Francisco y el esplendor de la doctrina social frente a la crisis mundial

En una sucesión de pronunciamientos, iniciados el 16 de mayo frente al cuerpo diplomático acreditado ante el Vaticano, y que culminaron el 18 en la homilía de la vigilia de Pentecostés, aclamado por una multitud de cerca de 200 mil jóvenes, el papa Francisco exigió a los gobernantes del orbe la inmediata reforma del sistema financiero internacional:

“Queridos embajadores, sería conveniente realizar una reforma financiera que fuera ética y, a su vez que comportara una reforma económica saludable para todos. Sin embargo, esto requeriría un cambio audaz de actitud de los dirigentes políticos”.

La llamada de atención del Pontífice denota una vez más, la firmeza del Vaticano en orientar acerca de las causas fundamentales y la naturaleza de la crisis civilizatoria en un momento en que la atención se concentra en su aspecto financiero.

“Los momentos de crisis, como este que estamos viviendo, pongamos atención, no consiste en una crisis meramente económica, no es una crisis cultural . Es una crisis del hombre : ¡quien está en crisis es el hombre!. ¡Y quien puede ser destruido es el hombre ! Pero el hombre es imagen de Dios. Por esto es una crisis profunda”.

A estas alturas de la crisis será necio negar que la Doctrina Social de la Iglesia haya marcado pautas renovadoras para el mundo desde que se inició con el papa Leon XIII. En la inminencia del colapso del Imperio Británico, en otro gran momento de crisis, su Rerum Novarum sacudió al mundo sediento de justicia al cargar bajo los hombros los efectos de la “voraz usura”, que perpetuaba el liberalismo impuesto como política colonial. No obstante, desde aquella época, consecutivamente ha quedado pendiente, la configuración de estructuras nuevas para preparar al mundo a enfrentar la convivencia post colonial. En una similitud histórica, el papa Francisco vivifica el espíritu de tales enseñanzas, enmarcadas en lo que el mundo actual clama: estructuras económicas y sociales de un mundo que deberá ser descolonizado en definitiva.

Semejantes observaciones adquieren particular importancia para la próxima reunión del G-20 a celebrarse en Moscú el próximo septiembre, donde se manifestará una nueva oportunidad para iniciar una reforma financiera ordenada, como respuesta al recrudecimiento de la crisis global, ocasionado por las medidas paliativas tomadas por los gobiernos después de la crisis del 2008.

Entre las pocas reacciones públicas que captaron la dimensión de las intervenciones papales, vale la pena citar la del historiador norteamericano Joseph P. Farrell, quien en su blog del 22 de mayo, observó un importante aspecto geopolítico.

“(…) Sugiero que hay un contexto geopolítico, en el cual debe verse las afirmaciones de Su Santidad. Con la creciente tendencia entre las naciones de los BRICS de actuar como un contrapunto geopolítico y financiero a las ambiciones financieras e imperiales de Occidente, una cosa inevitable que ocurrirá es que puede estar en curso un entendimiento entre el Bloque y el Vaticano. Esto ocurriría en beneficio de ambos lados. El Papado, en los tiempos modernos, ha intentado consistentemente una entrada a China y un modus vivendi de alguna forma con la Ortodoxia Oriental, donde la Iglesia Ortodoxa Rusa…tiene una influencia numérica y política mayoritaria. Y con los intentos del Sr. Putin de reforzar el frente doméstico, y su papel en la era post-soviética, por lo menos como un conducto político y social, solamente ha crecido…Un llamado por reformas, en beneficio de los pobres o subdesarrollados, es confinado a la agenda de los BRICS, especialmente, a la luz de la falta de consideración de los oligarcas occidentales con nadie que no sea de uno de los suyos”.

Gobiernos del mundo despierten

Por otro lado en un momento de improvisación en la vigilia de Pentecostés, el papa Francisco reiteró con vehemencia: los líderes globales, en la crisis actual, “se preocupan por los bancos y no por las familias que se mueren de hambre”. “La política se ocupa de finanzas y de bancos, no de los que tienen hambre”.

El 18 de mayo en la vigilia de espera de la festividad de Pentecostés, el Papa, dejó de lado por un momento el texto preparado e improvisó mensajes fuertes sobre la insensibilidad del neoliberalismo.
Francisco afirmó: “No interesa si la gente no tiene nada”. “Si caen las inversiones, los bancos, todos dicen que es una tragedia. Si las familias están mal, no tienen para comer, no importa ¡Esta es nuestra crisis!”, dijo el Papa.

“La Iglesia pobre para los pobres está en contra de esta mentalidad”, agregó Francisco, haciendo explotar el entusiasmo de los miles de jóvenes que agitaban pañuelos y gritaban: “¡Francesco, Francesco!”, “¡Francisco, Francisco”!

Además en la vigilia, el Papa respondió a preguntas hechas por los participantes, que también abordaron temas polémicos.

Uno de ellos fue el reconocimiento de que la Iglesia atraviesa por problemas:

“La Iglesia no es un movimiento político, ni una estructura bien organizada: no es esto. Nosotros no somos una ONG, y cuando la Iglesia se vuelve una ONG, pierde la sal, no tiene sabor y, por lo tanto, se vuelve una organización vacía”.

El papa pide a los responsables políticos emprender una reforma financiera

Reproducimos a continuación el texto del discurso del papa Francisco, frente a los embajadores acreditados ante la Santa Sede, el 16 de mayo. Tomado de la agencia Zenit. Texto traducido del original por Radio Vaticana.

“Señores Embajadores,

“Me alegra acogerlos con ocasión de la presentación de las Cartas que los acreditan como Embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de sus respectivos países ante la Santa Sede: Kirguistán, Antigua y Barbuda, el Gran Ducado de Luxemburgo y Botswana. Las amables palabras que me han dirigido y que agradezco profundamente, testimonian que los Jefes de Estado de sus países tienen el anhelo de desarrollar las relaciones de estima y de cooperación con la Santa Sede. Les agradezco que ustedes quieran transmitirles mis sentimientos de gratitud y respeto, asegurando mis oraciones por ellos y por sus conciudadanos.

“Señores Embajadores, nuestra humanidad está viviendo en la actualidad como un momento álgido de su propia historia, teniendo en cuenta los avances registrados en diversos campos. Debemos alabar los logros positivos que contribuyen al auténtico bienestar de la humanidad, como por ejemplo en los ámbitos de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, también hay que reconocer que la mayoría de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo siguen viviendo en precariedad cotidiana, con consecuencias funestas. Algunas patologías aumentan, con sus consecuencias psicológicas, el miedo y la desesperación se apoderan de los corazones de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos; la alegría de vivir va disminuyendo; la indecencia y la violencia aumentan; la pobreza se vuelve cada vez más impactante. Se tiene que luchar para vivir, y, a menudo, para vivir sin dignidad. Una de las causas de esta situación, en mi opinión, se encuentra en nuestra relación con el dinero y en nuestra aceptación de su imperio y dominio en nuestro ser y en nuestras sociedades. De este modo, la crisis financiera que estamos viviendo, nos hace olvidar que su primer origen se encuentra en una profunda crisis antropológica ¡en la negación de la primacía del hombre! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32, 15-34) ha encontrado una imagen nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano.

“La crisis mundial que afecta las finanzas y la economía parece poner de relieve sus deformidades, y, sobre todo, la grave falta de su orientación antropológica, que reduce al hombre a una sola de sus necesidades: el consumo. Y peor aún, el ser humano es considerado hoy como un bien en sí que se puede utilizar y luego desechar. Esta deriva se verifica a nivel individual y social. Y además ¡es promovida! En este contexto, la solidaridad, que es el tesoro de los pobres, se considera a menudo contraproducente, contraria a la racionalidad financiera y económica. Al tiempo que los ingresos de una minoría van creciendo de manera exponencial, los de la mayoría van disminuyendo. Este desequilibrio proviene de ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando de este modo el derecho de control de los Estados, aun estando encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone de forma unilateral y sin remedio posible, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y el crédito alejan a los Países de su economía real y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade, una corrupción tentacular y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de poseer se ha vuelto sin límites.

“Detrás de esta actitud se encuentra el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. ¡Igual como la solidaridad, la ética molesta! Se considera contraproducente; demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder; se ve como una amenaza, porque rechaza la manipulación y el sometimiento de la persona. Porque la ética lleva hacia Dios, que está fuera de las categorías del mercado. Dios es considerado por estos financieros, economistas y políticos, como no manejable, incluso peligroso, ya que llama al hombre a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética -una ética no ideológica, naturalmente – permite, en mi opinión, crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los líderes gubernamentales de sus países a considerar las palabras de San Juan Crisóstomo: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles sus vidas. No son nuestros los bienes que poseemos, sino suyos” (Homélie sur Lazare, 1, 6: PG 48, 992D).

“Queridos Embajadores, sería conveniente realizar una reforma financiera que fuera ética y, a su vez que comportara una reforma económica saludable para todos. Sin embargo, esto requeriría un cambio audaz de actitud de los dirigentes políticos. Les exhorto a que afronten este reto, con determinación y visión de futuro, por supuesto, teniendo en cuenta la naturaleza específica de sus contextos. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres; pero el Papa tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promoverlos. El Papa insta a la solidaridad desinteresada y a un retorno de la ética en favor del hombre en la realidad económica y financiera.

“La Iglesia, por su parte, siempre trabaja para el desarrollo integral de cada persona. En este sentido, ella recuerda que el bien común no debe ser una simple suma, un simple esquema conceptual, de calidad inferior, añadido a la agenda política. La Iglesia anima a los gobernantes a estar verdaderamente al servicio del bien común de sus pueblos. Exhorta a los dirigentes de las realidades financieras a tomar en consideración la ética y la solidaridad. ¿Y por qué no acudir a Dios para inspirar los propios diseños? Se formará una nueva mentalidad política y económica que ayudará a transformar la dicotomía absoluta entre lo económico y lo social en una sana convivencia.
Por último, saludo con afecto, a través de ustedes, a los Pastores y los fieles de las comunidades católicas en sus países. Les insto a continuar su testimonio valiente y gozoso de la fe y del amor fraternal enseñado por Cristo. ¡No tengan miedo de ofrecer su contribución al desarrollo de sus países a través de iniciativas y actitudes inspiradas en las Sagradas Escrituras!

“Y en el momento en que comienzan su misión, les ofrezco, señores Embajadores, mis mejores deseos, asegurando la cooperación de la Curia Romana para el cumplimiento de su función. Con este fin, de buen grado, invoco sobre ustedes y sus familias y sus colaboradores, la abundancia de las bendiciones divinas.”

La crisis es más grave que económica: es una crisis del Hombre

Respuesta a una pregunta formulada al Papa en la vigilia de Pentecostés realizada en Roma el 18 de mayo.

“La tercera pregunta: Déjeme preguntarle, Santo Padre, ¿como yo y todos nosotros podemos vivir una Iglesia pobre y para los pobres? ¿De qué manera el hombre sufriente es una pregunta para nuestra fe? Todos nosotros, como movimientos, asociaciones laicas, ¿qué contribución concreta y eficaz podemos dar a la Iglesia y a la sociedad, para confrontar esa grave crisis que afecta a la ética pública? – esto es importante -, ¿qué modelo de desarrollo, en la política, en suma, un nuevo modo de ser hombres y mujeres?

“Recuperar a partir del testimonio. Primero que todo, vivir el Evangelio es la principal contribución que podemos dar. La Iglesia no es un movimiento político, ni una estructura bien organizada: no es esto. Nosotros no somos una ONG, y cuando la Iglesia se vuelve una ONG, pierde la sal, no tenemos sabor y, por lo tanto, se vuelve una organización vacía. Y, en esto, sean expertos, porque el diablo nos engaña, porque existe el peligro del eficientismo. Una cosa es predicar a Jesús, otra es la eficacia, ser eficiente. No, eso es otro valor. El valor de la Iglesia, fundamentalmente, es vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. La Iglesia es la sal de la tierra, es la luz del mundo, está llamada a hacer presente en nuestra sociedad el legado del Reino de Dios y hacerlo, por encima de todo, con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir. Cuando se oyen a algunos diciendo que la solidaridad no es un valor, sino una “actitud primaria” que debe desaparecer… ¡no es por ahí! Se está pensando en una eficacia solamente mundana. Los momentos de crisis, como este que estamos vivendo – y usted dice que “estamos en un mundo de mentiras” -, en este momento de crisis, estemos atentos, no consiste en una crisis solamente económica ,¡ no es una crisis cultural! .Es una crisis del hombre: ¡quien está en crisis es el hombre! ¡Y quien puede ser destruido es el hombre! ¡Pero el hombre es la imagen de Dios! ¡Por eso es una crisis profunda! En este momento de crisis, no podemos preocuparnos solamente de nosotros mismos, encerrarnos en la soledad, en el desánimo, en el sentido de la impotencia ante los problemas. . ¡ No se encierren por favor! ¡No! Esto es un peligro: si nos encerramos en la parroquia, con los amigos, en el movimiento, con aquellos con quienes pensamos las mismas cosas … ¿saben lo que pasa? Cuando la Iglesia se encierra, ella padece. Piensen en una sala cerrada durante un año, cuando entramos en ella, sentimos el olor de la humedad, de tantas cosas que no están como deberían de estar. Una Iglesia cerrada es la misma cosa: es una Iglesia doliente. La Iglesia debe salir de si misma. ¿Dónde? Hacia La periferia existencial, cualquiera que esta sea, pero salir. Jesús dijo. “¡Anden por todo el mundo! ¡Anden! ¡Prediquen! Den testimonio del Evangelio” (Mc 16,15).

“¿Pero qué pasa si salimos de nosotros mismos? Puede ocurrir lo que acontece con todos los que salen de casa y van por la calle: un accidente. Pero yo les digo: prefiero mil veces una Iglesia accidentada, involucrada en un accidente, a una Iglesia enferma por el encerramiento. ¡Salgan hacia afuera, salgan! Piensen en aquello que dice el Apocalipsis. Dice una cosa muy bonita: que Jesús está a la puerta y está llamando para entrar en nuestros corazones (Ap 3,20). Este es el sentido del Apocalipsis. Pero háganse a si mismos esta pregunta: ¿Cuántas veces Jesús está dentro y toca la puerta para salir hacia afuera, y nosotros no nos dejamos salir, por nuestra seguridad, porque tantas veces estamos encerrados en estructuras caducas, que solamente sirven para mantenernos como esclavos, en lugar de cómo hijos libres de Dios? En nuestra ‘salida’ es importante caminar al encuentro -esta palabra es muy importante-, al encuentro de los otros. ¿Porqué? Porque la fe es un encuentro con Jesús, y nosotros debemos hacer la misma cosa que hizo Jesús: encontrar a los otros. Vivimos una cultura de choque, una cultura de fragmentación, una cultura en que aquello que no me sirve, lo echo fuera, una cultura del desperdicio. Pero sobre este punto, los invito a pensar -y es parte de la crisis-,los ancianos, que son la sabiduría de un pueblo, los niños…¡la cultura del desperdicio!

“Pero nosotros debemos ir al encuentro y debemos crear, con nuestra fe, una ‘cultura del encuentro’, una cultura de amistad, una cultura donde nos volvamos hermanos, donde podamos hablar hasta con aquellos que no piensan como nosotros, con aquellos que tienen otra fe, que no son de la misma fe. Todos tiene alguna cosa en común con nosotros: somos imágenes de Dios, somos hijos de Dios. Vayamos al encuentro con todos: sin negociar nuestra pertenencia. Y otro punto es importante: con los pobres. Si salimos de nosotros mismos, encontramos la pobreza. Hoy- y decir esto hace mal al corazón-, encontrar a un mendigo muerto de frío no es noticia. Hoy es noticia, tal vez, un escándalo. Un escándalo: ¡Ah, esto es noticia! Hoy, pensar que tantos niños no tienen que comer no es noticia. ¡Esto es grave, esto es grave! ¡No podemos descansar tranquilos! Bien, las cosas son así. No podemos volvernos cristianos almidonados, aquellos cristianos muy educados, que hablan de cosas teológicas mientras toman té, tranquilos. ¡No! ¡Debemos convertirnos en cristianos valientes y buscar aquellos que son la carne de Cristo! Cuando confesaba en la diócesis anterior, venían algunos que siempre preguntaban: ‘¿Pero el señor da limosnas?’ (…) Y cuando da limosnas ¿toca las manos de aquellos a quien da limosnas, o les avienta la moneda?’ Este es el problema: la carne de Cristo, tocar la carne de Cristo, tomar como nuestro el dolor de los pobres. Para nosotros, cristianos, la pobreza no es una categoría sociológica, filosófica o cultural: no, es una categoría teológica. Yo diría, tal vez, la primera categoría, porque dios, el Hijo de Dios, se humilló y se hizo pobre para andar con nosotros en el camino. Y esta es nuestra pobreza: la pobreza de la carne de Cristo, la pobreza que fue llevada por el Hijo de Dios con su Encarnación. Una Iglesia pobre para los pobres comienza caminando hacia la carne de Cristo. Si caminamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender las cosas, a entender lo que es esa pobreza, la pobreza del Señor. Y esto no es fácil.

“Pero hay un problema que no es bueno para los cristianos: el espíritu del mundo, el espíritu mundano, la mundanidad espiritual. Esto lleva a una suficiencia, a vivir el espíritu del mundo, y no el de Jesús. La pregunta que usted hace: como se debe vivir para confrontar esta crisis que aflige a la ética pública, el modelo de desarrollo, la política. Como esta es una crisis del hombre, una crisis que destruye al hombre, es una crisis que aleja al hombre de la ética. En la vida pública, en la política, si no existe ética, una ética de referencia, todo es posible y todo se puede hacer. Y vemos, cuando leemos los periódicos, como la falta de ética en la vida pública hace tanto daño a la humanidad entera.

“Déjenme contarles una historia. Ya lo hice dos veces esta semana, pero voy a hacerlos por tercera vez, aquí con ustedes. Es la historia de un midrash bíblico de un rabino del siglo XII. El cuenta la historia de la construcción de la Torre de Babel y dice que, para construirse la Torre, primero se necesitaba hacer los ladrillos. ¿Qué significa esto? El piso, mezclar barro, acarrear paja, hacer todo lo demás -y, después llevarlo al horno. Y cuando los ladrillos estaban hechos, era necesario acarrearlos hasta el local dela construcción de la Torre de Babel. Un ladrillo era un tesoro, por todo el trabajo que costaba hacerlo. Cuando un ladrillo caía, era una tragedia nacional, y el trabajador culpable era castigado; un ladrillo era tan precioso que, si se caía, era un drama. Pero, si un trabajador caía, no pasaba nada, era otra cosa. Esto ocurre hoy: si las inversiones en los bancos caen un poco -tragedia- ¿qué hacemos? Pero si las personas mueren de hambre, si no tienen que comer, si no tienen salud, ¡no se hace nada! ¡Esta es nuestra crisis de hoy! Y el testimonio de una Iglesia pobre para los pobres va contra esa mentalidad”.

 

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