¿Qué es el trabajo? Una reflexión teológica

Dr. Jonathan Tennenbaum, desde Berlín.

Este artículo es una introducción de una serie titulada “El futuro del trabajo“.

Antes de entrar en materia, debemos cuestionarnos: ¿Cuál es el significado del término “trabajo”? ¿Cuál es el concepto básico que subyace? ¿O cuál debe ser el concepto? Dar una respuesta verdaderamente adecuada requiere una incursión por la filosofía y por la teología. Algunos lectores podrían creer que mis consideraciones son muy abstractas e incluso abstrusas, pero estoy convencido de que son necesarias. Para definir la palabra “trabajo” de forma adecuada, ¡necesitamos hacer un cierto trabajo!

En realidad, el término “trabajo” ha tenido diferentes significados para cada persona. En un extremo del espectro, tenemos la esclavitud y el trabajo forzado, que, desgraciadamente, todavía es un fenómeno masivo en el mundo. Centenas de millones de personas enfrentan una condición que, de hecho, no es mucho mejor que la esclavitud.

A la mitad del espectro, tenemos un amplio porcentaje de personas empleadas que trabajan en áreas con las cuales no se identifican, pero que ven su propio trabajo como un sacrificio necesario para obtener bienes y servicios que les son necesarios o deseados. Para estas, el trabajo significa tiempo y esfuerzo substraído de sus vidas. Serían felices si pudiesen obtener bienes y servicios ¡sin trabajar! Al mismo tiempo, muchas de estas personas logran una verdadera satisfacción al desarrollar sus actividades profesionales, por ejemplo, cuando esto les da condiciones para mantener una familia. Este resultado da un alto propósito a su trabajo.

En el otro extremo, los astronautas observan nuestro planeta desde el espacio, mientras se involucran en una ardua, pero placentera tarea, la de expandir el conocimiento científico, lanzando las bases para que la raza humana pueda colonizar el espacio y, eventualmente, transformar el Sistema Solar. Para ellos, el trabajo es un acto de libertad, abriendo un nuevo universo para la actividad humana. Estos astronautas pertenecen a una clase de personas que aman su trabajo.

Cuando pensamos sobre este tipo de relacionamiento con el trabajo, usualmente pensamos en profesiones como artistas, músicos, poetas, científicos y filósofos. Pero podemos hallar individuos que aman su trabajo en prácticamente todas las áreas de la sociedad, incluso entre aquellos cuya actividad pudiera parecer poco interesante o sin mucho reconocimiento. Todo esto sugiere que cuando consideramos el significado del trabajo, necesitamos enfocar sobre todas sus dimensiones subjetivas. Por la misma razón, no debemos pensar el futuro del trabajo como algo predeterminado por la tecnología o por otros factores. Al contrario, es nuestra tarea, como seres pensantes, moldear el futuro, o todavía más, crear el futuro. Además de la necesidad moral inmediata de eliminar la esclavitud y otras formas inhumanas de trabajo, necesitamos de una concepción universal e ideal del trabajo para guiar nuestras actividades.

Para profundizar este punto, creo que el Libro del Génesis es el mejor punto de partida.

Debo enfatizar que yo no soy teólogo y que mi propósito no es el de hacer un análisis sistemático de ese documento. En lugar de esto, quiero usar las palabras de la Escritura como una inspiración para desarrollar mi propio pensamiento sobre el futuro del trabajo. En este contexto, también he buscado inspiración en la encíclica Laborem Exercens (Sobre el Trabajo Humano) del papa Juan Pablo II, quien cita también en diversas ocasiones el Libro del Génesis.

En mi opinión, la Laborem Exercens debe ser estudiada por todos aquellos –independientemente de su orientación religiosa- que estén realmente interesados en el futuro del trabajo. Desde mi punto de vista, el trabajo es, esencialmente, un proceso de creación que tiene lugar en nuestras mentes. Incluso el ya mencionado trabajo físico, siempre y cuando no sea meramente repetitivo, involucra actos de cognición que son de carácter fundamentalmente creativo, no importa cuán significativos parezcan ser. Este punto se torna más evidente cuando tomamos conocimiento de la primacía ontológica del espíritu o del dominio subjetivo (ver adelante).

La Biblia es muy clara al identificar los actos de la creación de Dios como “trabajo”, tal como está en Génesis 2.2, donde leemos que, en el séptimo día, Dios “descanso de todo el trabajo que había realizado”. También según el Génesis (1.1), el trabajo original fue la creación de los “cielos y de la Tierra” por Dios. Desgraciadamente, hoy la mayoría de las personas piensan en esta creación de una forma muy materialista. Ellas hablan en entender que este pasaje significa que la idea de “cielos y Tierra” tuvo que ser creada “primero” (en el sentido ontológico), tal como la intención viene antes de la acción, y que el significado viene antes de su expresión por medio de la palabra o de la escritura.

Este punto es esencial para esclarecer la naturaleza de la creatividad, como lo sugiero más adelante. Para mí, la orden de Dios., “Hágase la luz”, tiene un profundo significado para el concepto de trabajo, que es difícil ser expresado en palabras. Leyendo El Génesis (1.2) partiendo de la cuestión aquí planteada, entiendo que la “luz” significa la consciencia (o el “despertar” de la consciencia) como una idea universal. En un fuerte sentido, esto significa el poder por el cual todas las cosas son percibidas o conocidas. El trabajo es siempre una acción deliberada y ocurre solamente a la luz de la consciencia, siendo inseparable del proceso de percepción y del conocimiento. Los actos involuntarios, inconscientes y sin reflexión, no constituyen un trabajo.

Yo interpreto que El Génesis (1.4 y 1.5) implica que, en su acto de dar luz a partir de la oscuridad, distinguiéndose el día de la noche, Dios creó la idea del tiempo. El texto describe el trabajo de Dios como una serie ordenada de acciones de creación. A mi entender, este es un despliegue de la idea original de la Creación. Dios creó a la estrellas y, luego, a los mares y la tierra, las simientes, las plantas, los peces, los peces y animales y, finalmente, al hombre. A lo largo de este proceso, Dios declara el propósito de esos actos. Esto significa que toda la creación existe por una razón –una razón que puede, al principio, ser inteligible. La intencionalidad es una característica universal del trabajo. Ahora, cuando El Génesis (1.6) nos habla de la creación del Hombre por Dios, “a su imagen y semejanza”, implica que el trabajo del Hombre debe ser a imagen del trabajo de Dios y debe, de alguna forma, compartir de su cualidad creativa.

Además de esto, Dios atribuyó el trabajo directamente para ser hecho por el hombre. Leemos en Génesis (i.28) la instigación de Dios:

“Creced y multiplicaos; henchid la tierra y sometedla”. Este último mandato define el vasto alcance de la tarea humana. La encíclica Laborem Exercens sugiere, de hecho, que la expresión “tierra” debe ser entendida aquí como una referencia a todo el Universo visible, en lugar de una referencia exclusiva a la Tierra en el sentido literal.

Para mí, la expresión “Henchid la tierra” significa desarrollar, desplegar lo que está en la idea original de la Creación. De forma similar, en el capítulo 2 del Génesis, donde Adán es puesto en el jardín del Edén y recibe la misión de trabajar para cultivarlo, “cultivar el jardín” es una expresión alegórica para desarrollar el Universo. Estos y otros pasajes sugieren la idea de que Dios destinó a los seres humanos la tarea de continuar el trabajo que Él comenzó en la Creación. Desde este punto de vista, en un cierto sentido, debemos vernos a nosotros mismo como colaboradores de Dios o como sus “empleados”, en el incesante trabajo de la Creación. Debemos entender que Dios nos creó con esa intención y que cada uno de nosotros, día a día, debe buscar descubrir la manera en que podemos contribuir a este trabajo de la mejor forma posible.

Y no pienso que Dios nos daría esta tarea sin darnos las habilidades para concretizarla.

De aquí resulta el hecho de que el hombre tiene el don de trabajar “a imagen del Creador”. La ciencia de la economía física describe la forma en que el ser humano trabaja, en medio del proceso de desarrollo del Universo, lo que permite a la humanidad sustentar una gran población y mejorar la calidad de sus existencia –al mismo tiempo en que amplía su poder de intervención en este proceso. Este último poder es resultado del progreso del conocimiento científico y de sus aplicaciones tecnológicas. De ahí que el trabajo humano es un proceso en auto-expansión y auto-sustentable.

Se nos recompensa por nuestro trabajo, por la alegría de aproximarse al Creador, por la comprensión cada vez más profunda de la idea de la Creación y de su expresión en la organización inteligible del Universo –así como del descubrimiento y del ejercicio de las habilidades creativas que Dios implantó en cada ser humano. Naturalmente, para que todo esto ocurra, necesitamos primero aceptar el empleo al que Dios nos destinó.

La idea enunciada aquí levanta una serie de dificultades conceptuales y, tal vez, la más importante sea la siguiente:

He utilizado la creación de los Cielos y de la Tierra por Dios como punto de referencia para desarrollar la noción de trabajo humano como una actividad creativa. ¿Pero los seres humanos serían realmente capaces de crear de la misma forma que Dios? Muchos podrían rechazar semejante comparación, alegando que los seres humanos solamente pueden combinar y modificar los objetos ya existentes, mientras que Dios habría creado el Universo a partir del vacío. De modo que- argumentan- la creatividad humana tiene una naturaleza completamente diferente de aquella de Dios. Así, el trabajo de Dios no podría servir como modelo –incluso como un “punto no infinito”- para lo que el trabajo y la creatividad humana deberían ser.

En mi opinión, esta dificultad resulta de un pensamiento excesivamente materialista sobre el Universo y la actividad humana. Solamente pocos conciben el dominio espiritual (o el dominio de la consciencia per se) como ontológicamente primario. La cultura moderna ve a los seres humanos, antes que todo, como objetos físicos, con una extraña cualidad de “consciencia”, que de alguna forma les fue dada. Cuando excavamos más hondo en el dominio de la mentalidad de la era moderna, descubrimos una creencia casi fanática en la primacía ontológica de un “Universo físico objetivo”, que existe de forma independiente de la mente humana. Según esta corriente de pensamiento, ese es el único Universo que es verdaderamente “real” y el reino de lo subjetivo es visto como un reflejo distorsionado de la realidad, del mundo físico. Aquí, la consciencia es considerada como un producto de procesos físicos que ocurren en los en los tejidos cerebrales.

¿Estoy defendiendo aquí que la realidad no existe? No. Pero, ¿cuál es el significado de “existir”? Si reflexionamos de una forma realmente sin prejuicios, pero de manera totalmente rigurosa, sobre la manera como nuestra mente forma sus concepciones de “existencia” y “realidad objetiva”, veremos, entonces, que el “Universo real y objetivo” no puede ser primariamente ontológico. En lugar de esto, su substancia objetiva y significativa deriva del dominio subjetivo, a partir de la mente (y de todo lo que está escondido en la mente). La mente (o el alma) es el único locus de todas las experiencias (fenómenos) en cuya base formamos/creamos una concepción en constante desarrollo de la realidad, como un principio organizador para la totalidad del fenómeno analizado. En este sentido, es superfluo, desde el punto de vista ontológico, intentar separar la realidad física existente del dominio de la consciencia. Esto es lo que Leibniz quiso decir cuando escribió que “las mónadas no tienen ventanas”.

La afirmación del filósofo alemán puede parecer bizarra e incomprensible para casi todos en la actualidad, por las razones que antes identifiqué. El significado de esta frase fue en gran medida explicado por el filósofo Edmund Husserl, quien usó el método que denominó “fenomenología” (por desgracia, hoy casi nadie lo entiende).

Una vez que aceptemos la primacía ontológica del dominio subjetivo –el dominio de la mente- se vuelve claro que los seres humanos poseen efectivamente el poder de crear en el mismo sentido (o significado) del verbo “crear” utilizado en el Libro del Génesis (1.1-1.3), para describir el trabajo de Dios. Esta similitud está localizada en los poderes cognitivos de la mente humana, específicamente, en su poder de generar nuevas ideas y nuevos conceptos, que no son meras combinaciones de otras ideas y conceptos pre-existentes. La creación de nuevos conceptos ocurre en cierta extensión, en prácticamente todas las esferas de la actividad humana.

Donde es más evidente es en las grandes obras poéticas, musicales y pictóricas clásicas, ya que tales obras incorporan los actos “puros” de creación por medio de la mente humana.  La composición de la Novena Sinfonía por Ludwig van Beethoven es una poderoso ejemplo, que fue creado por el con esa intención de serlo.

Las acciones humanas de creación, generalmente, comienzan con la formación de una intención, que se “manifiesta” entonces en las actividades subsecuentes. Podemos hablar aquí de un “universo de actividad”, que crece a partir de la intención original, usualmente, por medio de una fase intermedia de creación de un primer plan que registre la intención original. Pero frecuentemente, el “nuevo universo” se desarrolla como una forma de actividad social, tal como se expresa de admirable forma en la actividad de arquitectos y artesanos que diseñaron y construyeron las grandes catedrales de Europa. De hecho, pienso que esta actividad proporciona el mejor punto de referencia para debatirse hoy el futuro del trabajo. La construcción de catedrales en los períodos de la Edad Media y del Renacimiento combina la arquitectura, arte, conocimiento científico, ingeniería, tecnología y especialidades de construcción civil en una forma universal de trabajo social creativo.

¿Será que ahora, tenemos todas las subvenciones para definir el trabajo como un proceso de creación? ¡Todavía no! Falta todavía un elemento crucial: yo especifiqué que el trabajo humano debe ser una imagen del trabajo de Dios en la creación del Universo y argumenté que el poder creativo de los seres humanos reside en la habilidad de generar nuevas ideas y conceptos. Pero los seres humanos pueden generar conceptos errados, inventar teorías falsas, producir horrible música cacofónica, diseñar predios feos, etc. De ahí, para que el trabajo humano sea verdaderamente una imagen del trabajo de dios, debe incluir un elemento de juicio crítico. Aquí, nuevamente yo encuentro la clave para una respuesta en el Libro del Génesis. En el capítulo 1, somos repetidamente informados de que Dios, después de completar una determinada etapa en el proceso de la creación, “vio que era bueno” (versículos 1.4, 1.10, 12.1, 18.1.21 y 1.31). En mi opinión, esta frase no ha recibido la debida atención. Para mí, ella significa un acto de juicio. El trabajo del hombre solamente puede ser la imagen del trabajo de Dios, cuando puede ver “que su trabajo es bueno”.

“Bueno” –que debe tener el mismo significado tanto para el hombre como para Dios- es un criterio universal de juicio. Se extiende más allá de la esfera moral, como una comprensión común y subsidia una noción de “verdad”, en el sentido científico-tecnológico, y de “belleza”, en el sentido estético. Por tanto, una vez que nada puede ser ocultado al juicio de Dios, una reflexión crítica del hombre sobre sus propios actos de creación debe acompañar a todo el dominio de su actividad –y no solamente su resultado “objetivo”. Para juzgar, verdaderamente, si nuestra actividad es “buena”, necesitamos mirar dentro de nuestra propia personalidad y motivaciones.

Finalmente, el tono alegre en El Génesis 1.31 (donde leemos: “Dios contempló toda su obra, y vio que todo era muy bueno”) hace claro que Dios se sintió feliz cuando Él contempló el trabajo de la Creación. No es sorprendente, por tanto, que los seres humanos también se sientan felices cuando trabajan “a imagen del trabajo de Dios”. Al completarnos una fase de trabajo creativo y podemos “ver que es muy bueno”, experimentamos un tipo muy especial de alegría y satisfacción. Estas emociones nos impulsan a seguir, aunque las tareas sean arduas y desafiantes. Nosotros amamos lo que hacemos y esperamos que, en el futuro, el trabajo tenga el mismo significado para todos. Así, concluyo el esbozo de mi concepto propuesto de trabajo. En un próximo artículo, aplicaré este concepto para desarrollar algunas ideas nuevas sobre el futuro del trabajo, tomando en cuenta los grandes cambios que están ocurriendo hoy en el mundo. No obstante, primero, para mí y para usted, querido lector, ¡es tiempo de descansar!

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