Siria: movimientos angloamericanos hacia una catástrofe bélica

La crisis política, estratégica y humanitaria en Siria permite vislumbrar un paralelismo entre la intensificación de la crisis económico-financiera global y el aumento de los clamores que piden una intervención militar externa en el conflicto en este país, donde fuerzas especiales, servicios de inteligencia y mercenarios extranjeros operan muy visiblemente, junto con terroristas de Al-Qaeda que participaron en la intervención en Libia.

De hecho, para los círculos del “establishment” que apuestan a la opción “fuego en el circo” para una crisis global, una intervención militar en Siria representaría el atajo más rápido hacia un nuevo conflicto de grandes proporciones y de un impacto imprevisible en la economía mundial. Desatado, este, les proporcionaría pretextos perfectos para mantener los insostenibles niveles de gastos militares de los EUA y la neutralización de los esfuerzos en curso para lograr una reforma necesaria del sistema financiero internacional.

El entrenamiento de este tipo de intervenciones proviene, tanto de la experiencia de la Guerra de Afganistán de 1978-1988, como de los conflictos en América Central, en las décadas de 1980-1990, cuando el “establishment” anglo-americano financió y organizó operaciones encubiertas en asociación con redes internacionales de armas y drogas. En el primer caso, uno de los resultados de la posguerra fue la formación de una red internacional de radicales islámica con gran experiencia en el combate, que se convertiría en el famoso Al-Qaeda. El segundo expuso, la existencia de una estructura de “gobierno paralelo” en los EUA; uno de los “efectos colaterales” fue la inundación de drogas muy baratas en las mayores ciudades norteamericanas, incluyendo la introducción del crack, que desde ahí se extendió hacia el resto del mundo y se convirtió en una verdadera pandemia.

Un obstáculo para la comprensión de este cuadro es el hecho de que la cobertura mediática de los acontecimientos en Siria, generalmente, tendenciosa y parcial, favorece que la situación se presente constantemente de manera simplista, o mítica: el de un dictador sangriento empeñado en masacrar a su propio pueblo, acosado por valerosos rebeldes deseosos de democracia, pero protegido por un grupito de países fuera de sintonía con la “comunidad internacional”, como Rusia y China, quienes impiden una acción decidida de aquella contra el régimen de Bashar al-Assad, en los moldes de la intervención en la Libia de Muamar Gadafi.

Así, países que están en desacuerdo con una intervención militar contra Damasco son etiquetados como tibios y titubeantes y son blanco de críticas externas e internas, supuestamente por no “estar a la altura” de las responsabilidades de una potencia emergente. En el caso de Brasil, esto lo han afirmado, diplomáticos de los EU, editoriales de grandes periódicos brasileños y comentaristas nativos alineados con los designios de las potencias predominantes.

Con elementos sesgados, con pocas excepciones, la prensa internacional ni siquiera se preocupa por ocultarlos, comenzando con los clásicos relatos sobre el número de víctimas del conflicto, generalmente en la forma de “mas de 10 mil personas han muerto desde el inicio de la insurrección contra el régimen de Assad” -sin ningún cuidado en afirmar que una considerable fracción de este número se refiere a militares y policías muertos en los combates con los insurgentes, sin hablar de las numerosas víctimas civiles de estos últimos.

La masacre de más de 100 personas, incluyendo a mujeres y niños, en la ciudad de Houla, el pasado 27 de mayo, es un caso ejemplar. Atribuido de forma inmediata, sin verificación y sin respuesta a las fuerzas gubernamentales y las milicias pro-Assad, el horrendo episodio ganó escandalosos titulares y portadas en los teleperiódicos, sirviendo para alimentar todavía más los clamores en pro de una intervención militar externa. No obstante, siguiendo las pistas del periodista independiente ruso Marat Musin, el, primero en denunciar los hechos reales, el periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), el más importante del país, se vio obligado a admitir que las atrocidades fueron cometidas por las milicias del autoproclamado Ejército Sirio Libre (FSA, siglas en inglés). En la edición del 8 de junio pasado, el periódico informó

“Los muertos eran casi exclusivamente de familias pertenecientes a las minorías alawitas y chiítas de Houla. Pero más del 90% de la población es sunita. Decenas de miembros de una familia que se habían convertido de sunitas a chiítas, fueron calcinados…Inmediatamente después de la masacre, los perpetradores, supuestamente, filmaron a sus víctimas y las presentaron como víctimas sunitas, en videos subidos a Internet”.

Evidentemente, existen gobiernos que sí hablan claro. En una conferencia de prensa, en Moscú, el pasado 9 de junio, el canciller ruso Segei Lavrov hizo una exposición sin rodeos sobre la realidad siria, destacando que el plan de paz propuesto por el ex-secretario general de la ONU, Kofi Annan, ha sido obstaculizado por las fuerzas que apoyan una intervención extranjera en el país. Según él, el plan no avanza, porque hay partes a quien no les “gusta” la perspectiva de la estabilidad. “Ellas quieren que la comunidad internacional se llene de indignación e inicie una intervención en gran escala en Siria (Russia Today, 6 de junio de 2012)”.

Lavrov criticó “las reacciones de algunos actores extranjeros, que apoyan grupos armados de oposición y, al mismo tiempo, exigen que la comunidad internacional de pasos decisivos para cambiar el régimen en Siria”.

El canciller afirmo que el gobierno ruso tiene evidencias del aprovisionamiento de armas a la oposición siria: “Nuestros colegas sauditas, nuestros colegas de Qatar…ayer mismo hubo un foro de empresarios que quieren apoyar a la oposición siria. Todas estas informaciones están disponibles libremente”.

Lavrov resaltó que Rusia “jamás permitirá que se sancione el uso de la fuerza en el Consejo de Seguridad de la ONU”, pues esto tendría “severas consecuencias para toda la región del Oriente Medio”. En sus palabras, “la manera como será resuelta la crisis siria tendrá un papel importante en el mundo de mañana: si el mundo se basa en la Carta de Naciones Unidas, o un lugar donde la fuerza sea el derecho”.

En los EUA, en una evidencia de las acaloradas diferencias internas del poder anglo-americano ante la crisis siria, dos sorprendentes manifestaciones contrarias a una intervención militar se expresaron de dos veteranos estrategas, Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger.

En una participación en el popular programa de entrevistas Morning Joe, de la cadena MSNBC, el 30 de mayo pasado, junto al presidente del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), Richard Haas, y al columnista del Washington Post David Ignatius, Brzezinski fue categórico al rechazar cualquier acción externa contra el régimen de Assad. Para él, “si no somos inteligentes, podríamos crear un nexo entre un problema interno difícil, que todavía no adquiere proporciones colosales, y un problema regional y un problema global, que involucra nuestras relaciones con otras grandes potencias, particularmente Rusia, pero también las negociaciones con Irán sobre el problema nuclear (MSNBC, 30 de mayo de 2012)”.

“Esto no va a ser resuelto convocando a consultas a los embajadores en Moscú o diciendo a los rusos que ellos están actuando como bandidos. El hecho es que, a menos que haya una cooperación internacional que resulte en alguna propuesta con la cual el gobierno de Assad pueda convivir, y que involucre algún tipo de esfuerzo supervisado para establecer algún consenso doméstico, este conflicto seguirá. Y no exageremos este conflicto”, aseveró el notoriamente rusófobo ex-consejero de Seguridad Nacional durante el gobierno del presidente Jimmy Carter.

En un momento dado, Brzezinski llegó a irritarse ante una provocación de Ignatius: “No se coloque en una posición de defensor de la brutalidad y del apuñalamiento de personas. Francamente, la cuestión no es esta. Sabemos que estas cosas pasan, y son horribles. También ocurren, en escala mucho mayor, en muchos lugares en que no intervenimos. Mi punto aquí es que estamos lidiando con una región en que todos esos asuntos están interconectados…Y tenemos un gran problema internacional en nuestras manos, con consecuencias políticas y económicas muy serias. Lo que oigo es una cantidad de gritos y consignas. Pero todavía no veo los planes secretos que la Casa Blanca tiene, en verdad, sobre que harán si no tenemos cooperación internacional”.

Por su parte, Kissinger escribió un artículo en el Washington Post del pasado 2 de junio, con el sugestivo título “Intervención en Siria arriesga perturbar el orden global”, el cual concluye con la advertencia:

“No podemos daros el lujo de ser llevados, de expediente en expediente, a un involucramiento militar indefinido, en un conflicto que está asumiendo un carácter cada vez más sectario. Al reaccionar a una tragedia humana, debemos ser cautelosos, para no abrir el camino hacia otra. En ausencia de un concepto estratégico claramente articulado, un orden mundial que erosione las fronteras (sic) y mezcle guerras internacionales y civiles nunca puede tomar aliento. Se necesita un sentido de matiz, para dar una perspectiva a la proclamación de absolutos. Este es un asunto no partidario y así debe de tratarse, en el debate nacional al que estamos entrando”.

El “modelo El Salvador”

Por otro lado, mientras que algunas facciones del “establishment” se empeñan en evitar la participación de los EU en otro conflicto en el mundo islámico, otras trabajan activamente para instigar el proceso, reeditando una estrategia patentada por Washington desde la década de 1980, en América Central, en las guerras civiles que devastaron El Salvador y Nicaragua: la promoción del terrorismo, con asesinatos en masa cometidos por escuadrones de la muerte paramilitares, financiados, equipados y entrenados por la CIA y el Pentágono. Como lo observa el economista canadiense Michel Chossudovsky, editor del sitio Globalresearch.ca (8 de junio de 2012), no es coincidencia la presencia del mismo personaje en los conflictos centroamericanos y sirio, el diplomático John Negroponte.

Negroponte, quien fue embajador en Honduras de 1981 a 1985, tuvo un papel clave en el apoyo y supervisión de los mercenarios “Contras” nicaragüenses, que luchaban contra el régimen sandinista, en un conflicto que provocó más de 50 mil muertes. Desde su puesto en Tegucigalpa, desempeño acciones semejantes en apoyo a los escuadrones de la muerte salvadoreños, en la guerra civil de 1980-1992, que resultó en un número de víctimas estimado entre 60 mil y 80 mil. Semejante participación se dio a conocer en la estela de las revelaciones del escándalo Irán-Contras, que reveló también la promiscuidad de las agencias de inteligencia norteamericanas con el narcotráfico internacional.

En 2004-2005, Negroponte trabajó en Bagdad, con el mandato específico de implementar en Irak el “modelo salvadoreño”, para promover luchas sectarias entre los grupos étnicos que conforman la población del país invadido, con escuadrones de la muerte y fuerzas paramilitares basadas en la experiencia centroamericana. Su operativo directo en la tarea era Robert Ford, quien, en enero de 2011, fue nominado embajador en Damasco, a menos de dos meses antes del inicio de la insurgencia armada contra el régimen de Bashar al-Assad. En los menos de 10 meses que pasó en Siria (fue llamado de vuelta en octubre), según Chossudovsky, Ford, desempeñó un papel central en la preparación de la revuelta armada, al establecer contactos con grupos de oposición y reclutando mercenarios en países árabes vecinos, para integrarlos con aquellos. Desde su parida, Ford sigue supervisando la “Operación Siria” en el Departamento de Estado.

Otro actor en la tragedia es el jefe de la CIA, el general David Petraeus, quien, como comandante general de las operaciones militares en Irak, en 2004, trabajó en estrecha cooperación con Negroponte y Ford, en la implementación de un “programa de contrainsurgencia”, que era un disfraz para apoyo a los escuadrones de la muerte iraquíes. Actualmente, la CIA apoya activamente a los rebeldes sirios, con una serie de operaciones encubiertas, además de promover infiltraciones en las Fuerzas Armadas y en los servicios de inteligencia del país. En el contrato, la agencia opera en coordinación con sus contrapartes turcas.

En palabras de Chossudovsky, ¡todo es coincidencia!

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