El nuevo mundo del Papa Francisco

La Exhortación Apostólica,  Evangelli Gaudium, “La Alegría del Evangelio”  del papa Francisco, vista en su conjunto, es un camino de cambios fundamentales, que el Pontífice nos apremia a realizar. El programa de un pontificado, que en sí mismo ya  anido un hecho nuevo en la historia, – el que vino del “último rincón del mundo”-, contiene ideas fuertes e intrépidas que refrescan la atmósfera del mundo contemporáneo, cargada del sopor  que esparce,  por un lado, el secularismo radical que  maniobra para ignorar la presencia de Dios en la historia, y por el otro, cierto engranaje oxidado de la jerarquía eclesiástica que se acomoda a las circunstancias y por eso  pierde el sabor de su misión evangelizadora. La Exhortación es una iniciativa para la paz mundial, la justicia económica, el respeto de la vida y de la dignan del hombre, y la restructuración de la política.

Los cinco capítulos de la obra son dinámicos ya que en ellos se enfatizan las consecuencias prácticas que conlleva la aceptación del Evangelio, “la salida del sí hacia el hermano”: este es su llamado universal. Para la vida interna de la jerarquía, el Papa enumera las grandes tentaciones  que la paralizan y ahogan el “fervor y la audacia” para aceptar el entusiasmo misionero y la alegría evangelizadora. Una de las más graves es la “conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre”. Ser de aquellos que “se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando”. (96)

Y no es menos severo lo que le dice a este pueblo de Dios, a los laicos católicos y a las personas de buena voluntad, sin sectarismos, ni ideologías, “no separar de antemano el trigo de la cizaña”, afirma, para que se animen a tomar acciones prácticas que vivificará su espíritu en la medida en que coadyuven a derrotar la “globalización de la indiferencia”.

Desde las primeras páginas, el papa Francisco no se anda por las ramas para ubicar la inequidad social que ha producido el sistema financiero, que adora el dinero: “ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas,   en la mano invisible del mercado. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”. (204)

Lo que Dios y el mundo del bien común espera de nosotros, dice,  “no es la suma de pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados lo cual podría constituir una caridad a la carta, una serie de acciones tendientes sólo a tranquilizar la propia conciencia”. De lo que se trata, enfatiza, es: “Leyendo las escrituras queda por demás claro que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación con Dios” existen consecuencias sociales del Evangelio.   Por eso, “no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado, y que está sólo  para preparar las almas para el cielo… Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra”. (180)

Inclusión social y paz mundial

En la “Ineludible dimensión social del anuncio del Evangelio”, para el papa existen dos problemáticas  que ameritan ser resueltas con urgencia, las cuales representan síntesis de un proceso de inequidad en el mundo: la inclusión social de los pobres y la paz y el diálogo social. En este contexto,  la “Alegría del Evangelio”,  regresa al significado original de dos términos que en el mundo contemporáneo han desatado un activismo tenso,  pero que son fundamentales para la construcción de la nueva sociedad: solidaridad y pobres.

Sobre la solidaridad, aunque se confunde, “con algunos actos esporádicos de generosidad”. En realidad, su verdadero significado  “supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad de  prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos”.   Y agrega, “la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces.” (188)

Aclarando, también el significado de la opción por los pobres, el Papa, enfatiza que, pobres, es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. “Quiero una Iglesia pobre para los pobres”

Política, economía  y nuevas convicciones

La necesidad de generar nuevas convicciones nos lleva de inmediato al campo de la Política. El papa Francisco, ha insistido en la obligación de reestructurar la actividad política, entendida como una de las formas superiores de caridad. Ese fue uno de los temas que abordó en las Jornada Mundial de la Juventud, Rio de Janeiro en 2013, efectuada a pocos meses de haber iniciado su Pontificado.

Y en “la Alegría del Evangelio”, lo retoma. “La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica pero a veces parecen sólo apéndices desde fuera para completar un discurso político. ¡Cuantas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes del trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige compromiso con la justicia”. (161)

“¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!  ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social”. (205)

Algo de  teología para la ciencia política

Una de las partes más innovadoras, es la metodología que el Papa propone para crear nuevas sociedades y un sistema diferente de convivencia internacional, son directrices que parten del compromiso de aceptar y crear esas convicciones que deberán  moldear la personalidad de líderes distintos.

Son cuatro principios relacionados con las tensiones bipolares contemporáneas.  El primero, insta a realizar acciones culminantes, sin desesperarse en el inmediatismo pragmático: “A veces me pregunto quienes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por  obtener resultados inmediatos que producen un retorno político, fácil, rápido y efímero”. (224)

El segundo, aceptar la comunión en las diferencias:

“La unidad es superior al conflicto. La solidaridad entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna”. (228). El tercero es aceptar que para actuar la realidad es más  importante que la idea antepuesta que puede paralizar las iniciativas.

Y el cuarto, es aquel que exige la sabiduría para crear ideas, fuera de los dos polos que nos atan al mundo de la cruenta globalización y que los expertos en ingeniería social manipulan, manteniendo en una punta la tentación de un gobierno mundial, que anula la soberanía y las diferencias culturales y por la otra, un particularismo fragmentario de lo primordial. “La Alegría del Evangelio”,  se nos presenta,  precisamente, como esa fuente de nuevas semillas para hacer fructificar una cultura del encuentro y del diálogo.

“Entre la globalización y la localización también se produce una tensión. Hace falta prestar atención a lo global para no caer en mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante, miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo, que es de otros (…); otro que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites”. (234)

“El todo es más que la parte, y también es más que la suma de ellas…. No es ni la esfera global que anula, ni la parcialidad aislada que esteriliza. El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro que refleja la confluencia de todas las parcialidades… Allí entran los pobres con su cultura, sus proyectos y sus propias potencialidades”. (236)

 

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