Sobre qué bases reconstruir una autoridad mundial auténtica

Una intervención militar de los Estados Unidos y sus aliados en Siria, posibilidad cada día más cercana, podrá desencadenar una nueva confrontación mundial, de consecuencias catastróficas. Esta sombría perspectiva se debe, en gran medida, a la pérdida de sentido del orden mundial vigente, marcado por el empeño de los EUA en preservar una hegemonía global, en un contexto de declive relativo de autoridad, por medio de intervenciones militares cada vez más arbitrarias. En realidad, se trata de la fase final de un proceso de deterioro l que se puso en marcha inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín y la implosión del bloque soviético. Entonces, la oportunidad histórica de superar la Guerra Fría y su doctrina de esferas de influencia y la de Destrucción Mutua Asegurada (cuyo oportuno acrónimo en inglés era MAD, loco), fue vehementemente repudiada por los mentores del llamado Nuevo Orden Mundial, que optaron por preservar un imperio perene fincado predominantemente en el poder militar, en el control del sistema financiero mundial y en el flujo de los recursos naturales,, siendo los alimentos y los energéticos los bienes los más preciados.

En el Medio Oriente, la Guerra del Golfo y los desplazamientos “extra jurisdiccionales” de la OTAN, como la intervención en Libia, han generado un caos galopante y la desmoralización de toda y cualquier autoridad internacional. La autoridad -por lo menos formal- concedida a Naciones Unidas, para acciones militares, cedió terreno a la pura arbitrariedad del poder de la potencia hegemónica y sus aliados. O sea, se trata de la justicia del más fuerte, el “principio de Trasimaco”, el truculento personaje de Platón que la definía como el interés del más fuerte. En este contexto, por ejemplo, se permite, que un Tribunal Penal Internacional se empeñe activamente en juzgar y condenar a enemigos ocasionales de tal sistema hegemónico, pero no puede juzgar a los mentores de los crímenes cometidos por el propio sistema, como la destrucción de la nación iraquí y la devastación que ayudo a desencadenar en Libia.

Esta convicción se encuentra arraigada profundamente en el establishment anglo-americano, tanto republicano como demócrata, pues ambas corrientes comparten una visión del mundo contaminada por un excepcionalismo un tanto fundamentalista. Nada más claro que las palabras de la Secretaria de Estado Hillary Clinton en artículo publicado el 18 de julio en la revista inglesa The New Statesman reproducido en Brasil por O Estado de S. Paulo el 29 de julio.

“El hilo conductor de todos nuestros esfuerzos es el compromiso de adecuar el liderazgo global de los EUA a las necesidades del mundo en transformación. Incluso aunque busquemos nuevos socios y nuevas soluciones para los problema, siempre habrá épocas en que los EUA tendrán que proceder solos…

“No existe en la Historia un precedente real del papel que desempeñamos o de las responsabilidades que asumimos, y no hay alternativa. Esto es lo que hace tan excepcional el liderazgo estadounidense, y es por eso que tengo confianza en que continuaremos sirviendo y defendiendo un orden global pacifico y próspero, todavía por muchos años”.

Es evidente que Clinton y el gobierno de Obama dan por sentado que la autoridad mundial necesaria depende del poder hegemónico eterno de los EUA, pasando por alto que precisamente la pérdida de su autoridad y prestigio, sobre todo en el Medio Oriente, es producto de sus descomunales errores políticos y militares.

Por eso, uno de los mayores problemas que la humanidad deberá de enfrentar, será el de construir las bases de un principio de autoridad necesario para superar el progresivo caos internacional. Un sistema ideal tendría que ser aquel en el que su fuente de autoridad no podría ser únicamente el poder llano. Ésta autoridad debería estar regida por una noción cabal de justicia universal, donde la armonía de las naciones gire en torno del eje del bien común universal. El compromiso con estos principios es el cimiento para poner en marcha un gran esfuerzo de desarrollo mundial que nos libere de las garras de la monstruosa crisis mundial.

Como directriz para la elaboración de tal noción de justicia, tenemos un buen ejemplo en el ideario expresado por el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, en el famoso discurso de las cuatro libertades pronunciado el 6 de enero de 1941 ante el Congreso de su país, casi un año antes de que los EUA entraran a la Segunda Guerra Mundial.

Para un futuro, que tratamos de que sea seguro, anhelamos un mundo fundado en las cuatro libertades humanas esenciales:

-La primera es la libertad de palabra y expresión, en cualquier lugar del mundo.

-La segunda es la libertad de cada persona para adorar a Dios a su propio modo, en cualquier lugar del mundo.

-La tercera es la libertad frente a la miseria, que, traducida en términos mundiales, significa acuerdos económicos que aseguren a cada nación una vida saludable y en paz para todos sus habitantes, en cualquier lugar del mundo.

-La cuarta es la libertad frente al miedo, que significa una reducción mundial de armamento a tal punto y de manera tan profunda, que ninguna nación esté en situación de cometer un acto de agresión física contra ningún vecino, en cualquier lugar del mundo.

Esta no es la visión de un milenio lejano. Es una base concreta y posible en nuestro tiempo y en nuestra generación.

Desafortunadamente para la Humanidad, la muerte de Roosevelt, antes del fin de la guerra, impidió que tal ideal se llevara a cabo. En su lugar, las fuerzas que su hijo Elliot catalogaba como “los enemigos del progreso”, arrojaron al mundo a la era de la Guerra Fría, durante la cual la ambición colonial de las antiguas potencias europeas fue sustituida por el nuevo colonialismo de las esferas de influencia.

El desarrollo es el nuevo nombre de la paz

Dos décadas y media después de la muerte de Roosevelt, el gran Papa Paulo VI, con una visión profética, en su famosa encíclica Populorum Progressio (1967) señalaba la necesidad de una nueva “autoridad mundial eficaz” capaz de armonizar la humanidad hacia el objetivo del desarrollo de todos los pueblos, en el que localizaba la fuente de una autentica y duradera paz mundial. En sus palabras:

78. Esta colaboración internacional a vocación mundial, requiere unas instituciones que la preparen, la coordinen y la rijan hasta construir un orden jurídico universalmente reconocido. De todo corazón, Nos alentamos las organizaciones que han puesto mano en esta colaboración para el desarrollo, y deseamos que crezca su autoridad. “Vuestra vocación, dijimos a los representantes de la Naciones Unidas en Nueva York, es la de hacer fraternizar, no solamente a algunos pueblos sino a todos los pueblos (…) ¿Quién no ve la necesidad de llegar así progresivamente a instaurar una autoridad mundial que pueda actuar eficazmente en el terreno jurídico y en el de la política?”.

Actualizando este apelo de Pablo VI, el actual pontífice Benedicto XVI, en la encíclica Caritas in Veritate (Caridad en la verdad), dedicada a revivir el espíritu de Populorum Progressio, afirma:

Ante el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalización, que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, así como esa relación entre esfera moral y social, entre política y mundo económico y civil, ya previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas.

En este mismo contexto, vale hacer valer el peso del gran pensador económico estadounidense, Henry Carey, el principal asesor económico del presidente Abraham Lincoln, que fue responsable del nacimiento del poderío industrial estadounidense en la segunda mitad del siglo XIX, y uno de los enemigos frontales del sistema colonial de libre comercio inglés:

Para sustituir el deleznable sistema conocido como maltusianismo por el verdadero cristianismo, se requiere que demostremos al mundo que es la población que hace que el alimento surja de los suelos ricos y que el alimento tiende a aumentar más rápidamente que la población, comprobando, de esta manera, el mandato de Dios para el hombre. Establecer dicho imperativo; probar que entre las personas de todo el mundo, sean agricultores, manufactureros o mercaderes, existe una perfecta armonía de intereses, y que la felicidad de los individuos, así como la grandeza de la naciones, surge de la perfecta obediencia al mayor de todos los mandamientos: “haz a los otros lo que te gustaría que los otros te hagan”, constituyen el objeto y será el resultado de aquella misión.

La vocación de los pueblos al desarrollo, al bienestar y, a la prosperidad unida al espíritu de nuestra época contrario a toda forma de colonialismo y de injusticia social, exige nuevos criterios para la organización de las relaciones internacionales. En pleno siglo XXI, con una capacidad científica y técnica capaz de colonizar el espacio extraterrestre, existen condiciones para que en el intervalo de una generación, los niveles de vida de los países más avanzados puedan ser compartidos por todos los pueblos y países del planeta. Los límites para esta perspectiva no son físicos, ni de recursos, ni ambientales, sino de una visión del mundo oligarca, comprometida con un inaceptable principio de exclusivismo y un concepto artificial de “escasez” de recursos naturales y económico financieros. La insistencia en la sobrevivencia de un sistema colonial que debió ser enterrado durante el siglo 20, solo puede traer consecuencias catastróficas para la Humanidad.

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