Las lecciones de dos Guerras Mundiales

 

Vivimos un cambio de época: Los últimos diez meses se han caracterizado por dos grandes crisis estratégicas: la crisis ruso-ucraniana, la cual  ha conducido, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría en 1989, al resquebrajamiento de las relaciones de Rusia con Estados Unidos y con Europa, en particular las relaciones ruso-alemanas.  Tenemos también la crisis del Medio Oriente, donde Estados Unidos y una coalición de estados árabes están entrampados en una guerra de bombardeos contra el Estado Islámico (EI) a la que no se le ve fin.

Este año 2014, es también el año en el que conmemoramos los cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial.  Una guerra que nadie de la élite política de Europa había previsto; una guerra que comenzó con un conflicto regional en la península de los Balcanes y que se convirtió de un momento a otro en una catástrofe mundial.  Sesenta millones de soldados de cinco continentes participaron en esta “orgía de violencia” que dejó 21 millones de muertos y 20 millones de heridos y mutilados.  Al concentrarse sobre todo en el continente europeo, la guerra eliminó una generación entera de jóvenes y dejó tras de sí un continente cuya población, luego de cuatro años de combates, estaba agotada físicamente y destruida psicológicamente.

Al final de la guerra se habían derrumbado dos imperios: el austro-húngaro y el Ruso del Zar Nicolás II, con el comienzo de la revolución y luego por la guerra civil.  La monarquía alemana del Kaiser Guillermo II se derrumbó también y fue reemplazada por la República Weimar al tiempo que los mapas de toda Europa fueron “re-dibujados” por las potencias triunfadoras, en particular por Francia e Inglaterra.

Tres décadas después estalló la Segunda Guerra Mundial –luego de que Adolfo Hitler invadiese Polonia.  Esta guerra resultó mundial y dejó a su paso todavía más víctimas, aproximadamente 65 millones en Europa y en el resto del mundo.  Al final de la guerra, las potencias triunfantes, durante las conferencias de Yalta y de Postdam (1945) acordaron dividir el continente en una zona de influencia comunista dominada por la Unión Soviética y en otra zona de influencia occidental dominada por Estados Unidos.  Europa había perdido su centro, estaba dividida por una “cortina de hierro.”  Lo que siguió fueron décadas de Guerra Fría, guerras sustitutas y terrorismo.  La Guerra Fría llegó a su fin simbólico con la caída del Muro de Berlín en 1989 y con el derrumbe de los regímenes comunistas de Europa Oriental y del mismo régimen soviético a comienzos de los años noventas.  En este proceso, Alemania se reunificó y se hicieron esfuerzos para fortalecer la Unión Económica de Europa.  En lugar de un periodo de Paz, lo que siguió, en cambio, fue un periodo de guerras post coloniales en los Balcanes, en el Medio Oriente, en África y en Afganistán.

Mencionar este contexto me lleva al tema de mi presentación: ¿Qué lecciones podemos aprender de esta cruenta historia para construir el futuro orden mundial fundado en la paz, en la solidaridad y en la justicia?

En una reciente conferencia de obispos realizada en Madrid, misma que fuera dedicada al tema de los “Días sociales católicos de Europa,” el presidente de la Conferencia europea de obispos, el Cardenal Reinhard Marx, reflexionaba en su discurso sobre los 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial y de los 75 años del inicio de la Segunda.  Se refirió al libro “Sleepwalkers” (Sonámbulos) publicado este año, del historiador australiano Christopher Clark, en el que el autor analiza que la Primera Guerra Mundial, desde el punto de vista de cómo una clase política entera en Alemania, Austria, Hungría, Rusia, Inglaterra, Francia, Italia, Serbia, el Imperio Otomano, etcétera, se volcaron a la guerra, la cual nadie había predicho, o deseado.  Pero, como dice Clark: “Marcharon a ella como sonámbulos, no eran tan sólo imperialistas que sufrían de paranoia; la tragedia fue que los protagonistas fueron sonámbulos, despiertos, pero ciegos, atormentados por pesadillas, pero incapaces de reconocer la realidad y los horrores a los que dieron vida.”

El cardenal Marx, al final de su discurso, se refirió a la conversación que había sostenido recientemente con el recién elegido Presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués  Jean-Claude Juncker. Este le mencionó que su padre, minero de Luxemburgo, le dijo una vez: “Si tienes alguna duda sobre Europa, ve y visita las tumbas de los soldados.” Esta referencia es válida para todo europeo, pues todos están rodeados por las huellas del pasado.  No hay una sola aldea de las provincias de Francia, de Alemania, de  Italia, de Rusia o de Bélgica que no tenga monumentos levantados en memoria de las víctimas de la primera y segunda guerras mundiales.

El peligro de los sonámbulos poderosos

Así que las preguntas que tenemos que hacernos son: ¿Qué podemos aprender de los errores estratégicos que cometió la clase política europea hace cien años? ¿Qué debemos entender sobre la cultura psicológica de masas y sobre el lavado de cerebro? y ¿cuáles son los principios superiores que debemos buscar para ayudarnos a construir el nuevo orden económico mundial fundado en la Cáritas, en la paz, en la solidaridad y en la justicia?

Este verano lo dediqué a estudiar a varios historiadores, entre ellos el trabajo del historiador militar alemán Alfred Münkler, de Berlín, “La Gran guerra 1914-1918.”  Otro de los libros que estudié fue precisamente “Sleepwalkers,” de Christopher Clark.  Este libro despertó un intenso debate dentro y fuera de Alemania.

En su libro “La gran guerra 1914-1918,” H. Münkler destaca que la Primera Guerra Mundial no fue sólo la “catástrofe primigenia del siglo 20,” como alguna vez dijo George Kennan, sino el laboratorio en el que se creó todo lo que habría de utilizarse en las décadas siguientes: guerra aérea estratégica y el asesinato de pueblos enteros, limpieza étnica, la idea de la cruzada para promover los ideales democráticos, con lo que el gobierno de Estados Unidos en ese entonces, con el presidente Wilson, justificó su intervención en la guerra europea en 1917, la política de la infección revolucionaria, que han usado separatistas y corrientes religiosas para agitar y sembrar la semilla del descontento en el campo enemigo.

La Primera Guerra Mundial fue el “sembradío” donde todas las técnicas e ideologías se crearon para conducir a regímenes totalitarios, y de allí a la Segunda Guerra.

Sólo imagínense por un momento cómo lucía Europa en la víspera de la Primera Guerra Mundial.  Este fue el comienzo del siglo XX, un continente de monarquías: de seis potencias cinco eran monarquías, sólo Francia era república.  Los jóvenes estados de la península Balcánica, Grecia, Serbia, Montenegro, Bulgaria, Albania y Rumania eran también monarquías.  En el núcleo de las monarquías eran el zar ruso Nicolás II, el káiser alemán Guillermo II y el rey inglés Jorge V –todos ellos parientes por la reina Victoria.

Hubo varios detonadores que se activaron para iniciar la guerra, entre ellos el conflicto entre el Imperio austro-húngaro y Serbia, en particular por la anexión austro-húngara de Bosnia-Hercegovina.  El detonador final fueron los asesinatos del archiduque austriaco Ferdinand y de su esposa en el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, cometidos por integrantes de la célula terrorista serbia “Mano negra.”  El asesinato desencadenó olas de choque por toda Europa y llevó a la movilización militar final de todas las grandes potencias.

Halford Mackinder y el problema del centro europeo y los ferrocarriles

En el conflicto ruso-ucraniano de hoy, conflicto que podría ser capaz de conducir a una guerra, cruenta un factor determinante es la “geopolítica.”  El mismo pensamiento geopolítico en el que están atrapadas las grandes potencias de hoy en día es el que provocó hace cien años la Primera Guerra Mundial.  A principios del siglo XX había dos escuelas de pensamiento en Europa y Estados Unidos que tendrían una influencia decisiva en la formación de la dinámica de la Primera Guerra Mundial.  Por un lado estaba la del estadounidense Alfred Thayer Mahan, quien en su documento “La influencia de la potencia marítima en la historia” (1890) había predicho que la lucha por la potencia mundial estaría determinada por los grandes buques y por la Armada.

El otro imperativo geopolítico era el pensamiento británico, donde predominaban  las ideas del geopolítico británico Halford Mackinder.  En el año de 1904 dio un discurso ante la Real sociedad geográfica británica sobre el tema “El pivote geográfico de la Historia.”  Mackinder predijo el fin de la era Colombina, “en la que el gobierno de los mares era la clave de la potencia mundial.  Dado el desarrollo de la infraestructura del ferrocarril, predijo que la masa terrestre de Eurasia se elevaría para convertirse el centro geopolítico de la potencia mundial.”

Mackinder presentaba cuatro zonas geopolíticas, las cuales eran decisivas por obtener el poder mundial:  el corazón-el centro de la masa territorial euroasiática, en particular Rusia; la tierra de las cuencas, que es la tierra a sus orillas, la cual tiene acceso al continente y a los océanos, en particular Alemania y el Imperio austro-húngaro; el “creciente interno” que incluye a Turquía, India y China; y luego un creciente externo donde se encuentran Gran Bretaña, África del Sur, Australia, Estados Unidos, Canadá y Japón.

La tesis principal de Mackinder era que Gran Bretaña estaba amenazada por la potencial formación de una coalición entre el corazón y la cuenca, por lo cual Gran Bretaña tenía que hacer todo lo que estuviera a su alcance para evitar la alianza entre Alemania y Rusia.

Lo que molestaba en realidad a Mackinder era el corazón euroasiático y en particular el crecimiento de los ferrocarriles rusos.  En un punto de su discurso subrayó que el ferrocarril transcontinental que en ningún otro lugar podría tener más influencia un ferrocarril transcontinental “que en el cerrado corazón de Eurasia, en vastas zonas en las que ni la madera ni los minerales accesibles están a la disposición para la construcción de caminos.”  Hizo referencia a la enorme importancia del ferrocarril transiberiano y predijo que “el siglo no estará entrado antes de que Asia esté cubierta de vías férreas.”

Mackinder concluyó:  “El margen del equilibrio del poder a favor del estado pivote, resultado de su expansión sobre las tierras marginales de Eurasia, permitirá el uso de enormes recursos continentales para la construcción de flotas, y el imperio del mundo estaría a la vista.  Esto podría suceder si Alemania estuviese aliada a Rusia.” (¡)

También el proyecto del ferrocarril Berlín-Bagdad, según Clark, hacía temblar de temor a Gran Bretaña.  En él se incluía el proyecto acordado entre el sultán turco Abdul Hamid y las compañías alemanas para construir en 1904 la ampliación de Konya a Bagdad del ferrocarril de Anatolia, y de allí a Basra (golfo Pérsico), lo que le daría a Alemania el acceso potencial a los campos petroleros del Irak otomano.

La guerra y sus pérdidas

A unas cuantas semanas del asesinato de Sarajevo se desató una dinámica que condujo a la declaración de guerra, el 28 de julio, del Imperio austro-húngaro a Serbia, a la que Austria hacía responsable del crimen.  El 31 de julio Rusia ordenaba la movilización militar plena.  El 1 de agosto, Alemania  declaró la guerra a Rusia y Francia, a la que siguió la declaratoria de guerra de Inglaterra, Francia, Bélgica y demás, las llamadas potencias aliadas.  Italia y Rumania se unieron a la guerra del lado de los aliados en 1915.

Miles de jóvenes fueron a la guerra en medio de vítores y fervor patriótico, a diferencia de la población campesina de muchos países, como en las provincias de Francia o de Rusia, observan los historiadores, entre la que se reclutó a los soldados.  En unas cuantas semanas de guerra la mayor parte de los jóvenes habían muerto en el campo de batalla.  Mi abuela, que tenía nueve hijos, solía contarme que perdió al mayor de ellos en las primeras semanas de la guerra y que había tenido que ir a la frontera germano-belga para recibir el cuerpo de su hijo en un ataúd de zinc.

Una generación entera de los jóvenes más entusiastas y preparados de todos la países murieron, como relatan los escritores Stefan Zweig y Ernest Jünger.  Muchos intelectuales de Alemania, como Thomas Mann, Max Scheler, e incluso el psicoanalista austriaco Sigmund Freud, estuvieron contagiados al principio de la guerra con la idea de que la guerra sería catártica, que ayudaría a la nación y al imperio.  La guerra tuvo lugar en todos los océanos, no sólo en Europa, sino también en Asia, en África, en Medio Oriente.

De 1915 en adelante, el Frente occidental de la contienda degeneró en una guerra de desgaste, en la que los combatientes se enterraban en trincheras.  Esta guerra de trincheras fue seguida por la guerra de gases tóxicos, por la guerra aérea y por la guerra sin límites de los submarinos.  En 1917, Estados Unidos se unió a las potencias aliadas; el 11 de noviembre de 1918, en Compiegne (cerca de París) la Primera guerra mundial llegó a su fin.  El Imperio austro-húngaro se había hundido, el imperio zarista ruso había sucumbido; el emperador alemán fue al exilio, mientras que el Imperio otomano llegaba a su fin.  La guerra terminó; tras ella quedaron casi 60 millones de muertos, mutilados y heridos.

El mayor problema que nos dejó hasta el día de hoy esta guerra es el “espacio post imperial” del Medio y del Cercano Oriente, donde, luego del derrumbe del Imperio otomano, británicos y franceses compartieron la presa (el famoso tratado Sykes-Picot), sin ser capaces de establecer un régimen estable ni de dar a las sociedades la capacidad de progresar.  Las ramificaciones se pueden ver todavía en el conflicto Gaza-Israel, en los de Irak, de Siria.  Luego del desplome del orden de Postdam-Yalta volvieron a aparecer en los Balcanes conflictos que parecían olvidados, lo que hizo que la OTAN interviniera a principios de los años noventas.

Conclusiones:   ¿Qué lecciones podemos aprender de esta sangrienta historia para construir un orden mundial futuro fundado en Cáritas, paz, solidaridad y justicia?

En la conferencia de Madrid para una “Europa más social” que mencioné al principio, el Cardenal Marx subrayó en su discurso, además de su reminiscencia histórica, las dificultades que Europa tiene ante sí,  además de los conflictos geopolíticos; la crisis económica, el desempleo de los jóvenes, la migración, la declinación demográfica y el tráfico humano.

El mensaje de este discurso fue resaltar que los dirigentes políticos de hoy deben aprender las lecciones para no despeñarse por estupidez y por ceguera en nuevas guerras.  Marx pidió con vehemencia que regresen a los principios esenciales de la Doctrina social de la Iglesia y que la empleen para el progreso de la sociedad.

El principal arquitecto de la Doctrina social, el Papa León XIII a finales del siglo XIX, ante la lacerante pobreza que sufrían los obreros de la industria europea, provocada por el injusto sistema capitalista, propuso una Doctrina social nueva fundada en el respeto del hombre, en la dignidad del hombre y en el compromiso de la sociedad para luchar por el “bien común de la nación” (es decir, el derecho al progreso, a condiciones económicas justas, a la educación decente y a una vida familiar saludable).

El Papa Juan Pablo II, quien, al igual que su antecesor Paulo VI, enriqueció la Doctrina social de León XIII con nuevas encíclicas; Centésimus annus, 1991, Sollicitudo rei sociales, Laborem Exercens,  así como con su discurso pronunciado ante la Asamblea de Naciones Unidas en 1995, en el que habló de los derechos inalienables del hombre, que tienen por base la dignidad del hombre y los derechos universales de los pueblos y de las naciones.  Subrayó entonces que el “Dios común” de las naciones está vinculado ineludiblemente al Dios común de la familia humana y que el orden internacional se funda en la “particularidad y en la Universalidad.”  Toda nación tiene el derecho fundamental a existir, el derecho a su propio lenguaje y cultura… con la que el pueblo se expresa y expresa su soberanía espiritual… el derecho a la vida y vivir de acuerdo a sus tradiciones y a sus valores, con excepción de los que suprimen a las minorías.  El derecho a construir su propio futuro y al cuidado para una educación decente para la generación más joven.”  La sociedad internacional, dijo, se funda en la soberanía de todos los estados que la integran y un “orden internacional sólo se puede realizar si este garantiza la convivencia de los pueblos, guiado por la misma ley moral que guía la vida de todo ser humano, la cual debe regular las relaciones entre los estados.”  Esto es posible por la solidaridad como expresión de Cáritas para el hombre y la sociedad.

Este Papa dijo repetidas veces que la estabilidad de las naciones y la seguridad internacional estaban amenazadas, pero se tiene que rechazar la idea de que la guerra significa hacer justicia.  “La guerra es definitivamente el derrumbe del humanismo; siempre es un fracaso del hombre.  ¡Nunca los unos contra los otros, nunca más, nunca!” dijo en su discurso ante Naciones Unidas en octubre de 1995. “Por lo tanto, el nuevo nombre de la paz es el progreso.  En tanto haya la responsabilidad común de evitar la guerra, existirá la responsabilidad de promover el progreso.”

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