El dilema de México en la crisis internacional

El triunfo electoral del candidato del PRI a la presidencia de la República Mexicana, Enrique Peña Nieto, cuestionado de origen por la manera en cómo se fabricó una candidatura mediática y la cadena de irregularidades ocurridas durante su campaña, provocaron una onda de protestas masivas cuyo cuestionamiento rebasa la situación inmediata. En la heterogénea composición de la manifestación social aflora el dolor que han dejado casi tres décadas de sometimiento a graves injusticias económicas, sociales y políticas. De hecho, el cuadro político nacional es la expresión dramática de la bancarrota de las instituciones, las responsables de haber minado el sentido de justicia en la nación.

La problemática del país se inscribe en una coyuntura histórica amplia, un dilema que cuestiona el alma nacional. Por un lado, el país puede seguir la ruta de continuar con el anexionismo a los intereses estratégicos de Washington, puesta en marcha por el cuestionado presidente Carlos Salinas de Gortari, quien cegado por la promesa del presidente estadounidense George papi Bush (1989-1993), de que México en el TLCAN devendría en el mediador natural entre los EUA y el resto de los países iberoamericanos. Una Iberoamérica necesariamente doblegada al Acuerdo de Libre Comercia de las Américas (ALCA).

La realidad es que el espejismo vendido por el profesor de Harvard, Samuel Huntington, al prometedor alumno, Salinas de Gortari, a quien osó comparar con el gran reformador turco Mustafa Kemal Ataturk (1923-1993), hundió a México; y los Estados Unidos fracasaron en su intento de imponer el ALCA. El saldo para México no podía ser peor: quedó aislado y de remate sembró una tremenda desconfianza entre los países del Subcontinente.

Todavía más, el acuerdo del libre comercio que tanto dañó la estructura económica mexicana, se le revirtió a los cerebros del modelo neoliberal, y tuvo como consecuencia la emigración masiva de millones de mexicano hacia la nación americana buscando el sustento que se les impide encontrar en casa.

El caso más irónico fue el de Huntington, quién, enfurecido, gritó a todos los vientos hasta el final de su vida, que el fenómeno migratorio a sus ojos se había convertido en la mayor amenaza estratégica contra el sistema americano. Lo que más desestabilizó a la crema y nata de los WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant -Blanco, Anglo Sajón y Protestante) es que los migrantes rechazan el núcleo del ideario anglo-protestante; sus valores culturales continúan intactos en lo que se refiere a la solidaridad, al respeto a la vida y a la familia. Además, exaspera a los ideólogos del exclusivismo americano, que los migrantes gradualmente han ocupado el antiguo territorio que le pertenecía a México, el que fuera anexado con violencia por los Estados Unidos en guerras coloniales amparadas en las teorías racistas del Destino Manifiesto.

Esa población asimilada cada día más a la vida política de los Estados Unidos, puede ser portadora de un mensaje de civilización hacia los Estados Unidos, invitándolos a unirse a una política cooperativa en el Hemisferio Occidental, fuera de las barreras neocoloniales prevalecientes.

¿Utopía?

El otro camino que México puede transitar, es un retorno a su vocación histórica iberoamericana, evidentemente sin ignorar la realidad inexorable de su vecindad con los EUA y, en consecuencia, el grado de interdependencia que conlleva.

Es natural pensar esta segunda opción, que podría parecer una utopía, ante la probabilidad de que una gran crisis social reviente en los Estados Unidos a consecuencia de que su población también sufre los efectos de décadas de la voraz usura. El sueño americano que durante un buen lapso de tiempo significó para muchos la posibilidad de un progreso material se confronta ahora, bajo condiciones de severa crisis sistémica global, con un límite ineludible.

Por otro lado, los axiomas culturales de una sociedad muchas veces acostumbrada a resolver por la fuerzas los límites económicos, ve fracasar una y otra vez las aventuras militares de gobiernos republicanos o demócratas. El consumo de drogas en una sociedad que las devora como si de hamburguesas McDonald’s se tratara, no será suficiente para atenuar la insatisfacción social; tampoco los recursos ilegales alcanzaran para saciar un sistema bancario transformado en una lavandería para blanquear dinero procedente de todo tipo de actividades ilícitas.

En este contexto, la importancia de México no será despreciable en varios sentidos. Siendo el mayor contingente de la población hispana en los Estados Unidos y siendo ésta la mayor minoría, oficialmente más de 50 millones de habitantes (uno de cada seis norteamericanos tiene origen hispano), no está ajena al problema que conjuga las respectivas condiciones sociales infrahumanas, de México a Centroamérica. Esto que podemos caracterizar como la “carta cultural” de México y por herencia común la de Iberoamérica, conforma una esperanza sin parangón para, por decirlo así, apaciguar los bríos de una sociedad inclinada a la violencia, alimentada por creencias arraigadas en los “destinos manifiestos” fundamentalistas, de origen calvinista.

Integración con América del Sur ó Alianza del Pacífico

El dilema histórico de México se expresa hoy día entre avanzar con los acuerdos pospuestos de una alianza estratégica con Brasil y por extensión con el Mercosur, ó unirse a un nuevo intento de los Estados Unidos para imponer otra versión de la fracasada ALCA.

A su vez, tal disyuntiva también la confronta el Hemisferio en su conjunto. Por un lado, es clara la intención del “establishment” angloamericano para tratar de crear una fortaleza de libre comercio en el Hemisferio Occidental capaz de aminorar, tanto el impacto de la crisis sistémica global, como el retroceso estratégico militar de los Estados Unidos en el Medio Oriente y el Centro de Asia. En una reciente visita que hizo a Brasil, el secretario de la Defensa norteamericana, Leon Panneta, enumeró claramente las aéreas en que su país se concentrará para mantener la hegemonía, además del Hemisferio, “Vamos a reequilibrar nuestra posición global para dar más importancia al Pacífico Asiático y al Medio Oriente, reconociendo los muchos desafíos y oportunidades de esas regiones”.

En este contexto la Alianza del Pacifico, de México, Colombia, Perú y Chile, que cuenta con la enorme simpatía de los Estados Unidos tiende a debilitar el proceso de integración de América del Sur y el papel protagónico de Brasil.

Por otro lado, el bloque del Mercosur pasa por un momento de definición en el que se jugará modificar el acuerdo original de librecambio, para convertirlo en un verdadero acuerdo de integración física, orientado a la industrialización y el desarrollo soberano pleno. Urge hacer un cambio radical, antes de que la dinámica de la crisis sistémica internacional orille a sus integrantes a buscar acuerdos bilaterales dentro de los parámetros de la globalización financiera con Estados Unidos o China, pues entonces lo único que quedaría sería un bloque enterrado con el epitafio del librecambismo.

Existen indicadores de que la diplomacia brasileña de alguna manera entiende la conturbada situación hemisférica y en este sentido fueron significativas las palabras de la presidente Dilma Rousseff a Enrique Peña Nieto cuando se comunicó con él para reconocer su victoria electoral.

De acuerdo con el periódico brasileño Valor Econômico, en su edición restringida del 6 de julio, la Presidente Dilma fue más allá del frío protocolo diplomático. Así manifestó tener “prisa” en estrechar las relaciones bilaterales invitándolo a visitar Brasil antes de la fecha en que debiera asumir la Presidencia. La ocasión serviría para acelerar las negociaciones en torno de un acuerdo estratégico de integración económica entre ambos países. Tal acuerdo fue gestado en 2009 entre los entonces presidentes Lula da Silva y Felipe Calderón, pero pospuesto por México a causa de las negociaciones que mantenía con Perú y Colombia para concretar un acuerdo bilateral de libre comercio.

Aunque el acuerdo propuesto obedece a los parámetros del libre comercio, pudiera ser que tomara otro cauce frente a las presiones de las naciones de América del Sur para proteger sus economías, que de otro modo serán torpedeadas por el agravamiento de la crisis financiera mundial.

De ahí que el peso de la unión entre Brasil y México en un frente común preocupa a los voceros oficiosos del Departamento de Estado. En una columna del 6 de julio el periodista Andrés Oppenheimer lanzó la voz de alerta al describir sucintamente las dos líneas diplomáticas que Peña Nieto puede adoptar.

Visiblemente nervioso afirmó que, “durante la campaña, Peña Nieto dio pocas indicaciones de cuáles serán sus planes de política exterior”, pero agrega, “es probable que el Presidente electo mexicano, Enrique Peña Nieto, aumente el protagonismo de su país en Latinoamérica, en donde México ha sido totalmente eclipsado por Brasil en los últimos años. Eso está en el ADN de su Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó México durante gran parte del siglo pasado”.

”El gran interrogante es si Peña Nieto lo hará reforzando los vínculos de México con Brasil, Cuba y otros gobiernos de centro-izquierda de la región, o si -por el contrario- procurará desempeñar un rol de liderazgo en la recientemente constituida Alianza del Pacífico, formada por México, Colombia, Perú y Chile, que tiene vínculos comerciales más estrechos con Washington”, afirma.

Evidentemente Oppenheimer exige que México opte por la Alianza del Pacifico, hasta el momento concebida como una extensión del TLCAN.

Para respirar tranquilo, el vocero del programa del “establishment”, se refiere a apreciaciones que recibió de Emilio Lozoya, coordinador de relaciones internacionales de Peña Nieto. Según las palabras de Lozoya, “el presidente electo llevará a cabo una política exterior más moderna “, “esa política incluirá la expansión de la actual agenda con Estados Unidos, actualmente centrada en la guerra contra las drogas, para agregarle otros pilares tales como planes de desarrollo energético e infraestructura, incluyendo la inversión privada en el monopolio estatal petrolero Pemex”, señaló Lozoya.

“La presidenta del Comité de Relaciones Exteriores del Senado y ex Secretaria de Relaciones Exteriores Rosario Green dice que México no descuidará sus vínculos con Estados Unidos, indudablemente el mercado de exportación más importante para México”.
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“Si me preguntas cuáles serán probablemente su primera, segunda y tercera prioridad, yo diría que Estados Unidos, Centroamérica, y el Pacífico”, me dijo Green. “Es un hecho que el eje ha pasado del Atlántico al Pacífico, y que hay muchas cosas que podemos ganar si miramos hacia el este”.

Esta opción no es monolítica, ya que según Oppenheimer, en el PRI existe otro punto de vista:

“Pero algunos miembros del PRI ven las cosas de manera diferente, y dicen que Peña Nieto tiene un compromiso privado de designar (en la secretaria de Relaciones Exteriores) a la ex presidenta del PRI, Beatriz Paredes, que fue Embajadora en Cuba y que es una vigorosa defensora de un acercamiento mayor a Brasil y a otros países latinoamericanos de centro izquierda”, afirma el periodista.

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