fue también el artífice de un sistema de crédito nacional que permitió a Estados Unidos no sólo superar los problemas financieros producto del esfuerzo de guerra, sino también que, posteriormente, en el siglo XIX, se convirtieran en la mayor potencia económica del mundo. No obstante esto, todavía hoy su trayectoria pública es objeto de agrias controversias, principalmente porque su política “dirigista” no se encuadra en el molde económico de “libre empresa” que favorece la gran mayoría de las élites dirigentes estadounidenses.

El historiador Forrest McDonald, que muchos consideran su mejor biógrafo, sintetizó así la obra de Hamilton: (…) Una vez instalado en el cargo, comienza el trabajo verdadero de Hamilton y este, también, se desarrollaría en tres fases principales. Hubo de crear una forma de pagar las deudas públicas, que estabilizarían su valor, al hacerlas, así, capital líquido; empleo parte de este capital para establecer un sistema de bancos nacionales; y dirigió el capital restante a canales productivos con mucho cuidado para evitar que fuese disipado en la compra de bienes de consumo o en la especulación con tierras.”

Con las cosas así, son raras las menciones a Hamilton en los debates públicos en Estados Unidos y, cuando sucede, quiere decir que la situación ha llegado a una condición de gravedad tal que necesita de propuestas que funcionan de verdad para el conjunto de la sociedad, y no sólo para la casta superior de favorecidos -los que, en las últimas décadas, han acaparado casi todos los frutos del crecimiento. Por ello causó sensación la columna del 29 de mayo del periodista estrella del New York Times, David Brooks, en la que se hace una apología inusual del secretario del Tesoro.
Con una gran sinceridad, Brooks reconoce que el gobierno federal siempre desempeñó un papel vital para dirigir el rumbo de la economía estadounidense:

“El gobierno promovió el progreso industrial en el siglo XVIII, el transporte en el XIX, las comunicaciones en el XX y promueve hoy la biotecnología… El hombre que inició ese papel, Alexander Hamilton, era un nacionalista. Su objetivo principal era fortalecer el poder y la eminencia nacionales, y no hacer individuos ricos o iguales. Esa versión de nacionalismo económico significa que él y las personas que siguieron su camino… se concentraban en el progreso estructural a largo plazo, no en provisión inmediata de empleos. Tenían en vista la construcción de la infraestructura, las instalaciones de educación e investigación necesarias para la grandeza futura. Ese nacionalismo llevó también a generaciones de líderes a asumir que había una armonía elemental de intereses entre capital y trabajo. Las personas de esa tradición rechazaban las iniciativas para dividir el país entre los que tienen y los que no tienen”.

Luego de lamentar el abandono del “punto de vista hamiltoniano,” Brooks concluye:

“No volveremos a la filosofía de gobierno del siglo 19 de Hamilton, (Henry) Clay y Lincoln. Pero esa tradición ofrece referencias. El problema no es si el gobierno es inherentemente bueno o malo, sino lo que el gobierno hace. ¿El gobierno impulsa la innovación a largo plazo o pone en primer lugar los gastos a corto plazo antes que el endeudamiento a largo plazo? El gobierno alimenta una ciudadanía emprendedora, o una protegida (por la seguridad social), más o menos enérgica? Si Estados Unidos no moderniza sus instituciones gobernantes, la nación se estancará. El fantasma de Hamilton no habrá de asustar”.

A pesar de manifestar la angustia común de los estadounidenses “libertarios” con lo que consideran los excesos de las instituciones de seguridad social de las socialdemocracias europeas, Brooks traza consideraciones que son válidas no sólo para su país, sino para cualquier otro. Para ponerlas en práctica, ayudaría mucho el reexamen de los grandes problemas que enfrentó Hamilton y las respuestas que les dio.

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