La Encíclica no puede limitarse a buenas intenciones; se necesita cambiar el modo de producción con nuevas tecnologías.

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Nino Galloni*

La encíclica del papa Francisco  Laudato si, sobre el medio ambiente merece estudio y profundización. En ella, el Pontífice resalta la esquizofrenia de nuestros sistemas, por un lado, capaces de producir mucho más de lo que es necesario para los que están insertados en ellos, por el otro, miles de millones de seres humanos siguen precariamente sobreviviendo, en la indigencia.

Volveremos al tema más adelante. Aquí está el problema: que nuestros modelos están todos basados en lo efímero, en los residuos y en el consumo innecesario (si no perjudicial), es verdadero – pero ¿cuál es el modelo alternativo?

Entonces, eliminemos lo innecesario y redistribuyamos lo superfluo (la parábola del hombre rico) ¡Listo, tenemos ahí un modelo de decrecimiento! Parece una receta de felicidad, pero no lo es: de hecho, para que sea sustentable y no irreal, el modelo de decrecimiento requiere una reducción de la población mayor que el de la producción. Así, no se puede implantar un decrecimiento económico sin defender una reducción de la población.

La solución propuesta por la Encíclica es distribuir equitativamente los recursos. Para compatibilizar la lógica analítica del decrecimiento (cuya crítica al sistema creo que sea  compartida por el papa Francisco) y de la negación del declive demográfico, es necesario que se proponga un modelo en el que aquellos que tengan más sean privados de una parte, para que todos tengan lo suficiente.

El mundo nunca fue así: como en las primeras democracias del siglo pasado, la escasez –en el pasado, verdadera, actualmente, artificial –indicaba una distribución desigual de los recursos y de los ingresos, porque solamente los ricos tendrían condiciones de hacer las inversiones necesarias para la sobrevivencia de toda la sociedad. Sin embargo, con los regímenes democráticos –abandonados hace cerca de treinta años- hay una tendencia a un crecimiento general, que benefició a las clases inferiores, promoviendo a la clase media y contentando a los ricos.

Lo mismo es válido, en la Encíclica, en la perspectiva de los recursos estratégicos, principalmente, el agua: no nos demos prisa con proyectos de desarrollo para aumentar la capacidad actual de desalinización, captación de agua del derretimiento de los glaciares o un curso diferente del río Nilo, -para citar algunos ejemplos posibles  aprovechando las actuales capacidades tecnológicas-   sino solamente aceptemos una distribución más equitativa de los recursos.

Donde el progreso tecnológico no ha dado una respuesta al problema es en la protección de la biodiversidad /cap. 1, #33), la mención de la Cuenca del Congo (#39) nos permite profundizar el razonamiento.

Los congoleses, a pesar de las guerras, genocidio, enfermedades y miseria, han aumentado en número; consecuentemente, su pobreza ha sido multiplicada numéricamente, provocando la  extinción de la mayor parte de la fauna local. La miseria, acompañada por el crecimiento demográfico, provoca efectos catastróficos sobre el medio ambiente y la diversidad, que solamente pueden ser evitados con el aumento de la intensidad de los flujos energéticos y el desarrollo tecnológico.

Una pequeña comunidad puede sobrevivir en un territorio dado, de leña y caza, mientras su número no comprometa el equilibrio. Con el aumento de la población, es necesario cambiar el modelo, intensificar el flujo energético y cambiar las técnicas de producción. No hay la necesidad de reducir el consumo individual de recursos, si la población crece; es necesario reducir la cantidad de ellos por unidad de producto –exactamente lo que la tecnología –léase la inteligencia humana, es capaz de garantizar.

Entonces repasando el capítulo II de la Encíclica, no basta resaltar que el hombre no tiene el derecho de destruir la naturaleza, ni apelar para el sentido de responsabilidad (dos cosas sacrosantas, está claro), pero también es necesario aceptar la idea de que el hombre puede transformar la naturaleza e intervenir en ella: en caso contrario, no es posible –si no marginalmente- que un menor uso de recursos sea suficiente en un contexto de crecimiento demográfico.

La Encíclica parece temer a la tecnología y a la transformación de la naturaleza (razonable, parcial, etc.) a juzgar por la tesis de la Pontificia Congregación Justicia y Paz, expuesta en el capítulo III, al final del parágrafo 106, según la cual “no hay energía ilimitada”. Al contrario, nuevas tecnologías ya están en condición de proveerla a costo cero. Pero el problema es que, siendo así, no será realizado por las grandes multinacionales.

¿Para qué producir sin ganancias? Entonces, el gran ausente de la Encíclica es un modelo capitalista basado en la industria pública o modelo no capitalista.

Por otro lado, cuando el texto niega el antropocentrismo, no entiendo cuál es la centralidad del hombre, expuesto en la constitución apostólica “Gaudium et Spes”, oportunamente citada en el parágrafo 127.

Los últimos tres capítulos son exhortaciones, principios sólidos, llamados al bien común, al  sentido de solidaridad entre las generaciones y para con los migrantes. Todos son puntos que compartimos, es importante reiterar, pero cuyas evidentes negaciones se derivan del tipo de modelo económico que, en las últimas tres décadas, han marginalizado la economía real para dar lugar a formas de financierización crecientemente devastadoras, si no delirantes.

Por lo tanto, dado que la Encíclica  comparte esta crítica, visto que fue más allá de los límites de mero posicionamiento pastoral (una cosa buena, en verdad buenísima, que denota la gravedad de la situación moral y social en que nos encontramos), ¿porqué no completar la tarea, no limitándose a aprobar comportamientos deseables, sino moviéndose rumbo a nuevos modelos?

El tema crítico del decrecimiento es interesante, pero no es compatible con nuestra teología, en lo tocante a la dinámica demográfica. Lo que hace sentido es una visión adecuada del progreso tecnológico, que minimice la cantidad de elementos contaminantes y recursos no renovables por unidad de producción, en lugar de una mera referencia a la economía y a una distribución equitativa.

*Economista. Artículo originalmente publicado en el sitio Il Domani d’Italia, el 22 de junio.

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