En Francia existe otra oportunidad para eliminar el absolutismo del mercado

De los cinco países de la Unión Europea (UE) donde hubo elecciones el comienzo de mayo, Francia es el que presenta un mayor impacto potencial en la evolución del escenario global, en el futuro inmediato. Y no porque el presidente electo Francois Hollande sea un estadista consumado (en verdad, está lejos de esto), sino por las circunstancias en que sustituirá a Nicolas Sarkozy en el mando del Elíseo, teniendo en sus manos la posibilidad -abandonada por su antecesor- de poner el gran peso específico de su país al frente de una “revolución” para acabar con el absolutismo de los mercados financieros en la formulación de políticas.

De hecho, como observaron varios comentaristas, más que Hollande fuera el vencedor en las elecciones, fue Sarkozy quien las perdió, al renunciar a la oportunidad de ejercer un papel verdaderamente histórico en su mandato.

Sarkozy fue uno de los primeros jefes de Estado en impulsar la imperiosa necesidad de una reforma financiera global y apuntó el dedo hacia los paraísos fiscales como agravantes de la crisis financiera. A propósito, es oportuno recordar su discurso de toma de posesión, que contenía las siguientes consideraciones:

“Quiero decir a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo esto es necesario y es posible. Pero no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada unió pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y de cada uno sea reconocida y respetada”.

Para infortunio de Francia y del mundo civilizado, Sarkozy terminó dando la razón a los que lo consideraban un norteamericanófilo, al acomodarse en la posición de junior partner de la agenda hegemónica anglo-americana. Así, su principal iniciativa en el ámbito internacional fue asumir el liderazgo de la desastrosa intervención militar en Libia, junto con el Reino Unido de David Cameron, al frente de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a cuya estructura de comando Francia retornó en su mandato.

Además, en otras oportunidades, colocó a Francia en el remolque de la agenda hegemónica del eje anglo-americano, como la incesante acometida contra el programa nuclear iraní y en las presiones contra el régimen de Bashar al-Assad, en Siria. Sumados a la pasividad ante los problemas socioeconómicos internos, causados por la recesión y la crisis del euro, tales factores contribuyeron en mucho a su desgaste político, además de retirarle la posibilidad de ejercer un liderazgo internacional efectivo en medio de las turbulencias de la crisis global.

Si tiene un entendimiento profundo de la nación francesa Hollande podrá retomar con sus propias especificidades la agenda abandonada por Sarkozy, que en realidad se sintetizarían en caminar hacia una nueva economía interna y externa, y recuperar la independencia en la política exterior francesa. En esto cabe destacar una aproximación estratégica con la Federación Rusa, para empezar a pavimentar el camino de un entendimiento ruso-europeo orientado hacia el desarrollo de Euroasia. Sin menospreciar un acercamiento consistente con el bloque BRICS, lo que podría ser fundamental para aflojar los lazos de la hegemonía anglo-americana en Europa. Si, junto con esto, adopta una actitud cooperativa en relación a Irán, contribuiría sobremanera a la reducción de las tensiones en el escenario mundial.

Por lo pronto los escribas del “establishment” oligárquico, ya anticipan lo que les molesta de Hollande.

El editor emérito de la agencia UPI, Martin Walker, le dedico una acre columna el 7 de mayo pasado:

“Ningún presidente de un país importante se eligió jamás con tan poca experiencia de gobierno. Un asesor informal de la maquinaria del partido socialista, Hollande nunca fue ministro y nunca dirigió nada, excepto la presidencia del consejo administrativo de Correze, el departamento más corrupto y endeudado de Francia.

“Hollande casi no habla inglés y tiene poca experiencia en los altos niveles de la política internacional. La canciller alemana Angela Merkel se ofreció a hacer campaña por Sarkozy, contra el. El premier británico David Cameron estaba ocupado cuando Hollande visitó Londres. El presidente norteamericano Barack Obama quien se reunirá por primera vez con Hollande en la cumbre de la OTAN en Chicago, este mes, se encuentra en la antesala de un encuentro difícil, ya que Hollande se comprometió a retirar todas las tropas francesas de Afganistán hacia finales de este año.

“En Europa, Hollande amenaza ser una figura divisora, después de prometer retar el pacto de responsabilidad fiscal que Merkel impuso a los socios de la zona del euro, como precio del apoyo alemán en la crisis del euro. Hollande quiere que el pacto de austeridad encabezado por los alemanes sea suavizado con el nuevo compromiso de enfocarse a la restauración del crecimiento”.

No hay solución “europea”

Por otro lado, se manifiesta una falsa selección de opciones, entre lo que sería la agenda de austeridad fiscal defendida por la Alemania de Angela Merkel y soluciones de ropaje keynesiano, involucrando nuevos gastos públicos y medidas del género, como las propuestas por Paul Krugman y otros economistas críticos de los excesos resultantes de la desregulación de los mercados financieros. Ni el problema central es europeo, ni, tampoco, habrá alguna solución exclusivamente continental al compás de espera que amenaza la zona del euro. La cuestión se remite a la propia estructura del sistema financiero y monetario internacional, en su actual forma: si no se reforma, reestructurándolo y reorientándolo hacia el papel tradicional de apoyo a la economía real, no hay posibilidad de una solución positiva posible para la crisis -excepto, su profundización, quizá, acompañado por un conflicto armado de grandes proporciones.

Sin una reforma financiera en regla, que encuadre los flujos financieros transfronterizos y los obligue a reorientarse hacia las inversiones y actividades productivas (incluida aquí una seria limitación al funcionamiento de los paraísos fiscales), y la comprensión de que el mundo necesita de la apertura de nuevos espacios económicos, compatibles con el surgimiento de nuevos protagonistas en el escenario global y las aspiraciones de progreso social de la mitad inferior de la población mundial, no podrá haber soluciones duraderas y constructivas para la crisis, tan solo paliativos de efectos limitados -que solamente podrán retrasar una implosión final de un sistema cuya disfuncionalidad no necesita de nuevas evidencias.

Estos nuevos espacios están representados, principalmente, por la masa continental euroasiática, el continente africano e Iberoamérica, en especial, América del Sur. Con los instrumentos crediticios adecuados, una arquitectura institucional favorable y un ambiente internacional más orientado hacia la cooperación que por las confrontaciones hegemónicas, el pleno desarrollo de etas vastas regiones ofrece a la economía mundial una perspectiva de recuperación mucho más concreta de lo que cualquier agenda que contemple solamente el tradicional recetario prevaleciente de los “negocios como siempre”. Por si las dudas, la referencia al New Deal de Roosevelt es recurrente entre los proponentes de caminos alternativos para la superación de la crisis, como lo ha sugerido, entre otros, la nueva figura ascendente de la política griega, el líder del bloque de izquierda Syriza, Alexis Tsipas, quien ya despunta como el enfant terrible de las huestes “antiausteridad”.

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