El TLCAN recargado con gas mexicano

Tan luego como el sumiso gobierno de Enrique Peña Nieto consiguió la privatización de los recursos energéticos de México, sus controladores corren para administrarlos. El año comenzó con el anuncio de que la reunión que sostendrán el próximo mes de febrero en México, el presidente norteamericano Barack Obama, el premier canadiense Stephen Harper y el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, será la plataforma de relanzamiento del “North American Free Trade Agreement” (NAFTA-TLCAN).

Según el subsecretario para América del Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SER) de México, Sergio Alcocer, durante el encuentro, se planteará la posibilidad de articular la exploración del gas que tienen los tres países y que, en conjunto, representa la mayor reserva del mundo. Canadá tiene avances en recursos no-convencionales en arenas, Estados Unidos en gas y PEMEX tiene yacimientos someros carbonatados; todo esto combinado ofrecerá ventajas comparativas frente a otras regiones, según el funcionario de la cancillería mexicana.

Por otra parte, en un informe presentado por Francisco de Rosenzweig, subsecretario de comercio exterior de la Secretaría de Economía (SE) de México, se afirma que en el acuerdo transpacífico de cooperación, PEMEX y la Comisión Federal de Electricidad (CFE) se verán obligadas a transparentar su operación y que los EUA pretenden que las empresas estatales compitan con las privadas sin que las primeras obtengan beneficios como subsidios. El informe dice que habrá plenas garantías de que la apertura comercial acompañada de libre competencia propicie un funcionamiento eficiente de los mercados. Esto “comprenderá las operaciones de las empresas comerciales del Estado de las partes a fin de que no distorsionen la competencia”, asevera.

Con esto se hace realidad una antigua ambición neocolonial que la oligarquía rentista internacional maquinaba desde la década de los 1970s. En ese entonces, el presidente norteamericano James Earl Carter (1977-1981) fue el vocero visible de las presiones para el establecimiento de un Mercado Común Energético, idea que fue valientemente rechazada por el presidente José López Portillo (1976-1982), quien en lugar de aceptarla, propuso que el petróleo mexicano se utilizaría como palanca del desarrollo industrial y tecnológico soberano del país.

La ofensiva para lograr que los energéticos mexicanos fueran engullidos por las políticas del nuevo orden mundial oligarca no cejaron, pero ni siquiera en las entreguistas negociaciones del NAFTA se había logrado abrir el sector energético. En el NAFTA que entró en vigor hace veinte años México había preservado el carácter estratégico del sector energético, el derecho exclusivo en la inversión en la industria petrolera, en las actividades que la componen y en el comercio de los bienes reservados al Estado.

Más tarde la ofensiva fue retomada en el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) que intentó extender a todo el continente el tipo de acuerdos de libre comercio firmados entre México, EU y Canadá, el natimuerto ALCA que también contemplaba el lado energético. Aunque la pieza que faltaba para cristalizar la ambición tardo algunas décadas en aparecer, finalmente asomó la cabeza, en el momento exacto en que el control de los recursos energéticos de Iberoamérica se ha convertido en el centro de contienda de la guerra de recursos que el poder mundial traba globalmente.

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