El papa Francisco, la hora de la integración iberoamericana

Cuando el colegio cardenalicio el pasado 13 de marzo anunció que el cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, había sido elegido el nuevo Papa recibimos la noticia gratamente sorprendidos. Sin pretender confinar la importancia del papado de Francisco a una región del mundo -el Papa venido del “fin del mundo”, según sus propias palabras- para nuestro continente el significado es sobresaliente porque pese a su lentitud y tropiezos la integración iberoamericana está en la orden del día.

Si bien integrar nuestras naciones ha sido una aspiración histórica, claramente truncada por factores externos e internos, no cabe duda que nos encontramos en el umbral de un cambio, en el que Iberoamérica unida puede protagonizar una transformación de repercusiones universales. En el entendido de que el papa Francisco se ha referido positivamente a este momento que dio sus primeros pasos en América del Sur, se abre un periodo en el que un aliado natural ayudaría a proyectar aquella aspiración.

En 2005, el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en el prologo de la edición argentina del extraordinario estudio “Una apuesta por América Latina” del intelectual uruguayo Dr. Guzmán Carriquiry, publicado cuando su autor ocupaba el cargo de subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos, afirmaba:

“Esta es una hora para educadores y constructores. No podemos seguir empantanados en el lamento, las letanías de denuncias, los círculos viciosos de resentimientos y crispaciones y la confrontación permanente (…) En las próximas dos décadas América Latina se jugará el protagonismo en las grandes batallas que se perfilan en el siglo XXI y su lugar en el nuevo orden mundial en ciernes”.

“Ante todo, se trata de recorrer las vías de la integración hacia la configuración de la Unión Sudamericana y la Patria Grande Latinoamericana. Solos, separados, contamos muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos y dependientes de los grandes poderes mundiales. ‘Es grave responsabilidad -afirmaba el papa Juan Pablo II en el discurso de inauguración de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Santo Domingo (1992) favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia'”. Sobre esta vía maestra, y además por ser “extremos Occidente”, por católica, por región emergente y por constituir como una “clase media” entre las naciones en el orden mundial, América Latina puede y tiene que confrontarse, desde sus propios intereses e ideales, con las exigencias y retos de la globalización y los nuevos escenarios de la dramática convivencia mundial”.

No quiere decir que la Iglesia Católica descubra en el papa Francisco la integración del continente. Su realización ha estado presente desde 1968 por el papa Paulo VI, cuando se refirió a que constituíamos “El continente de la esperanza”, lo que sí es actual es la combinación de varios procesos que la tornan más factible que nunca.

En la crisis sistémica prolongada producto del reinado de la usura neo liberal, los gobiernos que dominan el orden mundial vigente, no presentan alternativas viables y justas para modificarlo, a no ser paliativos. Y lo que es peor, nuestra región es nuevamente sometida a aventuras neocoloniales, considerándonos una reserva de recursos naturales. Al mismo tiempo, los valores morales y espirituales de la especie humana se resquebrajan, lo que oscurece aun más el encuentro de soluciones esenciales. La herencia cultural común a Iberoamérica sufre un embate cotidiano, forzando su negación.

Para integrarnos, necesitamos que la empresa sea en sus fundamentos, no contra ellos, con un sistema económico y social original donde las naciones y los individuos hallen claramente vinculado su destino a dar testimonio de una “novísima civilización cristiana”.

Todo indica que el papa Francisco capta que este momento singular será de unidad, pero a partir de las raíces:

“Pueblos que viven un presente que les exige compromiso con el pasado y el futuro: un pasado recibido para hacerlo crecer y transmitirlo a los que nos sucederán. (…) hacerse cargo de él es hacer patria, lo cual es algo muy distinto que construir un país o configurar una nación. Un país es el espacio geográfico, la nación la constituye el andamiaje institucional. La patria, en cambio es lo recibido de los padres y lo que hemos de entregar a los hijos. Un país puede ser mutilado, la nación puede transformarse (en las posguerras del siglo XX hemos visto tantos ejemplos de esto) pero la patria o mantiene su ser fundante o muere”. Dijo el hoy papa Francisco al escribir el prologo de otro libro del Dr. Guzmán Carriquiry, titulado “El bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos” (2011)

El Dr. Carriquiry es el actual secretario de la Pontificia Comisión para América Latina del Vaticano.

“Patria necesariamente entraña una tensión entre la realidad del pasado, el compromiso con la realidad del presente y la utopía que proyecta hacia el futuro. Y esa tensión es concreta, no sufre intervenciones extrañas, no se extrapola en la confusión de la realidad presente con la memoria y la utopía engendrando fugas ideológicas esencialmente infecundas”.

En la conclusión de este prologo, desde luego, no podía quedar de fuera la trascendental figura de la virgen de Guadalupe, donde los iberoamericanos nos reconocemos. Felicita al autor del libro, “Tiene coraje de mirar hacia atrás y más allá, hacia la promesa de ese mestizaje cultural proféticamente plasmado en el rostro aindiado de una Madre embarazada y en su confortante mensaje de vida promisoria hacia el futuro: ¿”Acaso no estoy yo aquí que soy tú madre?”.

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