A cien años de la Primera Guerra Mundial ¿Quién quiere provocar otro conflicto mundial?

Este lunes, 28 de julio, marcará el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), uno de los conflictos más sangrientos de la Historia, superado únicamente por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Además de 19 millones de muertos, entre militares y civiles, el conflicto tuvo profundas consecuencias políticas y socioeconómicas que alteraron radicalmente el mapa político de Europa y, en menor escala, de África y de Asia, además de crear las condiciones para la proliferación de epidemias y pandemias que acabarían con decenas de millones de personas entre las poblaciones debilitadas.

Un siglo después, todavía no es una tarea sencilla entender cómo el asesinato del heredero del Impero Austro-Húngaro y de su esposa a manos de un estudiante serbio, en una calle de Sarajevo, el 28 de junio de 1914, se convirtió en tan sólo 30 días en una rápida secuencia de declaraciones de guerra entre las principales potencias europeas. El resultado fue el enfrentamiento que, en los cuatro años y medio siguientes, devastaría el continente y lo privaría de una parte considerable de su juventud (tan sólo Alemania perdió el 17 por ciento de su población masculina en edad productiva, contra 10 por ciento de Francia). De los 60 millones de militares europeos movilizados, 8 millones murieron, 7 millones sufrieron mutilaciones incapacitantes y 15 millones sufrieron otro tipo de heridas graves.

Las raíces de la tragedia se remontan a las alianzas articuladas por las potencias europeas en el siglo XIX con el objetivo de mantener un equilibrio de poder entre sí, situación que se agravó por la carrera armamentista entre los imperios alemán y británico y por una serie de conflictos regionales en los Balcanes, que involucraron al Imperio Austro-Húngaro, a Serbia y al Imperio Otomano (ninguno de los cuales sobreviviría al conflicto en la forma que tenían al iniciarse el conflicto). Sin embargo, la dimensión colosal e inesperada que adquiriría el embate se derivó de una plétora de errores de evaluación y de juicio por parte de los principales dirigentes políticos y militares de los futuros beligerantes -de un lado Francia, el Reino Unido y Rusia; por el otros, Alemania y el Imperio Austro-Húngaro. Todos hicieron sus planes y cálculos de acuerdo a las guerras del siglo anterior, sin considerar las posibles consecuencias de los progresos de la técnica militar -ametralladoras, aviones, artillería de largo alcance, etc.- sobre unidades de infantería entrenadas de acuerdo tácticas adecuadas a la poca de las cargas de caballería y de mosquetones de un solo tiro.

Cien años después, el grupo de ambiciosos piromaniacos que domina la estructura de poder hegemónico consolidada a partir de la segunda mitad del siglo XX, con sede en Washington y Nueva York, con ramas importantes en Londres, Bruselas y Tel Aviv, se muestra inclinado a adoptar la opción “fuego en el circo,” en un esfuerzo para evitar su visible declinación como fuerza única. En su locura, dichos círculos no se andan con melindres cuando juegan con la posibilidad de provocar un nuevo conflicto de grandes proporciones y de consecuencias imprevisibles para todo el planeta. Al contrario, esta parece ser su intención abierta, a juzgar por la escalada de provocaciones desencadenada contra la Federación Rusa en torno de la crisis de Ucrania, la cual se agravó con el derribo del vuelo MH17 de Malaysian Airlines sobre la región en conflicto, a la par de la nueva y, como de costumbre, sangrienta embestida militar de Israel contra Gaza.

En el Asia Times Online, el periodista Pepe Escobar detalla el programa de lo que llama el “Imperio del Caos”:

(…) La “doctrina” del Imperio del Caos es clara y multifacética: diversificar el “pivote para Asia,” con el establecimiento de una cabeza de playa en Ucrania, para sabotear el comercio entre Europa y Rusia; expandir la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hasta Ucrania; romper la sociedad estratégica Rusia-China; evitar por todos los medios la integración comercial y económica de Eurasia, de la sociedad ruso-alemana en las nuevas Rutas de la seda, que, partiendo de China, habrán de converger en el Ruhr; mantener a Europa bajo la hegemonía de Estados Unidos (Asia Times Online, 23/07/2014).

El blanco es la diplomacia rusa

En esa estrategia de caos deliberado, el blanco central es la Federación Rusa de Vladimir Putin, que se convirtió en el principal obstáculo para hacer reales sus planes de auto perpetuación, luego de impedir, en particular, el agravamiento de los conflictos del Medio Oriente, con lo que se evitó la intervención militar estadounidense en Siria y se contribuyó decisivamente a las negociaciones políticas sobre el programa nuclear de Irán.

Por ello, Moscú entró en el plan de hostigamiento establecido con la crisis de Ucrania, en la que el papel determinante que desempeñan los elementos externos que controlan Washington, Londres y Bruselas no se puede ocultar, aunque la repercusión al respecto sea incomparablemente inferior a la que se le confiere al apoyo ruso a los insurgentes del Este de Ucrania, que no aceptan al nuevo gobierno de Kiev. La intención visible es instigar la intervención abierta de Rusia en favor de los insurgentes que proclamaron las repúblicas autónomas de Donetsk y de Lugansk, cuyas ciudades han sido sometidas a violentos ataques militares, para justificar así la contraintervención igualmente directa de la OTAN. Como Putin no da ni por asomo muestras de querer tragarse el anzuelo, en las últimas semanas el lado occidental se embarcó en una agresiva escalada de provocaciones contra Rusia.

El domingo 13 de julio una granada de artillería disparada desde Ucrania alcanzó una vivienda y mató a una persona y dejó a otras dos heridas en la región rusa de Rostov. El mismo día, otros seis petardos explotaron sin causar víctimas en la pequeña ciudad rusa de Donetsk, homónima de la ciudad ucraniana del otro lado de la frontera. Aunque haya protestado vigorosamente contra los ataques, la reacción del gobierno ruso no pasó de esto (RT, 15/07/2014).

De la misma forma, el gobierno británico negó visas de entrada a la mayoría de los representantes oficiales rusos que participarían del Espectáculo Aéreo Internacional de Farnborough, uno de los espectáculos más importantes de este género del mundo, “debido a las intervenciones rusas en Ucrania” (RT, 12/07/2014).

El jueves 17, vísperas del ataque al avión de Malaysia Airlines, el mismo presidente Barack Obama se encargó de anunciar un nuevo paquete de sanciones estadounidenses contra individuos y empresas rusas supuestamente involucradas en la “desestabilización de Ucrania.” En palabras de Obama, “el liderato ruso vera, otra vez, que sus intervenciones en Ucrania tienen consecuencias. (…) Vivimos en un mundo complejo y en una época de dificultades. Ninguna de esas dificultades se presta a soluciones rápidas o fáciles, pero todas exigen el liderato estadounidense” (RT, 16/07/2014).

El derribo del vuelo MH17, el día siguiente, desencadenó un alud rápidas acusaciones contra Moscú, respaldadas por una implacable andanada de artillería mediática, inclusive antes de que se llevara a cabo cualquier investigación seria sobre el accidente. El viernes 18, el insuperable The Sun decía en su primera plana “El misil de Putin.”

Las acusaciones iniciales provinieron del gobierno de Kiev, cuyos representante acusaron, indiscriminadamente, a los insurgentes del Este y a sus apoyadores rusos de la tragedia, en la que murieron las 298 personas que estaban en la nave, al mismo tiempo que se empeñaban en ocultar las pruebas de una posible responsabilidad suya, además de diseminar pistas incriminatorias falsas.

De inmediato se atribuyó la destrucción del Boeing 777 de la empresa malaya a un proyectil contra objetivos aéreos Buk M1, de fabricación rusa, supuestamente disparado por Rusia o por los insurgentes, con apoyo ruso (el que el Ejército Ucraniano dispusiera también de ese equipo no se consideró siquiera).

Acto seguido, Kiev no perdió tiempo para solicitar el apoyo de Estados Unidos y de la OTAN para su ofensiva contra los separatistas. “Estados Unidos debe proporcionarnos, inmediatamente, armas modernas de precisión y protegernos de ataques aéreos, mientras que la OTAN debe iniciar una operación militar terrestre,” afirmó el asesor del Ministerio del Interior, Zorian Shkiriak (RT, 18/07/2014).

Las diatribas de Kiev fueron sustentadas por Washington, Londres y Camberra, cuyos mandatarios se superaron en declaraciones agresivas contra Moscú. Para no quedarse atrás de sus colegas más poderosos, Obama y Cameron, el australiano Tony Abbott hizo el famoso acto del ratoncito que aprendió a rugir en la red de televisión ABC: “Territorio controlado por Rusia, rebeldes apoyados por Rusia, muy probablemente, un arma proporcionada por Rusia. Rusia no puede lavarse las manos de esto (The Guardian, 20/07/2014).

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