Con Thatcher muere el "Nicolae Ceausescu" de los neoliberales

El júbilo con el que miles de manifestantes recibieron la noticia de la muerte de la ex-primera ministra de Inglaterra, Margaret Thatcher, sería, para el genio penetrante de William Shakespeare, el argumento perfecto de una comedia trágica que retrataría el fin de una era, no sólo de Inglaterra, sino de toda la civilización occidental que embarcada en la nave de la filosofía utilitarista, se ahoga en las aguas turbulentas del egoísmo social radical.

El autor de Macbeth, Ricardo III y otras tragedias que dan testimonio de cruentas luchas políticas faccionales, nos ha enseñado que en la historia de Inglaterra, los cambios se producen con hechos pavorosos como la decapitación de monarcas; esta clase de bárbara justicia desencadenada por la mano del hombre, más tarde, se repitió también, por imitación o por un instinto desbocado, en otros episodios de la historia, por ejemplo, las muertes debajo de las guillotinas jacobinas o las ejecuciones perpetradas por los bolcheviques.

En el caso de la “Dama de Hierro” demente, las manifestaciones póstumas realizadas por los que interpelan la ortodoxia económica neoliberal que empuñó cual estandarte de guerra y sus indignas reformas sociales, marcan simbólicamente el final de lo que presumía ser el triunfo del estrecho interés particular sobre el Estado nacional soberano y los sistemas de seguridad social asociados al bienestar general de la población. El argumento descabellado de Thatcher, resucitó otro pensamiento igual de trastornado, el del pensador liberal holandés Bernardo Mandeville del siglo XVIII, quien en su famosa “Fábula de las abejas” aseguraba que la codicia, la envidia, la usura y el vicio de los individuos terminarían produciendo el bien común.

El edificio de argumentos, compartidos con sus socios norteamericanos, fue divulgado por las plumas pagadas de la oligarquía, con las facilidades que se obtienen en los medios de comunicación controlados por los centros del poder mundial. Entonces comenzó la desconstrucción de las instituciones del Estado nacional. Así, el capitalismo salvaje abría la temporada de privatizaciones ofrecidas para aminorar el efecto del endeudamiento provocado deliberadamente al final de la década de los 1970s.

Luego, la crisis de la deuda de 1982 en América Latina, -resuelta a favor del sistema financiero internacional-, trajo una epidemia de regímenes neoliberales asesorados por los economistas del thatcherismo que con sadismo prescribían las duras recetas ortodoxas para supuestamente sanar a los nuevos pacientes, cuyo resultado como se sabe fue lo contrario. Tras el desastre en la ejecución de esas políticas económicas encauzadas también mediante el FMI, hubo un cambio de regímenes, que llegaron al poder empujados por la necesidad de resolver tantas injusticias sociales creadas, no obstante, no abandonaron el recetario neoliberal.

Por ejemplo, es una ironía que el régimen militar argentino de 1976 que impuso una versión más radical del thacherismo aplicado más tarde en Inglaterra, haya ofrecido el pretexto perfecto para mantener en el poder a la ex primera ministra inglesa que ya se encontraba en franco desprestigio. La Guerra de las Malvinas no solo fortaleció y dio sobrevida política a Thatcher, sino también motivó un cambio radical en la política de seguridad hemisférica, gracias al apoyo militar del presidente norteamericano Ronald Reagan. A partir de ese momento se lanzaron las campañas para destruir las fuerzas armadas de Latinoamérica, como una manera de debilitar a los Estados nacionales.

Le tocó a Thatcher presenciar, de la mano de George Bush y de Michael Gorbachov, la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y con él la demolición del socialismo real, que cobró la vida, por linchamiento, del dictador rumano Nicolae Ceausescu como símbolo del derrumbe de un régimen cruel. Estos eventos, alentaron las fantasías neoliberales que pregonaban el fin de la historia con el triunfo definitivo de sus postulados.

Las manifestaciones populares en los funerales de Thatcher, repudiando sus políticas, permite pensar en la posibilidad de un nuevo recomienzo de la civilización, sustentada en una convivencia armónica de los Estados nacionales inspirados en los valores de cooperación y fraternidad, para escapar juntos de la presente crisis financiera que el huevo de la serpiente del thatcherismo creó.

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