Los Rockefeller fingen abandonar sus inversiones en petróleo

La familia Rockefeller hizo un anuncio que, a primera vista, puede parecer insólito, al comunicar que pretende vender todas las inversiones que su principal fundación filantrópica familiar posee en petróleo, carbón y gas natural. La decisión sería una adhesión a un movimiento mayor de “desinversiones” en combustibles fósiles, con el argumento de contribuir así al combate del calentamiento global que supuestamente provocan los actos humanos.

Como el origen de la fortuna de la familia se remonta al imperio petrolífero que fundó el patriarca John D. Rockefeller en las últimas décadas del siglo XIX, con la creación de la Standard Oil Company, la noticia tuvo un efecto enorme en todo el mundo, al indicar que hasta la familia más representativa del “establishment” estadounidense se estaría rindiendo ante las evidencias de la responsabilidad humana en los cambios climáticos mundiales. De forma simbólica, la decisión se anunció en las vísperas de la Reunión Cumbre sobre el Clima de Naciones Unidas, realizada en Nueva York el 23 de septiembre.

Sin embargo, un examen más atento muestra intereses menos altruistas.

El Rockefeller Brothers Fund tiene el control de 860 millones en activos, de los cuales 7 por ciento está invertido en acciones de empresas de combustibles fósiles. De acuerdo al presidente del fondo, Stephen Heintz, la decisión estaría de acuerdo con los deseos del fundador de la fortuna de la familia: “Estamos convencidos de que, si estuviese vivo, y siendo un hombre de negocios astuto y con visión de futuro, se apartaría de los combustibles fósiles para invertir en energía limpia y renovable” (Daily Telegraph, 22/09/2014).

Como el viejo John Davidson está muerto desde hace 77 años, nadie puede preguntarle si aceptaría ceder, por ejemplo, las accione de la familia en las megas empresas que resultaron de la división de la Standard Oil -la ExxonMobil, Amoco y Chevron, que todavía se alinean entre las mayores del mundo.

La medida está vinculada a una intención más ambiciosa, el movimiento conocido como Divest-Invest, que busca retirar 50 mil millones de dólares de inversiones en combustibles fósiles en los siguientes cinco años. El movimiento tiene entre sus líderes al ex vicepresidente Al Gore, junto con más de 800 inversionistas de peso, entre ellos fundaciones familiares, grupos religiosos, organizaciones de salud, ciudades y universidades (como Stanford, que pretende retirar 18 mil millones de dólares de inversiones en explotación de carbón).

El movimiento se torna más sospechoso cuando se observa entre sus integrantes nada menos que la presencia del Consejo Mundial de Iglesias (CMI), entidad líder en el programa ambientalista-indigenista de mundo. En efecto, el CMI asumió el compromiso de retirar sus inversiones en combustibles fósiles y ya logró que 30 ciudades de todo el mundo (entre ellas Santa Mónica y Seattle, ambas estadounidenses) se unieran a la campaña.

Beth Dorsey, otro líder del movimiento de desinversión en combustibles fósiles, además jefe del Wallace Global Fund, declaró: “Cuando se tiene a los Rockefeller y al Consejo Mundial de Iglesias, además de otras instituciones de alcance mundial reunidas por la desinversión, entonces, el movimiento que apenas tiene tres años ya alcanzó un momento de no retorno.”

Sí partimos de la trayectoria del Consejo Mundial de Iglesias, para cuya creación los Rockefeller dieron una cuantiosa contribución (véase, el libro Quién manipula los pueblos indígenas contra el progreso de Brasil: una mirada a los sótanos del Consejo Mundial de Iglesias, de Lorenzo Carrasco y Silvia Palacios, Capax Dei, 2013), además de la participación de la familia en la creación del movimiento ambientalista internacional, como un ariete contra el impulso de industrialización que se extendía con rapidez por el mundo a finales de los años cincuenta, aumentan bastante las sospechas sobre el resultado final del plan de los “desinversionistas.”

Como es costumbre entre iniciativas semejantes del “establishment” oligárquico, el movimiento atrajo el apoyo de grandes personalidades mundiales, como el del arzobispo sudafricano Desmond Tutu, héroe de la lucha contra el apartheid. En un video de apoyo al movimiento, Tutu desvarío al afirmar que la retirada de las inversiones en combustibles fósiles es un “imperativo moral,” y llegó a equipararla con la importancia de la lucha a la que se consagró: “Los cambios climáticos son el desafío de los derechos humanos del momento actual. No podemos seguir alimentando nuestra dependencia de los combustibles fósiles, como si no hubiese mañana, si no, no habrá un mañana.”

Es decir, ninguna novedad. Los Rockefeller están cambiando el foco de sus inversiones para mantener su plan de oposición al progreso de los países pobres y emergentes, finalidad para la que el ambientalismo ha demostrado ser una herramienta formidable. La participación del CMI en ese esfuerzo seudo humanista no deja margen a ninguna duda sobre la naturaleza de la nueva embestida contra los supuestos causantes del inexistente calentamiento mundial -la vieja inclinación de la oligarquía transnacional: el maltusianismo.

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