No obstante que los detalles específicos todavía no estén claros, el fracasado levantamiento militar ocurrido en Turquía la noche del viernes 15 de julio ocurrió en medio de una aparente reevaluación del presidente Recep Tayyip Erdogan sobre los intereses estratégicos a largo plazo del país, la cual señala una potencial inserción en el plan euroasiático que llevan a cabo China y Rusia.
Hay tres hipótesis que se disputan la explicación de la naturaleza del levantamiento: 1) un “autogolpe” tramado por el mismo Erdogan, para justificar la adopción de duras medidas represivas y la concentración de poderes en la Presidencia; 2) una operación articulada por oficiales militares preocupados por lo que consideran una creciente erosión de los principios secularistas del Estado fundado por Mustafá Kemal Ataturk, la cual fracasó debido a los graves errores de planeación y de ejecución; y 3) una operación de un núcleo de oficiales vinculados estrechamente a los planes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con la anuencia o la inspiración de esta, con el fin de neutralizar los nuevos gestos estratégicos de Erdogan, de una reaproximación con las potencias euroasiáticas. En este último escenario el influyente clérigo Fetullah Gülen, habría jugado un papel protagonista, ya que de un ex aliado se convirtió en enemigo encarnizado de Erdogan; actualmente vive autoexiliado en Estados Unidos, con la abierta protección de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Las pruebas disponibles favorecen la tercera hipótesis, lo que indica que, en un futuro cercano Turquía se verá ante la necesidad apremiante de definir una nueva orientación estratégica, cuyas opciones se enmarcan, o, en la beligerancia sempiterna y entrópica de la OTAN, o, en la perspectiva constructiva y cooperativa de la diplomacia euroasiática capitaneada por China y Rusia.
El levantamiento ocurrió en medio de inesperadas iniciativas de Erdogan para acercarse de nuevo a Rusia, Israel y, de forma sorprendente, de su enemigo, el régimen del presidente sirio Bashar al-Assad. Relaciones debilitadas, respectivamente, por el derribo del avión ruso que operaba en Siria realizado por cazas turcos en noviembre pasado; por el ataque israelí a pacifistas turcos que navegaban por Gaza, en 2011; y por la transformación de Turquía en el campo de lanzamiento y de apoyo logístico para los rebeldes y yijadistas que libran una guerra feroz contra Assad desde 2011.
Erdogan envió a finales de junio una carta al presidente ruso, Vladimir Putin, para disculparse de la muerte de uno de los tripulantes del avión derribado, una corrección de actitud muy marcada respecto a la posición arrogante mantenida luego de ese acontecimiento, lo que provocó una severa respuesta diplomática y económica rusa contra Turquía. Así manifestó en su carta su “profunda simpatía y condolencias a los padres del fallecido piloto ruso” y reitera que Rusia es en un país “amigo y socio estratégico” de Turquía.
De forma paralela, en una entrevista colectiva, el miércoles 13 de julio, en medio de rumores sobre entendimientos discretos entre Ankara y Damasco, el Primer Ministro turco, Binali Yildirim, exteriorizó su certeza sobre la “normalización” de los lazos con Siria: “Necesitamos eso, volveremos a las relaciones normales con Siria” (The Guardian, 13/07/2016).
Putin, de forma significativa, fue el único jefe de Estado que se comunicó directamente con Erdogan para darle el apoyo ruso ante el intento de golpe de Estado. Los dos líderes habrán de reunirse en la primera semana de agosto, lo que deberá limar asperezas entre ambos. Otro jefe de gobierno que se mostró solidario, vía Twiter, fue el Presidente iraní, Hassan Rouhani, cuyas fuerzas militares están en Siria, ayudando a combatir a los yijadistas apoyados por Turquía. En cambio, las capitales occidentales y el reino saudita mantuvieron un intrigante silencio hasta que no fue evidente el fracaso del levantamiento.
El mejor indicador, posiblemente, del “descongelamiento” ruso-turco sea la información, divulgada por la agencia iraní Fars, citando fuentes diplomáticas de Ankara, de que militares rusos que operaban un sofisticado aparato de espionaje electrónico habían interceptado comunicaciones de los golpistas y habían trasmitido la información a fuentes confiables del servicio de información turco MIT. Entre esa información, estaba la intención de los golpistas de capturar a Erdogan, que se encontraba en el balneario de Marmaris, en el sudeste del país, lo cual le permitió escapar (Sputniknews, 21/07/2016). A pesar de que esta información ha sido negada por el Kremlin, el hecho es que los golpistas se vieron obligados a anticipar seis horas el inicio del levantamiento, para realizarlo a las 21 horas del viernes. La anticipación fue fatídica para los planes, principalmente por la rápida movilización popular contra el golpe, lo cual alineó todo el espectro político turco, inclusive hasta los mismos partidos de oposición, entre ellos el Partido Nacionalista Curdo. Las imágenes de los blindados inmovilizados en las calles de Estambul por multitudes populares rabiosas fueron la expresión de la escasa representatividad de los insurgentes (Hurriyet Daily News, 20/07/2016).
Por otro lado, numerosas pruebas apuntan hacia una complicidad desde la cúpula de la OTAN, en especial, de Estados Unidos. Uno de los centros de mando del levantamiento fue la base aérea de Incirlik, puesto avanzada de las operaciones de la OTAN contra el Estado Islámico (EI) en Siria, en cuyo complejo residen 1 500 militares estadounidenses con sus familias. Una de las primeras medidas de Erdogan, luego de retomar el mando de la situación, fue ordenar el bloqueo de facto de la base, inclusive con la suspensión del abastecimiento de agua y de electricidad, la cual se mantuvo durante varios días.
Incirlik es además una zona de seguridad máxima, pues alberga nada menos que 80 bombas nucleares tácticas de lanzamiento aéreo. Es decir, es rigurosamente imposible para los militares turcos realizar una operación de tal magnitud sin el conocimiento y la anuencia de sus colegas estadounidenses, y fue precisamente de allí de donde partieron los cazas F-16 que abatieron el bombardero Su-24 ruso en noviembre, en una operación que tuvo todas las características de una emboscada bien planeada y, evidentemente, también autorizada por los oficiales de la OTAN acantonados ahí. No es coincidencia que el prefecto de Ankara, Melih Gokcek denunciara:
“Fue ese Estado paralelo el que dañó nuestras relaciones con Rusia. Estoy diciendo con un cien por ciento de certeza que uno de los pilotos de esa estructura fue el que participó en el incidente (el derribo del avión ruso). Fue uno de los participantes del putsch. Hasta hoy habíamos mantenido esto entre nosotros y no lo divulgamos. Pero yo, Melih Gokcek, digo que fueron esos tunantes los que dañaron nuestras relaciones con Rusia” (Sputniknews, 16/07/2016).
De igual forma, Erdogan ya debería haber tenido pruebas de que había alguna trama de este género en marcha, dada la rapidez con que embistió contra enormes listas de oficiales militares y policiales, integrantes del poder judicial y de académicos, lo que difícilmente se podría haber hecho en tan poco tiempo.
Un análisis de los hechos colocado en el sitio ruso Katehon.com, que reúne especialistas en una gran variedad de asuntos estratégicos, sintetiza:
“El intento de golpe militar fue hecho por los apoyadores del líder islamista Fettulah Gülen y su movimiento “Jizmat.” Gülen vive en Pensilvania, Estados Unidos, y coopera con agencias de espionaje estadounidenses. Es conocido por ser el principal oponente de Erdogan, su ex aliado. (…) La red de Gülen actuó a las órdenes de Estados Unidos, luego de que importantes “kemalistas” de la cúpula militar… hicieran suya la cuestión de acelerar radicalmente el curso de la reaproximación de Turquía con Rusia, Irán, China y, posteriormente, hasta retirarse de la OTAN. La estructura de Gülen penetró en el mismo escalón superior del gobierno y de los servicios secretos. (…) El intento de golpe militar pro Estados Unidos se hizo en el momento en el que Erdogan cambiaba su curso en la política exterior y comenzaba a construir una sociedad estratégica a largo plazo del eje Ankara-Moscú, en la que se incluye el cambio de posición respecto a la cuestión siria. Para evitar la creación de un eje euroasiático Ankara-Moscú, Estados Unidos intentó organizar un golpe, recurriendo a sus redes (el movimiento “Jizmat” y los apoyadores de Gülen)” (Katehon, 18/07/2016).
En el mismo sitio, Andrew Korybko, un veterano analista de los asuntos de la región, complementa esto afirmando que, luego del referendo “Brexit,” Erdogan habría concluido que no tendría cómo sacar más ventajas de la Unión Europea y, por consiguiente, comenzó a “recalibrar su política exterior para alinearse con el mundo multipolar.” Por ello, dice, “tardíamente declaró al Frente al-Nustra una organización terrorista y abrió conversaciones secretas de reconciliación con Siria, aunque manteniendo las apariencias con el refrán “Assad tiene que salir.”
Afirma, además, que “Turquía y Rusia también están de regreso en el reinicio del mega proyecto (del gasoducto) Balkan Stream, el que, cuando se suma al proyecto chino del ferrocarril de alta velocidad Budapest-Pireo, parte de la Ruta de la seda de los Balcanes, representa, tal vez, la más ambiciosa extensión multipolar para Europa jamás antes intentada” (Katehon, 16/07/2016).
En su número del 20 de julio, el periódico financiero austriaco Wirtschafblatt presenta una análisis en esta misma línea, al afirmar que una de las consecuencias geopolíticas del levantamiento fracasado será el apartamiento de Turquía de la UE y de la OTAN, para concentrarse en el Oriente y en Rusia, en particular con la adopción de un modelo de desarrollo “asiático.”

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