El fin del imperio genera una fábrica de locuras

Ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y, mientras tu estudias esa realidad… nosotros actuamos nuevamente, creando otras realidades nuevas, que también puedes estudiar, y es así como se resolverán las cosas. Nosotros somos actores de la Historia … y ustedes, todos ustedes, tan sólo podrán estudiar lo que nosotros hacemos.”

Esta declaración tiene pocos rivales en materia de arrogancia y embriaguez de poder. Su autor fue el entonces estratega político del presidente George W. Bush, Karl Rove, en una entrevista con el periodista Ron Suskind, del New York Times, en octubre de 2004, en el auge de la influencia y del poderío de los “neoconservadores,” tal vez la más belicosa de las camarillas que integran el establishment oligárquico anglo-americano.

Por aquel entonces los “neocons” habían conseguido despachar las fuerzas militares de Estados Unidos, de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y de la coalición de los países “dispuestos” a Afganistán y a Irak, todo inscrito dentro de la “Guerra al terror,” con la cual esperaban consolidar su hegemonía imperial en el escenario de la post Guerra Fría.

Casi una década después de hacer esta declaración, a su autor le va de lujo, separado del poder, pero ofreciendo sus dispendiosos servicios de analista político y de contribuyente ocasional en los órganos mediáticos que representan la esencia de la ideología “neoconservadora,” como el Wall Street Journal, la revista Newsweek y la cadena de televisión Fox News. No obstante, el proyecto imperial al que Rove se refería con tanta convicción parece que no sirvió debido al efecto combinado de varios factores: la inviabilidad de la extensión del poderío militar estadounidense, del deterioro causado por la “globalización” financiera a la economía y a la sociedad y de la aparición o reaparición de potencias regionales poco propensas a aceptar un mundo unipolar con capital en Washington.

A pesar de esto, como es común entre los imperios cercanos a su fin, los herederos de los “neocons” en Washington y en la capitales europeas entrelazadas a su proyecto imperial disponen todavía de una enorme capacidad de producción de daños, no sólo a los pueblos y a los países que están en sus planes de intervención, sino a sus mismas sociedades, al imponerles los costos de tales aventuras; y al resto del planeta, en general, al retardar la llegada de las transformaciones del orden de poder mundial, para reorientarlo hacia un escenario en el que la cooperación entre las naciones para el progreso se sobreponga a las confrontaciones políticas, económicas y militares.

En lugar de aceptar la realidad de la incapacidad de imponer al resto del mundo su plan hegemónico fundado en el dominio de un sistema financiero convertido en un fin en sí mismo y de los flujos de recursos naturales, bajo el escudo del poderío militar de Estados Unidos y de sus asociados, tales grupos oligárquicos se aferran a conservarlo a toda costa, de ser preciso, con el fomento de conflictos de todo orden, en zonas de su interés estratégico, como el Gran Medio Oriente o el entorno de la Federación Rusa (véase el conflicto actual en Ucrania). Los resultados han sido feroces y sangrientas guerras civiles, en las que los componentes étnico-religiosos se han exacerbado al extremo, con lo que se han creado escenarios que recuerdan las devastadoras guerras religiosas de la Europa del siglo XVII, como la Guerra de los 30 años.

Si a alguien le parece exagerada la comparación, basta con revisar los relatos de los furiosos ataques de las fuerzas militares y paramilitares ucranianas, inclusive con la aviación y artillería pesada contra las ciudades del Este del país, que se declararon en insurgencia contra el gobierno de Kiev luego del derrocamiento del presidente Viktor Yanukovich, en marzo pasado. O la sorprendente y sangrienta embestida del Estado Islámico de Irak y de Levante (ISIL o ISIS, por sus siglas en inglés), que acaba de proclamar el establecimiento de un nuevo califato sunita en el noroeste de Irak y en el noreste de Siria, encabezado por su siniestro líder, que se presenta con el seductor nombre de AbuBakr al- Baghdadi (Abu Bakr de Bagdá, Abu Bakr fue uno de los suegros del profeta Maoma y el primer califa de la variante sunita del islamismo.

En ambos casos, los conflictos están generando atrocidades por la intolerancia con las diferencias étnicas y religiosas: en Ucrania, con la participación de organizaciones políticas y paramilitares de orientación abiertamente neonazis; en Irak y Siria, la amenaza de convertir la región entera en un vasto caldero hirviente de embates entre sunitas y chiitas, curdos y otros grupos de los que componen las poblaciones locales. Un escenario que remite a las barbaridades de las Guerra de los 30 años, culminada, significativamente, con el histórico Tratado de Westfalia, en 1648, en el que se establecieron las prerrogativas de los estados nacionales soberanos como los pilares de las relaciones entre pueblos y países.

Por desgracia, la política exterior del gobierno del presidente Barack Obama está dominada por férreos representantes de la facción “neoconservadora,” la que ha impedido la adopción de toda iniciativa constructiva que pudiera representar un alivio para las tensiones en la zonas que sufren la conflagración. En Ucrania, con la insistencia de responsabilizar a la Federación Rusa de Vladimir Putin de la insurgencia del Este y del Sur del país, con los que mantienen la amenaza de las sanciones contra Moscú y el respaldo a las agresiones militares de Kiev. En el Medio Oriente, aferrándose al plan original de los “neocons” contra el presidente Sirio, Bashar al-Assad, en lugar de considerarlo como un aliado en la lucha contra el ISIL. Semejante obstinación irracional es lo que explica el sorprendente pedido de Obama al Congreso, para liberar recursos por 500 millones de dólares de ayuda para los opositores “moderados” del régimen de Damasco -propuesta que fue materia de chistes en todo el Medio Oriente, con preguntas sobre dónde están los “moderados,” si el ISIL surgió precisamente de las filas de los yijadistas movilizados contra Assad.

Por otro lado, dentro del mismo establishment se escuchan voces disonantes de sectores que claramente consideran que la fábrica de locuras se tiene que cerrar, ya que su “producción” amenaza los intereses mismos de Estados Unidos. Una prueba de esto, es el artículo del presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), Leslie H. Gelb, en el New York Times del 1 de julio (“Irak no se debe fragmentar”), en el que critica la orientación de la Casa Blanca ante la amenaza del ISIL y propone una alianza internacional hasta hace poco impensable para detenerlo, en la que participarían Siria, Irán y Rusia. Al contrario de su colega del CFR Fareed Zakaria, para quien el estado iraquí ya pertenece al pasado (ver nota siguiente), Gelb propone un Estado federalizado como una posible opción a la división del país. Dice él:

“Permítanme ofrecer una estrategia que pone en primer lugar el combate de los yijadistas y promueve, después, el federalismo. La terea más urgente es evitar la ampliación de las conquistas del ISIS. Las fuerzas armadas de Irak, a pesar de su superioridad militar, no pueden hacerlo solas. Sencillamente no tienen el estómago para una lucha de estas. Deben contar con ayuda externa, y ya están recibiendo alguna, de Irán, y, ahora, de Rusia. (…)

“El siguiente paso de esta estrategia es poner al presidente Bashar al-Siria contra los yijadistas de Irak, una ofensiva que él inició por cuenta propia, la semana pasada, con ataques aéreos. Con esto se reconocería la realidad de Irak y de Siria como un único campo de batalla estratégico anti-yijadista. Sin embargo, en lugar de capitalizar los instintos anti-yijadistas del señor Assad, el equipo de Obama propone ahora lo que se ha resistido a hacer por casi tres años -enviar centenares de millones de dólares en armas a los rebeldes sunitas que están combatiendo el gobierno de Assad.

“Esto pone las prioridades estadounidenses al revés. Desviar al Sr. Assad de los yijadistas de Irak, para combatir los rebeldes respaldados por estadounidense en Siria.
La amenaza más grande para los intereses estadounidense en la región es el ISIS, no el Sr. Assad.

“Para combatir este enemigo, el Sr. Obama necesita llamar a los otros igualmente amenazados: Irán, Rusia, los chiitas y curdos iraquíes, Jordania, Turquía y, por encima de todos, el líder político con las mejores fuerzas armadas de la región, el Sr. Assad. Parte del acuerdo tendría que ser dejar al régimen sirio y a los rebeldes por su propia cuenta.”

Aunque no haga ninguna mención de Ucrania, donde la solución federalista pudiera ser un resultado aceptable para el conflicto, como ha insistido Rusia, la propuesta de Gelb sugiere una inclinación de algunas partes del establishment estadounidense a favor del entendimiento para hacer frente a las crisis que infestan el planeta, contrariamente a la mera tentativa de preservación del plan hegemónico.

Igualmente relevante fue el manifiesto conjunto de la Cámara de Comercio de Estados Unidos y de la Asociación Nacional de Manufactureros, publicado en el Wall Street Journal y en el New York Timesel 26 de junio, en el que se oponen a las sanciones adoptadas contra Rusia. Firmado respectivamente por los presidentes de las dos entidades, Thomas J. Donahue y Jay Timmons, el texto es conciso y directo:

“Con las tensiones mundiales en escalada, algunos legisladores estadounidenses están considerando un curso de sanciones que, como muestra la Historia, hieren los intereses estadounidenses. Nosotros estamos preocupados por actos que perjudiquen a los fabricantes estadounidenses y que costarían empleos estadounidenses. La solución a largo plazo más efectiva para ampliar la influencia mundial de Estados Unidos es reforzar nuestra capacidad de suministrar bienes y servicios al mundo, por medio de medidas a favor del comercio y de la diplomacia multilateral. La Historia muestra que las sanciones unilaterales no funcionan. El presidente (Ronald) Reagan reconoció esta realidad hace tres décadas, cuando suspendió el ineficaz embargo de granos a la Unión Soviética. El único efecto de tales sanciones es sacar a las compañías estadounidenses de marcados extranjeros y ceder oportunidades de negocios a firmas de otros países. Es hora de poner los empleos y el crecimiento estadounidense en primer lugar.”

El mero hecho de que dos entidades generalmente antagónicas -una promotora de las normas de libre comercio y la otra de doctrinas proteccionistas- hayan firmado un manifiesto conjunto es ya de por sí significativo. Si se agregan a esto las críticas al programa exterior unilateralista, da la impresión de que, efectivamente, crece la percepción, entre esos círculos de las élites estadounidense, de que la realidad se muestra cada vez más ajena a los delirios ideológicos de los adeptos a la hegemonía imperial. Al parecer, esos influyentes líderes empresariales se dieron cuenta de que es mucho mejor y más lucrativo hacer negocios productivos que guerras destructivas, y cultivar socios y clientes, en lugar de enemigos.





x

Check Also

Santa Sofia e Jerusalém, duas faces da mesma moeda do “choque das civilizações”

Em 10 de julho, o presidente turco Recep Erdogan anunciou em cadeia nacional de televisão ...