Paraguay: Cui bono?

El saldo de la crisis paraguaya provocada por la destitución sumaria del presidente Fernando Lugo, por el Congreso nacional, combinado con la respuesta intempestiva de suspender al país de las reuniones del Mercosur y de la Unasur, es una peligrosa desestabilización del proceso de integración de América del Sur. En este contexto se inscribe la celeridad con que actuaron los mentores, dentro y fuera de las fuerzas políticas paraguayas, contra un presidente desmoralizado personal y políticamente y a siete meses de acabar su mandato. Por eso, responder aplicando la sobada clausula democrática como lo hicieron los países que integran el bloque sudamericano, que implicaría aplicar sanciones políticas y económicas, terminó por agravar todavía más el cuadro regional.

La clásica pregunta, ¿a quién le interesa? contempla diversos intereses que confluyen en este proceso.

Desde el inicio de la “guerra al terror” declarada por los neoconservadores, que dominaban el gobierno de George W. Bush después de los ataques a la torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, la presión estadounidense ejercida por el Departamento de Estado y sus organismos de seguridad, se intensificó para forzar a los gobiernos de la región a declarar la región de la triple frontera -donde se unen los límites de Brasil, Paraguay y Argentina- como parte del escenario de la guerra global contra el terrorismo, con el argumento de que el lugar era un nicho de terrorismo islámico.

Pruebas contundentes nunca fueron exhibidas, por lo que se concluye que, evidentemente, el tamaño de la amenaza fue fabricada para justificar la presencia de fuerzas exógenas a los intereses nacionales de la región. No obstante, el hecho es que sí existe una bomba latente de radicalismo, tolerado por los gobiernos de la región, sobre todo del brasileño, con los movimientos cada vez más radicales, como el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), Vía Campesina, y sus apéndices, que militan en la estrategia de fomentar conflictos transfronterizos, lo que facilitó la presencia de fuerzas narcoterrorista de las FARC colombianas.

Así, los trágicos acontecimientos del 15 de junio último en la ciudad de paraguaya Curuguaty en el Departamento de Canindeyú, situada cerca de la frontera con Brasil, fue el pretexto perfecto para la deposición sumario del presidente Lugo, días después. Entonces un grupo del Ejercito del Pueblo Paraguayo (EPP) con probados vínculos con la FARC, infiltrados en la Liga Nacional de Campesinos, ejecutaron al jefe del Grupo Especial de Operaciones de la Policía Nacional del Paraguay (GEO), y otros seis policías, en un tiroteo que también victimó 11 campesinos.

Es evidente que los acontecimientos de Paraguay deberían ser el acicate para revisar los axiomas diplomáticos del proceso de Integración regional. Los fundamentos no pueden continuar orientándose por un discurso de cuño ideológico, tan paralizante, que es incapaz de entender y actuar con inteligencia ante los intentos renovados de los Estados Unidos de hacer del continente iberoamericano una zona de libre comercio, y de abastecimiento de recursos naturales. Desde el punto de vista de la actual geopolítica del poder angloamericano, ambas condiciones le garantizarían una atenuación de la caída de su hegemonía global.

Por eso mismo, el proceso de integración de América del Sur no puede estar basado en la capacidad de exportación de materias primas. De ahí que el proyecto de convertir a Brasil en una potencia exportadora de petróleo utilizando sus yacimientos de la capa presal, representa una imprudencia que de llevarse a cabo convertirá a la región en un área de conflicto estratégico global, como esta implícito en el ofrecimiento del secretario de Defensa de EU, Leon Panetta para instituir una nueva alianza militar con Brasil. El desastre de la miope política petrolera de México, comprueba la afirmación anterior.

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