Lo que esconde la irracionalidad anglo-americana

La escalada de presiones políticas y económicas contra la Federación Rusa, respaldad por una insidiosa campaña de propaganda de la prensa, así como chantajes abiertos para asegurar que la Unión Europea (UE) se mantenga atada al plan belicista, indica que la irracionalidad se apoderó de los altos círculos de Washington y de Londres. Lo cierto es que es difícil vislumbrar el mínimo vestigio de equilibrio en la embestida, personificada en el presidente Vladimir Putin, presentado por la prensa dominada por el “establishment” oligárquico como una reencarnación de Hitler o de Stalin. La atmosfera de irracionalidad es todavía mayor si se compara con el empeño del Kremlin en la búsqueda de soluciones políticas de conflictos o disputas con gran potencial explosivo, como las guerras civiles de Siria y de Ucrania y la disputa en torno del programa nuclear de Irán -lo cual, posiblemente, haya impedido que se convirtiesen en una conflagración de grandes proporciones.

En cambio, el eje anglo-americano actúa como el proverbial lobo de la fábula, determinado a devorar el cordero bajo cualquier pretexto, sordo a todas las pruebas contrarias a su argumentación tendenciosa. Esto resultó patente con el derribo del vuelo MH17 de Malaysia Airlines sobre el Este de Ucrania, acción que se atribuyó a Moscú desde las primeras horas, sin ninguna investigación de por medio, por su apoyo a los separatistas que luchan contra el gobierno de Kiev – las evidencias reveladas posteriormente apuntan la responsabilidad a militares ucranianos. La tragedia sirvió de trampolín para que Estados Unidos y la UE saltaran a imponer nuevas sanciones contra bancos, empresas e individuos ligados al Kremlin; Washington ha recurrido a chantajes abiertos sobre los europeos, véase la multa de 9 mil millones de dólares a la filial estadounidense del banco francés BNP Paribas, por el hecho de tener operaciones con países proscritos por la legislación estadounidense como Cuba, Irán y Sudán.

Con esto Putin fue puesto en la lista negra, de la misma forma como lo fueron otros opositores seleccionados por el eje anglo-americano, como Saddam Hussein, Muamar Jadafi y Bashar al-Assad. Vale la pena recordar las acusaciones falsas sobre las inexistentes armas de destrucción de masas iraquíes y el ataque con armas químicas atribuido falsamente a Assad (que terminó revelándose que fue cometido por los rebeldes sirios, con gas sarín fabricado en el Reino Unido y proporcionado por los servicios de espionaje turcos), así como la “zona de exclusión aérea” montada para impedir que la fuerza aérea de Jadafi bombardease a los insurgentes libios, y que rápidamente se convertiría en una intervención militar generalizada que culminó con su derrocamiento y su asesinato.

Al contrario de Saddam y de Jadafi, que no tenían armas de destrucción de masas, y de Assad, que entregó su arsenal químico, Putin comanda el segundo mayor arsenal nuclear del planeta. La escalada de provocaciones en curso contra Rusia, visiblemente calibrada para inducir una reacción militar.

No obstante, por detrás de esa irracionalidad se encuentra el reconocimiento de la incapacidad de sostener toda la estructura montada por tales grupos oligárquicos desde la Segunda Guerra Mundial, cuyos pilares centrales son el dominio del sistema financiero internacional y la capacidad de movilización del “Estado de seguridad nacional” estadounidense, con sus apéndices en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y en Israel. No es coincidencia, bajo el liderato de Putin, el Kremlin ocupa un puesto destacado en la elaboración de propuestas constructivas en ambos temas.

En el ámbito económico-financiero, el G-20 fue incapaz de presentar alguna opción práctica para la reforma del sistema financiero vigente, cada vez más desvinculado de la economía real por ello amenazado por un nuevo movimiento tectónico, todavía más grave que la crisis de 2007-2008. Así, Rusia ha apoyado iniciativas promisorias en el ámbito del grupo BRICS, tanto con la reciente creación de un banco de fomento y de un fondo de reservas cambiarias independiente del sistema multilateral dominado por Washington, así como con el incentivo de las transacciones bilaterales en monedas nacionales, sin la necesidad del uso del dólar ( recuérdese que Saddam y Jadafi entraron, definitivamente, en la mira cuando trabajaban, respectivamente, para aceptar el euro como pago del petróleo iraquí y crear una moneda de referencia africana basada en el oro, en lugar del dólar).

En julio, el Banco de Compensaciones Internacionales (BIS) hizo una seria advertencia sobre la fragilidad de la economía mundial, la que, según su último informe, se encuentra todavía más vulnerable a una crisis financiera que en 2007, con el agravante de que el endeudamiento de los países de economías emergentes en relación al PIB es 20 por ciento mayor que en aquel periodo. Como afirmara su director general, Jaime Caruana, “es difícil evitar la sensación de una enigmática desconexión entre la euforia de los mercados y los hechos económicos subyacentes, en términos globales” (Daily Telegraph, 14/07/2014).

En su cauteloso “economes,” el jefe del BIS refuerza las afirmaciones mucho más vehementes de un número creciente de analistas sobre la inminencia de un nuevo terremoto sistémico que podría afectar enormemente el papel hegemónico del dólar como moneda de referencia -perspectiva que ha sido ampliamente analizada en los altos gabinetes e Washington, Wall Street y Londres.

En ese marco, las sanciones contra Rusia podrán tener un efecto contrario al esperado, al acelerar la tendencia de Moscú hacia la consolidación de una estructura “extra dólar,” con el apoyo de China, de los demás socios del grupo BRICS y, posiblemente, de otros países -entre ellos algunos europeos- dispuestos a contribuir al establecimiento de un nuevo marco cooperativo y no hegemónico para el escenario mundial.
Dado que el eje anglo-americano, no cederá su hegemonía sin luchar, en el sentido más literal del término, aunque fuese para incendiar gran parte del planeta, las semanas siguientes podrán ser todavía más peligrosas que los momentos más graves de la Guerra Fría, que quizás alcance temperaturas mucho más elevadas.

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