Una "Guerra de los 30 años" para redefinir el Medio Oriente

La devastadora violencia del ataque contra Gaza, ante la inercia pusilánime de las principales potencias occidentales, más interesadas en demonizar a la Federación Rusa por su apoyo a los separatistas ucranianos, apunta hacia el viejo plan de las élites fundamentalistas israelíes para la construcción del Gran Israel (Eretz Israel). Este sería un súper estado judío que se extendería del Mediterráneo al rio Jordán y, evidentemente, estaría desprovisto de presencia palestina -el cuadro opuesto al espíritu que guió la creación conjunta de los estados de Israel y Palestina, hoy confinada a una estrecha franja territorial repleta de asentamientos israelíes en Cisjordania, y aun auténtico gueto en Gaza, ambos en condiciones que poco difieren del antiguo régimen del apartheid sudafricano.

Tras la mortandad provocada por los ataques a la ya reducida infraestructura económica, escuelas, hospitales, mezquitas y otros blancos civiles, en una poco velada intención de aterrorizar a la población palestina y, posteriormente, provocar su migración masiva, lo que les abriría el espacio para la instalación de nuevas hordas de colonos fundamentalistas -enterrando así cualquier perspectiva de establecimiento del soñado Estado Palestino. El bombardeo de la única central eléctrica, el martes 29 de julio, se encaja en tal agenda de terror, pues, sin energía eléctrica, se deterioran rápidamente los servicios de abastecimiento de agua y salubridad, además de impedir alevosamente los servicios de rescate y de atención médica de las víctimas de los ataques.

La brutalidad israelí, que extrapola todo criterio de racionalidad, que atropella los principios elementales de humanidad y que parece estar calculada deliberadamente para aterrorizar a los palestinos y lanzar un desafío al mundo (una característica del ethos israelí, el “complejo de cerco” mostrado desde la fundación de Israel en 1948), se muestra intolerable hasta para sionistas de estirpe, como el columnista estrella del New York Times, Roger Cohen, quien se lamentó en su último artículo, publicado en O Globo, de Brasil, el pasado 30 de julio:

“Soy un sionista que cree en las palabras de la Carta de fundación de Israel, de 1948, que declara que el Estado naciente se fundaría “en la libertad, la justicia y la paz como imaginaron los profetas de Israel.” Lo que no puedo aceptar, sin embargo, es la perversión del sionismo que ha visto el nacimiento inexorable de un nacionalismo israelí mesiánico que reivindica toda la tierra entre el mar Mediterráneo y el río Jordán; que, durante medio casi medio siglo produjo la opresión sistemática de otro pueblo en Cisjordania; que llevó a la expansión constante de los asentamientos israelíes; que aísla a los palestinos moderados en nombre de dividir para reinar; que persigue doctrinas que tornan imposible continuar siendo un Estado judío y democrático; que busca la ventaja táctica al contrario del avance estratégico de una paz fundada en dos estados; que bloquea a Gaza con 1 800 000 personas atrapadas en su prisión y luego es sorprendido por las irrupciones periódicas de los detenidos; y que responde de forma desproporcional al atacar de una forma que mata centenares de niños”.

No deja de ser una trágica ironía de la Historia que entre los materiales de estudio de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) para las misiones en el vasto gueto de Gaza -un millón 800 mil personas confinadas en un territorio de 360 kilómetros cuadrados- se encuentre una traducción al hebreo del informe del oficial de la SS nazi responsable de la destrucción del Gueto de Varsovia. En ese episodio, ocurrido en abril y mayo de 1943, los 80 mil judíos que todavía permanecían en la capital de Polonia se rebelaron contra el yugo nazi y fueron destrozados implacablemente por las fuerzas del mayor-general de la SS Jürgen Stropp, en un enfrentamiento que produjo cerca de 13 mil judíos muertos y 56 mil deportados a los campos de concentración y exterminio (las bajas nazis se contaron en unas cuantas docenas). En 2002, el periodista israelí Amid Oren, columnista del periódico Ha’aretz, reveló que el informe Stropp, que fuera publicado en 1998 por el Proyecto de Historia del Holocausto, era estudiado por oficiales israelíes, en el supuesto de “minimizar las bajas” civiles, en sus operaciones contra las comunidades palestinas. Como el objetivo de Stropp era exactamente el opuesto, es difícil conciliar las dos intenciones.

La intervención israelí se encuadra, igualmente, en el marco del rediseño del Gran Medio Oriente, contemplado desde hace década por los sectores más radicalizados y belicistas del “establishment” oligárquico anglo-americano y sus contrapartes israelíes, que contemplan los actuales conflictos de la región como parte del escenario de una nueva “Guerra de los 30 años” -expresión que ha venido utilizando el presidente del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) de Nueva York, Richard Haass y que este boletín ya había anticipado.

En este marco, los estrategas de Washington, Londres y Tel Aviv parecen estar contemplando una radical reformulación de las fronteras regionales, en especial del fragmentado territorio de Siria y de Irak, bajo el peso de la ofensiva del grupo terrorista autodenominado Estado Islámico (el ex Estado Islámico de Irak y de Levante -ISIL), con el establecimiento de un Curdistán independiente, el alejamiento sine die de la creación del Estado Palestino. Tan sólo esto justifica la intención de Washington de continuar abasteciendo de armas y de equipos militares a los grupos insurgentes que combaten contra el régimen del presidente sirio Bashar al-Assad, cuando se sabe que gran parte de este material terminará en manos de los terroristas del “califato” -así como ya había sucedido con parte del material enviado a los rebeldes libios en la campaña contra Muamar Jadafi. Y, no menos, los apoyos financieros “de emergencia” de 225 millones de dólares concedidos a Israel por el Senado de Estados Unidos, para reforzar el sistema contra proyectiles de las FDI, en un momento en el crece en todo el mundo la oposición a la brutalidad de Tel Aviv.

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