La renuncia del Papa Benedicto XVI, la moral y la fe para responder a las tareas actuales

En la reunión del Consistorio de Cardenales de Roma, el pasado 11 de febrero el Papa Benedicto XVI anunció que renunciaba a su pontificado y que la renuncia sería efectiva en dos semanas. Dijo a los cardenales que su decisión fue tomada con plena conciencia, meditada con mucho cuidado.

La noticia cayó como un rayo en todo el orbe, ya que es la primera vez que un papa renuncia en 700 años. A la par del asombro, la partida del Papa despertó muchas muestras de unidad; tomada en sus reales dimensiones, es una invitación a la grey católica a pensar con mayor profundidad en la presencia de Dios en la vida de cada ser humano y en la presencia del Espíritu Santo en la vida del sucesor de San Pedro. El famoso Reginaldo Pole (1500-1558, delegado papal en el Concilio de Trento), a quien el profesor Ratzinger menciona favorablemente en un ensayo sobre el Papa, escrito en 1977, llamó a los sucesores de San Pedro “los Sirvientes y las herramientas del Espíritu Santo.” El Papa apeló “a la renovación espiritual” en una época en la que la moral y la fe es necesaria para responder a las tareas de nuestros tiempos de una forma determinada.

En una entrevista que concedió hace dos años al periodista Peter Seewald, publicada en 2010 con el título de “Benedicto XVI -luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de nuestros tiempos,” el Papa, fue interrogado sobre en qué condiciones renunciaría o en cuáles lo pensaría, él repudio esta idea y dijo que si hubiese “un peligro real” no huiría nunca. Sin embargo, agregó, “cuando un papa comprende claramente que ya no es capaz física, mental o espiritualmente de desempeñar su función, existe la posibilidad legal, y, también, la obligación de renunciar.”

El 13 de febrero, en la audiencia que coincidió con el día que se inicia la cuaresma, el Miércoles de Cenizas, miles de peregrinos fueron invitados por el Papa a unirse a él en un viaje espiritual, para reflexionar en los momentos de la vida terrena del Hijo de Dios.

En esta catequesis semanal, Benedicto habló sobre los 40 días que Jesús pasó en el desierto antes de comenzar su vida pública. En esos días de aislamiento, soledad, silencio y ayuno, Jesús fue tentado tres veces por el diablo. Él pudo vencer esas tentaciones, al vencer al demonio y abrirnos las puertas del camino a Dios. Benedicto XVI exhortó vivamente a que cada persona se fortalezca para no caer en las tentaciones que nos presenta un mundo secularizado.

“Ante todo el desierto, donde Jesús se retira, es el lugar del silencio, de la pobreza, donde el hombre está privado de los apoyos materiales y se halla frente a las preguntas fundamentales de la existencia, es impulsado a ir a lo esencial y precisamente por esto le es más fácil encontrar a Dios. Pero el desierto es también el lugar de la muerte, porque donde no hay agua no hay siquiera vida, y es el lugar de la soledad, donde el hombre siente más intensa la tentación. Jesús va al desierto y allí sufre la tentación de dejar el camino indicado por el Padre para seguir otros senderos más fáciles y mundanos (cf. Lc 4, 1-13). Así Él carga nuestras tentaciones, lleva nuestra miseria para vencer al maligno y abrirnos el camino hacia Dios, el camino de la conversión.

“Reflexionar sobre las tentaciones a las que es sometido Jesús en el desierto es una invitación a cada uno de nosotros para responder a una pregunta fundamental: ¿qué cuenta de verdad en mi vida? En la primera tentación el diablo propone a Jesús que cambie una piedra en pan para satisfacer el hambre. Jesús rebate que el hombre vive también de pan, pero no sólo de pan: sin una respuesta al hambre de verdad, al hambre de Dios, el hombre no se puede salvar (cf. Vv. 3-4). En la segunda tentación, el diablo propone a Jesús el camino del poder: le conduce a lo alto y le ofrece el dominio del mundo; pero no es éste el camino de Dios: Jesús tiene bien claro que no es el poder mundano lo que salva al mundo, sino el poder de la cruz, de la humildad, del amor (cf. Vv. 5-8). En la tercera tentación, el diablo propone a Jesús que se arroje del alero del templo de Jerusalén y que haga que le salve Dios mediante sus ángeles, o sea, que realice algo sensacional para poner a prueba a Dios mismo; pero la respuesta es que Dios no es un objeto al que imponer nuestras condiciones: es el Señor de todo (cf. Vv. 9-12). ¿Cuál es el núcleo de las tres tentaciones que sufre Jesús? Es la propuesta de instrumentalizar a Dios, de utilizarle para los propios intereses, para la propia gloria y el propio éxito. Y por lo tanto, en sustancia, de ponerse uno mismo en el lugar de Dios, suprimiéndole de la propia existencia y haciéndole parecer superfluo. Cada uno debería preguntarse: ¿qué puesto tiene Dios en mi vida? ¿Es Él el Señor o lo soy yo?

“Las pruebas a las que la sociedad actual somete al cristiano, en efecto, son muchas y tocan la vida personal y social. No es fácil ser fieles al matrimonio cristiano, practicar la misericordia en la vida cotidiana, dejar espacio a la oración y al silencio interior; no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, como el aborto en caso de embarazo indeseado, la eutanasia en caso de enfermedades graves, o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias. La tentación de dejar de lado la propia fe está siempre presente y la conversión es una respuesta a Dios que debe ser confirmada varias veces en la vida.

En la catequesis papal también encontramos una convocatoria a los que ocupan los poderes del Estado, así como a los científicos, a los filósofos, a los teólogos y a los artistas. Los símbolos de dicha conversión espiritual, señaló el Papa, son San Pablo y San Agustín. Pero, interesante, mencionó también el ejemplo del famoso científico ruso ortodoxo Pavel Florenski, quien inicialmente era profundamente hostil a la religión, pero que en un momento de su vida exclamó: “¡No, nadie puede vivir sin Dios!”

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