¿A quién le interesa reescribir la Historia de la Segunda guerra mundial?

«Quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado.»

(George Orwell, 1984)

 

MSIa Informa, 21 de febrero de 2020.-Desde el año pasado, las autoridades de los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y políticos de la Unión Europea (UE) se han empeñado en cambiar aspectos cruciales de la Segunda guerra mundial (1939-1945), para responsabilizar del conflicto a la Unión Soviética (URSS) de José Stalin, poniéndola al lado de la Alemania nazi de Adolfo Hitler. La intención es nítida: denigrar a la Federación Rusa, considerada heredera de la URSS, que hoy por hoy, al lado de China, encabeza el esfuerzo para la construcción de un nuevo orden mundial de cooperación no hegemónico, en todo contrario a la geopolítica de los EUA y sus socios europeos. Para este caso, nada mejor que poner en práctica la afirmación de George Orwell sobre la manipulación permanente de los hechos históricos en favor de una estrategia de dominación, función encargada a la secretaria de la Verdad de Oceanía, en su obra prima 1984 escrita en 1949. Es pertinente anotar que el corazón de Oceanía estaba constituido por el Imperio Británico y Estados Unidos, en alianza provisoria con Eurasia (el resto de Europa y Rusia) para una guerra contra Asia oriental (China, Japón, Corea e India), o viceversa.

El 23 de agosto de 2019 se cumplieron 80 años de la firma del Pacto Molotov-Ribbentrop entre la URSS y Alemania, el cual aseguro la participación de Polonia entre las dos potencias totalitarias, luego de la invasión alemana del 1 de septiembre de 1939, que dio a Stalin 22 meses más para preparar la resistencia a la embestida nazi que a todas luces era inevitable. En ocasión de esa celebración el Primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, resucito el infame “Día del listón negro” (Black Ribbon Day), polémica celebración creada en 2009 por el Parlamento europeo que distribuye entre Alemania y la URSS la culpa del estallido del devastador conflicto mundial. En su discurso, Trudeau afirmó que el pacto tenía la intención de “dividir a Europa Central y Oriental” y preparar el escenario para “las espantosas atrocidades que esos regímenes cometerían”. Ya encaminado agregó que “le robaron su autonomía a países, obligaron a familias a dejar sus hogares y desaparecieron comunidades, en especial de judíos, gitanos y otras”.

Al mes siguiente, el 19 de septiembre, con una amplia mayoría de 535 votos contra 66 y 52 abstenciones, el Parlamento europeo aprobó otra resolución revisionista, propuesta por Polonia, la que resalta “que la Segunda guerra mundial, la guerra más devastadora de la historia de Europa, fue iniciada como resultado del tratado de no agresión nazi soviético del 23 de agosto de 1939, también conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop, y sus protocolos secretos, por los cuales los dos regímenes totalitarios que compartían el objetivo de la conquista mundial dividirían a Europa en dos zonas de influencia”.

Entre una fecha y otra, para la celebración de los 80 años del inicio del conflicto, el gobierno polaco se negó a invitar al presidente ruso, Vladimir Putin, aunque estuviesen presentes los jefes de Estado y de Gobierno de la agresora original, Alemania, el presidente Frank-Walter Steinmeier y la canciller Angela Merkel. En un agresivo discurso en Waterplatte, ciudad portuaria del Báltico donde se dispararon los primeros tiros de la guerra, el presidente polaco, Andrzej Duda, se refirió a las inocuas tentativas de apaciguamiento de Hitler por el Reino Unido y Francia y comparó el expansionismo nazi con la Rusia actual : “Todavía seguimos amenazados, en particular en Europa, con el regreso de tendencias imperialistas, intentos de cambiar fronteras, asaltos a otros estados, toma de sus tierras, esclavizando ciudadanos (New York Times, 01/09/2019)”.

En enero ya de este año se repitió la misma mentira en la celebración de los 75 años de la liberación del nefasto campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau por el Ejército soviético, el 27 de enero de 1945. Putin, de nuevo, fue rechazado diplomáticamente como “persona non grata”, aunque haya participado en la quinta celebración del Foro Mundial sobre el Holocausto, en Jerusalén, planeada para coincidir con la fecha simbólica del campo de exterminio. En un artículo publicado en la revista online Político (24/01/20200) el primer ministro Mateusz Morawiecki escupió: “Lejos de ser una libertadora, la Unión Soviética fue la facilitadora de la Alemania Nazi y perpetradora de sus propios crímenes, antes y después de Auschwitz”.

El vicepresidente estadounidense, Mike Pence, no hizo ni siquiera mención en Jerusalén de la nacionalidad de los combatientes que liberaron a los prisioneros que quedaban en el campo de exterminio, limitándose a observar que los “soldados estadounidenses liberaron a Europa de la tiranía”.

Pero la embajada de Estados Unidos en Copenhague, la revista alemana Der Spiegel y, de nuevo, Político, fueron más lejos cuando afirmaron que Auschwitz-Birkenau había sido liberado por militares estadounidenses, aunque posteriormente tuvieron que retractarse (RT, 27/01/2020).

En un artículo publicado el 1 de septiembre, el renombrado historiador canadiense Michael Jabara Carley, profesor de la Universidad de Montreal, criticó acremente las declaraciones de Trudeau: “Es historia falsa [fake history, en el original] motivada políticamente: lo cierto es que se trata de un montón de mentiras (Strategic-Culture Foundation, 01/09/2019)”.

En el texto, Carley discurre sobre los insistentes intentos soviéticos, encabezados por el comisario de Negocios Extranjeros, Maxim Litvinov, para crear un frente de oposición a las pretensiones expansionistas de Hitler con las principales potencias europeas y Estados Unidos, todas frustradas. Así dice:

“En cada caso, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña interrumpieron discusiones promisorias con la URSS. ¿Porqué esos gobiernos harían algo que, en retrospectiva, es tan aparentemente incomprensible? ¿Por qué el anticomunismo y la sovietofobia entre las elites gobernantes estadounidenses, francesas y británicas eran motivos más fuertes que la percepción del peligro de la Alemania nazi? Al contrario, en gran medida, esas elites eran simpáticas a Hitler. El fascismo era un baluarte construido en defensa del capitalismo, contra la diseminación del comunismo y contra la expansión de la influencia soviética en Europa. (…)

“Déjenme ser claro. Las evidencias documentales no dejan dudas, el gobierno soviético ofreció acuerdos de seguridad colectiva y de asistencia mutua a Francia, Gran Bretaña, Polonia, Rumania, Checoslovaquia y hasta a la misma Italia fascista, y en todos los casos fueron rechazados y, de hecho, rechazados con desprecio en el caso de Polonia, la gran saboteadora de la seguridad colectiva en el camino que llevo a la guerra en 1939… En el otoño de 1936, todos los esfuerzos soviéticos a favor de la asistencia mutua habían fracasado y la URSS se vio aislada. Nadie se quería aliar con Moscú contra la Alemania nazi; todas las potencias europeas arriba citadas entablaron negociaciones con Berlín, para mantener al lobo lejos de sus puertas. Si, hasta la misma Checoslovaquia. La idea explicita e implícita era desviar las ambiciones de Hitler rumbo al Este, contra la URSS”.

En un artículo posterior, publicado el 12 de enero en el sitio de la Strategic Culture Foundation, Carley describe en detalle las negociaciones entre la URSS y Polonia, y destaca la actitud oportunista y abiertamente proalemana de Varsovia, durante la crisis de Checoslovaquia, que culminó con la invasión por las fuerzas de Hitler, luego de la capitulación franco-británica de septiembre de 1938. Al año siguiente, Polonia habría tenido la última oportunidad de librarse de la agresión nazi, pero Varsovia se negó a cualquier acuerdo que incluyera a los soviéticos. Y a pesar de todos, estos últimos insistieron ante Francia y Gran Bretaña, casi hasta las vísperas de la guerra, en agosto, pero la indecisión de Paris y de Londres, finalmente, llevaron a Moscú a buscar un entendimiento con Berlín, en un intento casi desesperado de Stalin para ganar tiempo para prepararse para la invasión del Este, ya delineada por Hitler en su libro Mi Lucha (Mein Kampf), publicado en 1925.

Putin, por su parte, reaccionó a las provocaciones. En una reunión con jefes de Estado de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en San Petersburgo el 20 de diciembre hizo una lista de documentos históricos reunidos por el gobierno ruso para ubicar en su contexto la firma del Pacto Molotov-Ribbentrop, los cuales, como muestran los registros, fue el último de una serie de acuerdos de ese tipo firmados con la Alemania nazi. A saber: Polonia (1934); Gran Bretaña (Acuerdo naval de 1935 y el Acuerdo Chamberlain-Hitler, de septiembre de 1938); Francia (diciembre de 1938); Lituania (marzo de 1939); y Letonia (junio de 1939).

Cuatro días después, en una conferencia en el Ministerio de la Defensa, en Moscú, Putin elevo el tono de las denuncias contra Varsovia, al acusar al embajador polaco en Berlín en 1938, Josef Lipski, de compartir las ideas antisemitas de Hitler, al que había prometido erigir una estatua en Varsovia, si llevaba a cabo sus planes de expulsar a los judíos a África. La respuesta polaca fue convocar para pedirle explicaciones al embajador ruso en Varsovia, Serguei Andreyev, quien sostuvo las declaraciones de Putin (RT, 28/12/2019).

En enero, durante el tradicional discurso anual sobre del Estado de la nación, ante la Asamblea Federal (el Senado del Parlamento ruso), Putin anunció la creación de un enorme archivo de documentos, fotos y películas sobre la Segunda guerra mundial, que se abrirá a consulta general a cualquier interesado, rusos y extranjeros. Es evidente que la iniciativa fue recibida entre los altos círculos del establishment occidental como un intento de Putin de “reescribir la historia” del conflicto.

El papel de la URSS en la guerra

Disminuir el papel de la Unión Soviética en la Segunda guerra mundial ha sido recurrente, desde que la alianza victoriosa en el conflicto se convirtió en una disputa ideológica de la Guerra fría. La tarea se facilito a causa de la hegemonía militar y económica estadounidense de la post guerra, la imposibilidad momentánea de acceso a los archivos soviéticos y la imagen construida por la industria cinematográfica occidental, la que casi invariablemente presenta a Estados Unidos y, en menor grado, al Reino Unido como los grandes vencedores contra el nazifascismo.

Además de ignorar prácticamente los enormes sacrificios hechos por la URSS, gracias a Hollywood, las generaciones occidentales de la post guerra tienden a exagerar la importancia de las proezas militares angloamericanas, por ejemplo del desembarco de Normandía, en junio de 1944 (el célebre Dia-D), común y erróneamente señalado como el momento que definiría el destino de la guerra. Lo cierto es que fueron incomparablemente más relevantes las victorias soviéticas sobre la Wehrmacht de Stalingrado y de Kursk, el año anterior, las que quebraron y frenaron el ímpetu de la ofensiva alemana en el Este, además de la crucial Operación Bagration, iniciada tan solo 16 días después del Día-D.

La Wehrmacht tenía a mediados de 1944, 228 divisiones en el Este, contra 58 en todo el frente occidental entre los Balcanes y el Norte de Italia y en Noruega, con solo 11 en Francia. Cuando los aliados desembarcaron 175 mil hombres en Normandía, el 6 de junio, se enfrentaron con apenas 80 mil combatientes alemanes. Con los refuerzos de ambos lados, a mediados de julio, cuando los atacantes consiguieron finalmente abrirse paso al interior de Francia, esos números alcanzaron el millón 300 mil contra 380 mil (luego de seis semanas de combates, fueron 120 mil bajas aliadas y 113 mil alemanas, entre muertos, heridos y desaparecidos). En la Operación Bagration, iniciada el 22 de junio, las fuerzas soviéticas alinearon 2 millones 400 mil hombres contra los 700 mil soldados del todavía poderoso Grupo de Ejercito Centro alemán, que fue prácticamente aniquilado en casi dos meses de combates feroces que provocaron 450 mil bajas alemanas (muertos, desaparecidos, heridos y capturados) y 770 mil soviéticas (180 mil muertos y desaparecidos).

Las muertes de la Segunda guerra mundial se estiman entre los 70 y los 85 millones de personas, de las cuales casi 50 millones fueron causadas por operaciones militares, mientras que los restantes 19-28 millones fueron a consecuencia del hambre y de enfermedades ocasionadas por la devastación (2125 millones de militares y 50-55 millones de civiles). La URSS, con casi 27 millones de muertos, y China, con 17 millones, tienen casi dos tercios del total de militares y civiles muertos en el conflicto. Las perdidas alemanas sumaron 7 300 000; las japonesas 3 100 000; las estadounidenses 420 000; y las británicas 451 000 (aunque los indios perdieron 87 mil militares y cerca de tres millones de civiles debido principalmente a hambre y enfermedades).

Tan solo en Stalingrado, Kursk y en la Operación Bagration, las bajas mortales soviéticas superan el total de muertes militares y civiles angloamericanas de toda la guerra.

Por otra parte, cerca de 80 por ciento del esfuerzo bélico y de las bajas sufridas por la Wehrmacht durante la guerra ocurrieron en el Frente Oriental, ante el Ejército Rojo.

Nada de esto sirve para encubrir las atrocidades cometidas por el régimen de Stalin, antes, inclusive, de la entrada oficial de la URSS a la guerra, como es el caso de la Masacre de Katyn, cuando 22 oficiales e intelectuales polacos fueron asesinados por la NKVD, la policía secreta soviética, en 1940. O la vergonzosa interrupción del avance del Ejército Rojo a las puertas de Varsovia, mientras que la Wehrmacht aplastaba con ferocidad el levantamiento de los patriotas polacos en agosto-septiembre de 1944 y dejaba 15 mil militares y más de 150 mil civiles muertos, además de dejar casi demolida la ciudad. El dictador soviético actúo en ambos casos con calculada e implacable frialdad, contemplando eliminar una parte importante de las elites del país que pretendía incorporar en el futuro a la órbita de la URSS.

Sin embargo, equiparar a la Unión Soviética con la Alemania nazi, en la responsabilidad de la guerra más sangrienta de la Historia, dejando de lado la participación directa e indirecta de otros gobiernos al expansionismo de Hitler no pasa de ser deshonestidad intelectual combinada con canallada bravuconería política.

¿Cómo ignorar, por ejemplo, las tergiversaciones y las maniobras oportunistas británicas, francesas y polacas que poco hicieron para oponerse efectivamente a las evidentes intenciones del Fuhrer, o hasta apoyarlas sin mucho disimulo?

¿Cómo ocultar las aportaciones cruciales para la construcción de la maquina política y militar nazi, hechas por bancos y empresas occidentales, parte de las cuales, se mantuvieron durante la guerra?

¿Cómo omitir de los relatos históricos los acuerdos hechos al final de la guerra, tanto en Alemania como en Japón, para preservar parte de las respectivas estructuras de poder que habían llevado a los dos países a la guerra, con la vista puesta en el inminente enfrentamiento con la URSS, arreglos que configuran las estructuras hegemónicas todavía vigentes hoy (que involucran el reciclaje de gran parte del botín robado por nazis y japoneses de los países ocupados al sistema financiero angloamericano)?

Aunque la Segunda guerra mundial haya terminado hace casi 75 años, la historia real del conflicto apenas comenzó a ser desmenuzada y entendida en las décadas recientes, con el acceso a archivos y a documentos antes inaccesibles, tanto en la antigua URSS, como en los países occidentales. Los recientes intentos del establishment de la OTAN y de la UE de reforzar esa visión fraudulenta y seudohistórica chocan con la ventilación histórica.

En este sentido, quizá, la mejor síntesis de las responsabilidades de la guerra sea la del respetado historiador inglés A.J.P. Taylor, en su célebre (y polémico) libro Los orígenes de la Segunda guerra mundial, de 1961: “Retrospectivamente, aunque muchos fuesen culpados, ninguno fue inocente. La finalidad de la actividad política es proporcionar paz y prosperidad, y en cuanto a eso todos los estadistas fracasaron, cualquiera que fuese la razón.”

x

Check Also

Cumbre de San Petersburgo: África hace escuchar su voz

La segunda cumbre Rusia-África se desarrolló en San Petersburgo entre el 27 y el 28 ...