Para edificar un orden mundial justo ejerzamos  la política como forma superior de caridad

Presentación de Lorenzo Carrasco, coordinador general,  en la sesión inaugural del Foro de Guadalajara, realizada el 20 de octubre de 2014.

Antes que nada, agradezco a los líderes de la Federación Revolucionaria de Obreros y Campesinos del Estado de Jalisco (CROC-FROC-Jalisco), Antonio Álvarez Esparza y Joaquín Álvarez Esparza  la excelente organización que hizo posible este Segundo Encuentro del Foro de Guadalajara. Mi agradecimiento es extensivo a Antonio Neto presidente de la Central de Sindicatos Brasileños (CSB) y al dirigente Luiz Sergio da Rosa López por su empeño a convocar  la presencia de la nutrida delegación proveniente de varias parte de Brasil, que hoy nos acompaña.

Quiero comenzar hablando nuevamente de los propósitos del Foro de Guadalajara, pensado a la manera de un movimiento, un espacio de deliberación amplia, definido por tres dimensiones. La primera, la defensa de los principios humanistas en que descansa el Estado soberano, más exacto sería decir, de la comunidad de estados soberanos, porque entendemos que un nuevo orden mundial justo dependerá de la harmonía de grupos de los estados soberanos organizados regionalmente con el objetivo de buscar  la paz fundamentada  en la prosperidad universal de los pueblos.

La segunda dimensión es la justicia social,  íntimamente vinculada a la defensa del trabajo digno, uno de los derechos fundamentales dados al hombre por su Creador. El derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad están indisolublemente ligados al derecho al trabajo digno. Así que considero fundamental unir,  el derecho al trabajo digno y la lucha por la vida – el rotundo no al aborto y a las diversas formas de eutanasia-   en un solo movimiento, ya que ambos derechos inalienables son complementarios y han entrado a la arena de los sacrificios de la globalización financiera.

En este sentido el 2 de octubre pasado, al conmemorar el quinto aniversario de la Encíclica Caritas in Veritate,  del papa Benedicto XVI, su sucesor, el  papa Francisco alertó que:

“uno de los aspectos del sistema económico actual es la explotación del desequilibrio internacional en los costes laborales, que se aprovecha de miles de millones de personas que viven con menos de dos dólares al día. Tal desequilibrio no respeta la dignidad de los que alimentan la mano de obra a bajo precio, sino que destruye fuentes de trabajo en las regiones en que es más tutelado. Se plantea, pues, el problema de crear mecanismos de tutela de los derechos del trabajo, además del ambiente, en presencia del aumento de una ideología consumista que no demuestra ninguna responsabilidad hacia las ciudades ni hacia la creación. El aumento de las desigualdades y la pobreza ponen en riesgo la democracia incluyente y participativa, que presupone siempre una economía y un mercado que no excluyan y que sean equitativos. Se trata, entonces, de vencer las causas estructurales de las desigualdades y de la pobreza (…) el Estado de derecho social no debe ser desmantelado y en particular el derecho fundamental al trabajo. Esto no puede ser considerado como una variable dependiente de los mercados financieros y monetarios”. Por otro lado “desequilibrios que perduran entre sectores económicos, entre remuneraciones, entre bancas comerciales y bancas de especulación, entre instituciones y problemas globales: es necesario tener viva la preocupación por los pobres y la justicia social”, que exige, “por una parte reformas profundas que prevean la redistribución de la riqueza producida y la universalización de mercados libres y al servicio de las familias, por otra la redistribución de la soberanía, sea del plano nacional sea del plano supranacional”.

La tercera dimensión del Foro es el bien común, este entendido como el bien de todo el hombre para todos los hombres, y como explica Benedicto XVI “No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo” (n. 76, Caritas in Veritate).

Recordemos que hace dos años al reunirnos por primera vez en esta misma ciudad de Guadalajara, dimos por nombre al magnífico encuentro, “La crisis más allá de la economía y las finanzas”.  Transcurridos dos años el agravamiento de la crisis en todas sus dimensiones, social, económica, financiera y estratégica, es patente. Sin embargo la gran novedad positiva fue la sorprendente elección del Papa Francisco; en su primer viaje al Encuentro Mundial de la Juventud en Rio de Janeiro en julio del año pasado, el pontífice fue claro en señalar que “esta civilización mundial se paso de los límites. Es  tal el culto que  se ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión”.

Nunca antes como en  nuestro tiempo se había hablado tanto de ayuda humanitaria, de derechos humanos, de valores universales, y sin despreciarlos, también nunca hubo tanta miseria particular, tanta destrucción humana.  Y es que tal mentalidad “universalista”  que le da al individuo una connotación amorfa, es  impulsada por la globalización y ha logrado tomar el  alma de varias instituciones internacionales. El mejor retrato del malestar que emana de ese proceso fue ilustrado magistralmente  por el escritor ruso Fiódor Dostoievski en uno de los personajes en su obra, Los Hermanos Karamazov :  “…amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular.” O inversamente: “en cambio siempre ha sucedido que cuanto más he odiado a los hombres en particular, más llameante era mi amor a la humanidad en general”. La razón es que los derechos universales del hombre no subsisten por si mismos si negamos la trascendencia de cada ser humano y atacamos los fundamentos del Estado soberano que es el ámbito en que se pueden realizar esos derechos.

Un cambio de época

Vivimos no una época de cambios, sino un cambio de época como lo afirmara  el papa Francisco por la deplorable condición de la economía mundial unida a la profunda crisis cultural, que  hacen que la civilización sufra. En este contexto la sociedad niega la dignidad del hombre. Es por ello que se debe rehabilitar la política para que trascienda a un orden superior, el cual es el de la caridad.

“El futuro exige hoy la tarea de rehabilitar la política, que es una de las formas más altas de la caridad. El futuro nos exige también una visión humanista de la economía y una política que obtenga cada vez más y mejor la mejor participación de las personas, evite el elitismo y erradique la pobreza”, dijo el Papa Francisco en su discurso a la clase dirigente brasileña el 27 de julio de 2013. Fue por esas palabras que decidimos darle el título a esta conferencia: La Política como Forma Superior de Caridad y el cartel elegido para la conferencia, (una fotografía de un niño que duerme dentro de una caja de cartón para protegerse y descansar) es la realidad de millones de personas en la era de la globalidad financiera, es una imagen indiscutible de la economía de descarte.

Antes de pasar a reflexionar más detenidamente lo que entendemos como cambio de una época, mencionemos brevemente los grandes problemas geopolíticos contemporáneos: la crisis económica internacional, la crisis de salud, representada por la nueva epidemia, del Ébola; el surgimiento del fascista Estado Islámico (EI), y el desequilibrado liderazgo de los Estados Unidos y sus aliados, empeñados en reducir las posibles soluciones siempre condicionadas al mantenimiento de su hegemonía global, que cada día que pasa se torna  más ilegitima. Por ejemplo, el camino que han elegido para detener el avance del Estado Islámico es exclusivamente  el “club de las bombas” – naciones occidentales que ofrecen sus bombarderos; el resultado a la vista conduce a un mal mayor, sobre todo porque esa guerra, como sus antecesoras en el Medio Oriente, se lleva a cabo sin una autoridad internacional legítima.

La guerra justa requiere causa justa y legitima, requiere buscar justicia y no apenas venganza; necesitamos una autoridad legítima, no sólo un ejército de bombardeo. Requiere que no exista otro propósito que no sea el bien común; que no busque el control de recursos naturales o el cambio de regímenes, que no altere las fronteras nacionales.  Este tipo de ataques, ahora, no resolverá nada, sólo aplastar regímenes. ¿Cuál es la autoridad legítima? Por lo menos se necesita la autoridad del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El resultado de esta aventura guerrera mal ejecutada contra el EI, acarrea mayores daños en el Medio Oriente y será la destrucción de naciones y el surgimiento de nuevos grupos terroristas. Este “club de las bombas” a lo largo de más de 30 años ya fue responsable del surgimiento del Al-qaeda, el Frente Al-Musra y ahora el EI.

¿Pero a qué época que termina nos podemos referir? ¿Es solo la crisis de la globalización financiera y el “nuevo orden mundial” surgido inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín y la disolución del imperio soviético? ¿O es el fin de la hegemonía norteamericana y del sistema del dólar como moneda de referencia mundial? Y si es esto ¿cuál sería la potencia

que substituiría el dólar, de la misma manera que este substituyó a la libra esterlina y al Imperio Británico entre finales del siglo XIX e inicio del siglo pasado?  ¿Sera posible un nuevo hegemón?

Parece que la característica general que define el cambio de época es precisamente la imposibilidad de la civilización de continuar con un solo poder hegemónico; a cambio de este lo que ya se avizora, es un sistema cooperativo de bloques de naciones soberanas. Lo que, desde luego, significaría el fin de la era colonial emergida al final del siglo XVII con la creación del Banco de Inglaterra y la modalidad de bancos centrales privados; emblema de la herencia que dejo fue precisamente la creación de la Reserva Federal de los Estados Unidos en 193, que constituye actualmente el núcleo de poder financiero mundial en profunda crisis. Entonces tenemos un armazón muy endeble, pero muy dañino, porque se apoya en la desigualdad  que produce  la prevalencia del libre comercio darwiniano cuyo alimento es la competencia desenfrenada.

A pesar de que estos tres siglos de sistema colonial fue una guerra permanente contra los estados nacionales soberanos, hubo episodios que auguraban su derrota. Uno de ellos lo vimos con  la emergencia del sistema americano de economía política cuyos mentores, Alexander Hamilton y Henry Carey, para solo citar los más importantes, lo concibieron, no solo como un sistema económico diferente sino una manera de civilización diferente. Penosamente la muerte de presidente Franklin D. Roosevelt al finalizar la Segunda Guerra Mundial y, después el asesinato del presidente John F. Kennedy, transformaron paulatinamente la nación norteamericana en la portadora de una visión del mundo maniquea, en la cual la predestinación y el excepcionalismo, bases filosóficas del calvinismo, restan como sustentáculos de un sistema hegemónico en decadencia.

De hecho lo que el cristianismo conquistó con la concepción del Estado soberano durante sufridos años a lo largo de la Edad Media, superando la idea del gobierno mundial y las Cruzadas como forma de dominación, está seriamente amenazado por la insistencia de crear estructuras de gobierno mundial con una fuerza militar capaz de mantener la hegemonía de fuerzas económicas y financieras que falsamente se intitulan occidente cristiano. De hecho en estos siglos de colonialismo una de sus características fundamentales fue el combate contra la visión cristiana del Estado soberano y el intento una y otra vez de imponer un gobierno mundial hegemónico. No es parte de la historia pasada, lo que pasa en África, en Asia y en América Latina aun son rezagos de ese sistema colonial.

En realidad es una lucha de dos concepciones del hombre y la naturaleza. San Agustín al final del Siglo IV y principios de V, en sus Confesiones nos das las bases para entender esto hoy día. El problema que aqueja nuestra sociedad contemporánea es la persistencia de una concepción maniquea en el que el bien y el mal tienen un mismo derecho a existir al grado que la estructura de contravalores amenaza predominar frecuentemente. Así el bien y el mal comparten un mismo espacio, compiten por un mismo espacio de suma cero. Es un universo euclidiano bidimensional, en donde el tiempo, el espacio y la materia en si preexisten a la Creación. San Agustín, en un preanuncio de la relatividad física,  demuestra que nada puede preexistir a la Creación, a menos que supongamos que Dios es apenas una idea humana y no un hecho histórico real. La Encarnación de Dios hecho hombre, un universal concreto, que es la base tanto de los derechos inalienables de la persona — persona que toma sus atributos de la  Trinidad Criadora – como del  surgimiento del Estado soberano como instrumento para la realización del bien común de la sociedad. Sin el “incarnatus est”, por tanto, no podemos hablar estrictamente de una cultura o civilización cristiana.

En su forma moderna el maniqueísmo tomo la forma de la predestinación calvinista, del Destino Manifiesto o del excepcionalismo que parte del presupuesto de que existen dos tipos de naciones: unas las elegidas para gobernar y el resto, las naciones para obedecer. De este sistema maniqueo que nació junto con el sistema colonial hace casi 400 años, partió el ataque a las concepciones de Santo Tomas de Aquino; por eso ese gran humanista fue presentado al mundo como un medievalista obscurantista, para esconder el regreso a un sistema colonial ese si obscurantista, que ensalza el vasallaje cruel y despiadado de pueblos dominados. Es el sustento de la ambición que busca un imperio mundial impuesto a través de nuevas “cruzadas civilizatorias”. Esta es la era que ha llegado a su fin.

Salir exitosos de este cambio de época, dejando atrás esta cultura semi-cristiana requiere como tarea central,  la reconstrucción de los principios cristianos del Estado soberano – el reconocimiento de la igualdad entre la naciones,  de la libertad de culto y de formas diversas de auto-gobierno –; de la noción de persona – y por tanto de los derechos inalienables, la reconciliación de la fe y la razón; y el restablecimiento de la dignidad y el derecho fundamental al trabajo. Estas tareas deben ser la base de la reconstrucción de la economía mundial; de los grandes proyectos de infraestructura, de educación, de  ciencia, y  arte. En suma de una economía del bien común y de justicia social. Es en la caridad, en el dialogo de las diferencias que puede abrirse brecha en la tarea de edificar una fraternidad universal. “La fraternidad – nos dice el Papa Francisco – nace de una vocación trascendente de Dios Padre, quien nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna”.

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