¿Dónde está el incentivo a la ciencia en las emergencias globales reales?

La semana pasada, la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) de Estados Unidos anunció el paso del asteroide 2012 DA14 por la Tierra, previsto para el 15 de febrero, a la astronómicamente insignificante distancia de 27 mil kilómetros.

El asteroide, de 45 metros de diámetro y 130 toneladas, pasó, como estaba previsto, a 27 860 kilómetros de la Tierra, el viernes 15, cerca de 8 500 kilómetros debajo de las órbita de los 400 satélites geoestacionarios que rodean el planeta. Lo que nadie esperaba fue el meteoro que cayó, en los alrededores de la ciudad rusa de Chelyabinski, al este de los montes Urales, y generó una onda de choque que dejó más de 1 200 personas heridas, algunas de gravedad, la mayoría por astillas de vidrios quebrados, aunque el daño más grave fue la caída parcial del techo de una fábrica de cinc. El meteoro, que no tenía ninguna relación con el asteroide y medía unos 17 metros y pesaba 10 mil toneladas, estalló a una altitud de entre 25 y 30 kilómetros, pero si hubiese caído directamente sobre la ciudad, el impacto -estimado en el equivalente a una bomba atómica de 300 kilotones- habría causado daños gravísimos y, ciertamente, millares de víctimas, entre muertos y heridos. Si hubiese llegado a otra hora, podría haber caído en otras grandes ciudades a la misma latitud de Chelyabinsk, como Moscú, Belfast o Dublín.

La perplejidad causada por el incidente, exacerbada por las docenas de videos grabados por los habitantes de la ciudad, fue sintetizada por el vicesecretario ejecutivo de la Sociedad Astronómica Real (RAS) británica, Robert Massesy: “Estoy tratando de recordar alguna cosa en la historia registrada, en que ese número de personas haya sido herido indirectamente por un objeto como ese… es muy, pero muy raro que se tengan víctimas humanas (AFP, 15/02/2013).”

Aunque se estima que cerca de 80 toneladas de meteoritos caen diariamente sobre la Tierra, casi la totalidad de ellos es de dimensiones reducidas y se desintegran con la fricción causada por la entrada a la atmósfera. Y, hasta ahora, se contaban con los dedos de las manos las víctimas conocidas por caída de meteoritos. No obstante, la coincidencia de que dos cuerpos celestes de dimensiones considerables hayan llegado al planeta el mismo día y que además el meteoro no haya sido detectado antes, demuestra de forma inocultable la vulnerabilidad de la Humanidad frente tales fenómenos.

Es claro que el pensamiento utilitarista moderno, es incompatible con el establecimiento de una red de vigilancia cósmica que permita ampliar considerablemente los esfuerzos actuales para la ubicación de los que se han bautizado como Objetos Cercanos a la Tierra, los NEO (Near Earth Objects). El presupuesto de 2012 del programa NEO de la NASA no pasó de los 20 millones de dólares, equivalente a 0.5 por ciento del gasto total de la agencia, cuantía irrisoria para los requisitos de una iniciática de este género. Sólo para comparar, el telescopio de infrarrojo en órbita solar para la detección y medición de los NEO con una precisión de hasta 20 por ciento, propuesto por la NASA en 2007, costaría 500 millones de dólares -el valor de dos caza F-35 Lightning II, que todavía no entran en servicio efectivo y cuyo desarrollo ha enfrentado sucesivos atrasos y aumentos de costos.

Además, considerando que Estados Unidos ha demostrado una creciente inclinación hacia la privatización de su programa espacial, los proyectos sin ganancia económica visible tienden a enfrentar obstáculos cada vez mayores para dejar la plataforma de lanzamiento, aún cuando formen parte de esfuerzos de cooperación internacional, imprescindible para llevar a la práctica una iniciativa de este género.

De igual forma, el Panel Consultivo de la Misión para Objetos Cercanos a la Tierra de la Agencia Espacial Europea (ESA) sugirió en 2007 una misión espacial con el objetivo de lanzar un proyectil de 400 kilogramos contra un asteroide para la observación de resultados. El objeto, que costaría 400 millones de dólares (poco más del costo de cuatro cazas Eurofighter Typhoon), fue debidamente engavetado -claro, por falta de recursos.

En 2011, el gobierno de la Federación Rusa propuso a Estados Unidos un programa de cooperación con tal finalidad, la Defensa Estratégica de la Tierra, pero fue ignorado. El 16 de febrero, al comentar la caída del meteoro, el vice primer ministro Dimitri Rogozin, autor de la propuesta, reiteró: “He hablado sobre la necesidad de algún tipo de iniciativa internacional relacionada con el establecimiento de un mecanismo de alerta y prevención de aproximaciones peligrosas a la Tierra de objetos de origen extraterrestre. Ni Rusia no Estados Unidos tienen hoy la capacidad de desviar esos objetos (Interfax,16/02/2013).”

Rogozin recordó las reacciones negativas a la propuesta original, hecha cuando aún era representante ruso en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): “La respuesta fue el escepticismo: ‘Eso no puede suceder, porque puede que nunca suceda.’ Hubo un cierto escepticismo y muchos soltaron la carcajada.”

Otra amenaza mencionada en nuestra nota anterior es la de una mega tempestad solar, como la ocurrida en 1857, la más intensa jamás registrada, que provocó el surgimiento de auroras en latitudes como el Caribe y, durante un día entero, afecto gravemente el funcionamiento de las redes telegráficas -en aquel entonces, la única utilización de la electricidad a gran escala. Si un acontecimiento semejante ocurriese hoy, podría acarrear gravísimos problemas para las grandes redes de trasmisión intercomunicadas, el incendio de transformadores primarios y dejaría enormes regiones sin electricidad por días, semanas o hasta meses.

En 1989, una tempestad más bien débil provocó un apagón de 16 horas en la provincia canadiense de Quebec.

Dichos fenómenos se pueden detectar anticipadamente por medio de satélites especializados, incorporados a una red de alerta que trasmitiese la información captada pos los satélites y las evaluaciones inmediatas de los operadores de la red a las autoridades de países, regiones y hasta continentes enteros para permitirles tomar las precauciones necesarias -esencialmente, desconectar los transformadores primarios de las redes de transmisión de electricidad, para evitar que sean dañados por las sobrecargas generadas por los intensos flujos de electrones provenientes del Sol.

Aunque existen algunos satélites capaces de detectar las explosiones solares, no hay una red de alerta internacional capaz de neutralizar o mitigar los efectos posibles de las de mayor intensidad. De nuevo, falta el compromiso y la cooperación internacional que está a la vista -al contrario de los que ocurre con el enfrentamiento de los pseudo problemas climáticos.

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