Europa y el abastecimiento ruso de energéticos

En estos días en los que la Federación Rusa de Vladimir Putin ha sido puesta de nuevo en la posición del adversario número uno de “Occidente”, entendiéndose como tal el bloque de países congregados en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), se ha afirmado hasta el cansancio que los EUA tienen condiciones de sustituir parcialmente las exportaciones rusas de gas natural hacia Europa, la cual depende de ellas para cubrir en un cerca de 40% sus necesidades energéticas. El abastecimiento sería resultado del cacareado éxito de la explotación del gas de lutitas (shale gas) con la tecnología del fracturamiento hidráulico, conocida como fracking.

Como un mantra, la idea ha sido repetida una y mil veces por autoridades gubernamentales y comentaristas académicos y periodísticos, para reforzar la agenda del supuesto “aislamiento” de Moscú, a causa de su actitud asertiva en la crisis de Ucrania, en especial, después de la reanexión de Crimea a la Federación Rusa, aprobada por 96% del electorado local, en el referendo del pasado 16 de marzo.

Un editorial del periódico brasileño O Globo del 9 de marzo pasado titulado “Responder a Putin con la misma arma de la energía”, es representativa de aquella línea de pensamiento:

“(…) el poder de embargo de Putin en relación al arma económica podría ser evaluado en el futuro. Planificadores del gobierno americano trabajan para transformar en una poderosa arma de disuasión la reciente bonanza lograda por el país con la viabilidad de la producción a partir de las vastas reservas de gas no convencional. (…) Los EUA todavía no exportan ese gas. Pero, según el New York Times, el Departamento de Energía ya comenzó a emitir permisos para que las compañías americanas inicien exportaciones en 2015 (…) Se puede esperar para los próximos años, entonces, una sensible reducción del poder de presión de Rusia sobre las ex-repúblicas soviéticas y sobre Europa con base en el uso de la energía como arma política. Será un cambio histórico.”

Sin embargo, semejante escenario pasa por encima de dos detalles que vienen siendo destacados por un número creciente de especialistas: 1) la dudosa perspectiva de la expansión del gas de lutitas; y 2) la inviabilidad física de que los EUA aumenten sus exportaciones energéticas hacia Europa a corto y mediano plazo, a excepción del carbón.

En un artículo publicado en el sitio New Eastern Outlook el pasado 19 de marzo, el analista norteamericano F. William Engdahl, especialista en geopolítica energética, vuelve a alzar la voz de que la así llamada “revolución de las lutitas” no pasa de ser un globo de ensayo inflado por Wall Street.

Después de mencionar los acuerdos hechos con el gobierno ucraniano, todavía durante la gestión del depuesto presidente Viktor Yanukovich, con las empresas petrolíferas Shell, Chevron y Exxon Mobil, para la explotación de áreas del este del país (“exactamente donde es más fuerte el sentimiento pro-Rusia”), Engdahl es categórico:

“Hay solamente una cosa equivocada con la perspectiva ucraniana de una revolución energética basada en el gas de lutitas. La revolución del gas de lutitas en los EUA ya acabó, apenas algunos años después de haber comenzado. La Shell acaba de anunciar una vasta reducción en su exposición al desarrollo del gas de lutitas norteamericano. La empresa está vendiendo sus concesiones en cerca de 700 mil acres (alrededor de 2800 km2) de tierras, en las grandes áreas de lutitas de Texas, Pensilvania, Colorado y Kansas, y dice que se tiene que librar de todavía más, para interrumpir sus pérdidas con el gas de lutitas (…).

“El problema con el gas no convencional es que no se comporta como las demás reservas convencionales. Se agota de una forma dramáticamente rápida, después de un súbito aumento inicial de producción, en lugar de agotarse lentamente, a los largo de los años. El truco es salirse antes que la burbuja estalle. Pero gigantes como la Shell y BP fueron atrapados y, ahora, están, claramente, intentando llevar a los incautos ucranianos a la trampa de las lutitas. Podemos apenas sospechar que el largo brazo del Departamento de Estado de Victoria Nuland esté incitando al diablo, a la Chevron y a otras grandes petroleras a alimentar las ilusiones ucranianas de independencia energética de Rusia, vía la explotación del gas de lutitas”.

Citando datos proporcionados por el renombrado analista del mercado petrolero, David Huges, Engdahl observa que, si el gas de lutitas ya responde por casi el 40% de la producción de gas natural de los EUA, por otro lado:

-la producción no ha aumentado desde diciembre de 2012;

-ochenta por ciento de la producción proviene de cinco grandes áreas, algunas de las cuales se encuentran en decadencia;

-las altas tasas de declive de los campos exigirán inyecciones continuas de capital, estimadas en 42 mil millones de dólares anuales, solamente para mantener la producción actual; en comparación el valor del gas producido en 2012 no pasó de 32 500 millones de dólares.

Su conclusión: “Como el gas se agota tan rápidamente, la empresa es forzada a invertir en más y más pozos, sólo para mantener la producción estable, como un tigre persiguiendo a su propia cola alrededor de un árbol. En suma, el gas de lutitas es un espejismo que está desapareciendo”.

Otro especialista, el ruso Nikolai Bobkin, dice que la crisis ucraniana está siendo enfrentada por sectores del establishment estadounidense como una oportunidad para maniobrar la geopolítica energética contra Rusia. Escribiendo en el sitio Strategic Culture Foundation el 31 de marzo pasado, menciona una audiencia del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Diputados de los EUA celebrada el 26 de marzo, dedicada a discutir el “potencial geopolítico del boom energético de los EUA”. En la ocasión, el presidente del comité, Ed Royce (republicano por California), afirmó que la dependencia europea de las exportaciones energéticas rusas constituye un óbice para la influencia estadounidense y a su influencia política sobre Ucrania. Para él, la forma de rectificar tal situación sería debilitar a Rusia, reduciendo los precios y alejándola de los mercados tradicionales -lo que Bobkin considera una intención de declarar una “guerra energética” contra la Federación Rusa.

Empero, Bobkin comenta con pragmatismo los hechos referentes a la dependencia europea del gas natural:

“(…) Desde 2011, Rusia ha sido el principal abastecedor de energía para Europa, dejando atrás a Noruega, Argelia y otros países. Lituania, Letonia, Estonia, República Checa, Eslovaquia y Bulgaria dependen 100% de los abastecimientos de gas de Rusia. A pesar de que Alemania ha intentado durante años reducir su dependencia, todavía importa de Rusia el 28% de su gas, como el año pasado. No hay como reducir abruptamente las importaciones. Existen pocas alternativas, que se reducen, básicamente, a los EUA, Qatar e Irán.”

En torno a estos países escribe:

-EUA. Aunque el gas de lutitas haya permitido al país reducir su demanda de carbón y exportarlo hacia Europa, la insuficiencia de la infraestructura europea para la recepción del gas licuado de petróleo (GLP) impide cualquier aumento significativo de las exportaciones estadounidenses, antes de 5-6 años.

Además, cualquier aumento de las exportaciones implicará aumentos de los precios internos, lo cual perjudicará a la propia economía norteamericana. Su conclusión. “Los EUA no tienen chance contra Gazprom”.

-Irán. Para aumentar sus exportaciones, sería necesario construir gasoductos conectando al país a Europa, perspectiva dañada por los sucesivos embargos impuestos por los EUA y la Unión Europea (UE). Además de esto, hasta con la suspensión de los mismos, la construcción de infraestructura nueva llevaría algunos años y, difícilmente, Teherán dejaría de coordinar sus políticas de precios con Moscú, uno de sus principales aliados estratégicos.

-Qatar. El país responde por una cuarta parte del gas natural importado por Europa, pero la prioridad del continente en su agenda política ha disminuido. Todavía este año, Doha podría reducir su abastecimiento a Europa, para favorecer a Asia y a América Latina. Para aumentar las exportaciones, sería necesario construir un gasoducto que atravesará Siria e Irak, países cuyas situaciones internas no ofrecen perspectiva positiva alguna, en un plazo previsible.

En síntesis, el camino de confrontación con Moscú no parece ser el más adecuado para los europeos. Harían bien en enfriar su cabeza llenas de gas y emprender una diplomacia dirigida a buscar la cooperación frente a las propuestas rusas para una agenda de desarrollo euroasiático, la cual tiene un vasto potencial para convertir al continente en motor de la reconstrucción económica mundial.




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