De Teherán al Cairo, camino para escapar del suicidio del Oriente Medio

Junto con los chinos, los persas y los egipcios representan las civilizaciones más longevas del planeta, con registros históricos que se remontan a miles de años. Una existencia tan prolongada es un testimonio de su habilidad para asegurar la supervivencia de sus sociedades y culturas, en una de las regiones más turbulentas del mundo. Por ello, no debería ser sorpresa que las dos mayores potencias musulmanas de Oriente Medio y de las regiones adyacentes comenzasen a entenderse, luego de décadas de ruptura política y animosidades, para realizar un esfuerzo conjunto capaz de separar la región del camino del virtual suicidio colectivo, catalizado en potencia por el plan belicista de Estados Unidos, sus escuderos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) e Israel. En el plan de Teherán y del Cairo, aunque las pautas más urgentes son la solución política del conflicto de Siria, también se contempla el esfuerzo para evitar que se profundice la división de chiitas y sunitas, las dos principales facciones musulmanas, de las que los dos países representan las mayores poblaciones -conflicto que se ha inflado en demasía para servir a los planes belicistas de las potencias occidentales.

Además de esto, una solución negociada para la crisis siria, que pueda evitar la probable fragmentación del complejo tejido étnico-religioso del país, será también, un alivio al virtual cerco que la Coalición liderada por los EUA le impone a Irán. Los estrategas de esa coalición no niegan que el derrumbe del régimen de Bashar al-Assad sería una forma indirecta de golpear a su aliado iraní -y, ni más ni menos, al grupo libanés Hisbolah, la bête noire de Tel Aviv.

En los días pasados, cuando gran parte de la atención se dirigía al debate sobre una invasión militar externa en Siria y las amenazas israelíes de atacar las instalaciones nucleares iraníes, Teherán y el Cairo desplegaron una activa diplomacia de bastidores, que puede contribuir considerablemente a reducir la concentración de gases explosivo en la atmósfera de la región.

El gobierno iraní promovió una reunión los días 9 y 10 de agosto en Teherán con representantes de 27 países en la que se analizó una solución para la crisis siria, en la cual los participantes manifestaron una enorme preocupación por la el plan de “cambio de gobierno” que promueve la coalición occidental. No obstante que Egipto no participó en la reunión, el encuentro contó con la presencia de enviados de Rusia, China, India, Paquistán y de Naciones Unidas. En la reunión se aprobó la sugerencia de establecer un grupo de comunicación que promueva el diálogo entre las partes en conflicto.

No obstante, en la reunión de la Organización de Cooperación Islámica (OCI), convocada por Arabia Saudita y realizada en la Meca los días 14 y 15 de agosto, los presidentes de Irán y de Egipto, Mahmoud Ajmadineyad y Mohamad Morsi respectivamente, demostraron un entendimiento, que se manifestó en la concordancia con la propuesta de crear un grupo de comunicación. En la reunión, Morsi propuso que el grupo estuviera formado por Arabia Saudita, Turquía, Irán y Egipto, sugerencia aceptada de inmediato por Ajmadineyad, aunque no por sauditas y turcos, que están unidos hasta con los lazos de sus turbantes con el apoyo a los insurgentes sirios. Hasta el momento no hay respuesta oficial de Jedá ni de Ankara (Indian Punchline, 18/08/2012).

Morsi confirmó su asistencia a la reunión cumbre del Movimiento de los No Alineados, que tendrá lugar en Teherán entre el 26 y 31 de agosto, en la que la crisis siria tendrá que ser uno de los temas principales.

El entendimiento egipcio-iraní, para el cual los dos países ya aceptaron reatar las relaciones diplomáticas, rotas hace tres décadas, es igualmente relevante para retirar el fermento de la parte saudita, toda vez que el régimen de Jeda viene sosteniendo un liderato autoproclamado sunita para la insidiosa confrontación interna con los chiitas (cuya posición fue reforzada por la consolidación del régimen chiita de Irak, enormemente influenciado por Irán, cortesía de la invasión estadounidense que derrocó el régimen secular sunita de Saddam Hussein).

Otro pretendido líder regional fracasado es la Turquía del Primer ministro Recep Tayyip Erdogan, que vio como sus pretensiones de liderato fueron echadas bajo la alfombra luego de su insidiosa participación en la embestida occidental contra el régimen de Muamar Kadafi, de Libia y, ahora, entierra de forma deplorable su decantada política de “cero problemas con los vecinos,” en la campaña contra Assad. En el futuro, si quisiera recuperar al menos en parte de una influencia que comenzaba a esbozarse (como quedó demostrado en la inusitada sociedad con Brasil para negociar un acuerdo atómico con Irán en 2010), los dirigentes de Ankara tendrán que reconsiderar su adhesión incondicional al plan occidental -hasta porque esta se muestra cada vez más desarticula y destructiva, inclusive para las mismas potencias de la OTAN.

Curiosamente, es posible que la iniciativa egipcio-iraní cuente con un respaldo indirecto de ciertos círculos del “establishment” de Washington, que se han empeñado en evitar un escenario bélico más intenso, por el recelo de las inevitables consecuencias de un conflicto regional generalizado sobre el ya tenso escenario estratégico-político y económico-financiero mundial. Una prueba de tal respaldo sería por ejemplo, el artículo del canciller iraní Ali Akbar Slehi, publicado por el Washington Post del 8 de agosto, en el cual elabora una propuesta concreta para detener el conflicto sirio. Es muy difícil que el periódico haya publicado el artículo sin el aval de sectores político estadounidenses. Si así fue, habrá sido una posibilidad razonable de que se evite un escenario de caos generalizado.

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