Leibniz, tres siglos de inspiración

Elisabeth Hellenbroich*

Hace trescientos años, el 14 de noviembre de 1716, moría en Hannover el gran filósofo, científico y diplomático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, dejando como herencia un inmenso trabajo científico y filosófico. Su legado incluye una amplia correspondencia con los principales científicos, juristas, diplomáticos y representantes religiosos de la época –documentación todavía no explorada por completo.

Diversas conmemoraciones se realizaron en Alemania, lo que trae a colación una serie de asuntos que han sido investigados por los principales investigadores de su obra. Uno de esos especialistas, la profesora Maria Rosa Antognazza, del King’s College de Londres, dio una conferencia en el ayuntamiento de Hannover el día 14 sobre el tema “Unidad en la diversidad en la vida de Gottfried Wilhelm Leibniz.” En Leipzig, a su vez, el Instituto Max Plank de Matemáticas organizó una conferencia de dos días titulada “Leibniz y las ciencias,” que incluyó a Antognazza, a Daniel Garber (Leibniz y la geología), a Richard T. W. Arthur (Leibniz y la teoría quántica), a Eberhard Knobloch (Leibniz y el infinito) y Justin E. Smith (Leibniz sobre los cuerpos orgánicos y los seres vivos).

El renombrado escritor austro-alemán David Kehlmann, autor de la novela La medida del mundo, en la que describe de forma poética el encuentro de Alexander von Humboldt y Carl F. Gauss en 1828, exaltó al brillante pensador universal Gottfried Leibniz, quien, con sus conceptos revolucionarios, más tarde estudiados en su trabajo Monadología, puede servir de inspiración a la ciencia moderna. A su vez, el director del Centro Chino de Tubinga, Dr. Helwig Schmidt-Glintzer, habló sobre el tema de “El Renacimiento Chino –un desafío para Europa.”

 

UNESCO: “Documentos fundadores de la Humanidad”

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura (UNESCO), declaró a la obra de Leibniz “documentos fundadores de la Humanidad” en 2007. Todavía existen 200 mil manuscritos y 15 mil cartas inéditos y sin estudio, guardados en el archivo dedicado a Leibniz en Hannover. El análisis de esa documentación puede traer una comprensión fascinante sobre el periodo en el que vivió.

Nacido en medio de guerras religiosas, el primero de julio de 1646, Leibniz pasó su infancia en Leipzig, donde estudió jurisprudencia. Se convirtió en un prominente jurista y asesor de un notable diplomático, Johannes Christian von Boeineburg (1622-1672), quien lo envió a París, donde permaneció cuatro años. La obra de Boeineburg La paz de Westfalia (1648) fue un documento revolucionario, que proponía el “perdón mutuo”, la reconciliación y la tolerancia para traer la paz a Europa, después de treinta años de sangrientas guerras religiosas, estas suenan cual eco de las devastadoras guerras que se libran en la actualidad en el Medio Oriente.

Cuando estuvo a su servicio, Leibniz escribió una serie de memorandos para von Boeineburg, el cual se había trasladado a Maguncia. El joven Leibniz desarrolló en esos documentos los planes para reconstruir el Sacro Imperio Romano-Germánico. Sus conceptos principales dieron un nuevo impulso al progreso científico (proyectos académicos y reformas legales), combinado con medidas en el campo económico y de infraestructura (con inversiones en la minería, energía, molinos de viento y proyectos sociales complementados con una reforma educativa destinada a toda la población).

El inmenso volumen de correspondencia de Leibniz revela que sostenía comunicación con los principales científicos de su época. Debatió problemas de física, de metafísica y de matemática con Chritian Huyghens y, también, tuvo relación con personalidades como Johann Bernoulli (1667-1748), Burchard de Volder (1643-1709), Bartolomé Des Bosses (1668-1738), Christian Wolff (1663-1709) y muchos otros. Su correspondencia con Samuel Clark (1675-1729), un destacado discípulo de Issac Newton, mediada por la princesa Carolina de Gales, constituyen “un tesoro repleto de visiones maduras en una enorme gama de asuntos, entre los que destacan la naturaleza del tiempo y del espacio,” como destaca Antognazza en su libro introductorio al pensamiento de Leibniz. En ese mismo periodo, Leibniz tuvo relación con los asesores del zar ruso Pedro el Grande, a quien sirvió como asesor personal en los esfuerzos para la modernización del Imperio Ruso. Intercambió correspondencia con el emperador chino Kangxi (1662-1722), y con numerosos diplomáticos de Europa y con representantes de la Iglesia Católica, con quienes debatió sobre “una nueva alianza ecuménica.”

 

El método de pensamiento de Leibniz

Uno de los aspectos más importantes del pensamiento de Leibniz fue subrayar que, luego de las largas y devastadoras guerras religiosas de Europa, la sociedad tenía que ser guiada por la idea de “justicia y amor,” Sin el amor a Dios, afirmaba Leibniz, nos sería posible establecer una sociedad justa. Por medio de la imitación de Dios y por el descubrimiento de las leyes de la naturaleza, el hombre establece las bases para la mejoría constante de las condiciones de vida. En su ensayo titulado “La filosofía y la ciencia en Leibniz” (2016), Antognazza utiliza el trabajo “Memoria para personas iluminadas,” publicado en 1690 por Leibniz, en el que desarrolla la idea de que la verdadera finalidad de sus cuestionamientos está dedicada a la promoción del “Bien Común” y de la “felicidad humana.” Según ella, “el trabajo de Leibniz sobre física, y sus cuestionamientos sobre el mundo natural, son dignas de una enciclopedia, un plan sistemático del desarrollo de todas las ciencias basado en la unidad del conocimiento y, por último, en la felicidad humana.” Para Leibniz no había mejor forma de celebrar la Gloria de Dios en su creación que “avanzar en todos los campos de la ciencia, para mejorar la creación humana.”

 

La vigencia de los descubrimientos de Leibniz

Con sus descubrimientos en matemática (cálculo infinitesimal y sistemas binarios), así como en la física, su trabajo con la dinámica y la energía y con su “principio de la conservación de la energía,” además de sus escritos filosóficos, Leibniz estableció la base para la matemática, la informática y la física modernas.

Más aún, aquí hay una ironía: en nuestra época, a pesar de que el conocimiento humano y de la información parecen completamente inaccesibles por el método de la digitalización y de los algoritmos complicados, el método científico aplicado por Leibniz en su Arte de la invención (ars inveniendi) resulta irrelevante y barroco para muchos científicos de la actualidad. Esto es opuesto a lo que pensaba el físico alemán Carl Friedrich von Weizsäcker (1912-2007), tal y como él mismo reveló a esta autora durante un coloquio en Tubingia en 2002, en conmemoración a su nonagésimo aniversario. Cuando se le preguntó sobre lo que él consideraba la prueba más dura para la ciencia moderna, respondió que “la física debe volver a los principios antiguos que Platón desarrollo en su diálogo Parménides, en especial sobre la “paradoja del uno del múltiple.”

Leibniz, seguidor de Platón, se dedicó a este mismo problema y trató de demostrar que existe la “unidad entre la ciencia y la metafísica.” En sus numerosas investigaciones científicas, como los Principios de la Naturaleza y De la Gracia, el Discurso de Metafísica y la Monadología, escribió que entre los campos particulares de la ciencia existe una unidad oculta, cimentada en la idea metafísica de un “Ser autosuficiente.” Leibniz se guía por los pasos de Platón y de Aristóteles. Esto lo confirmó en una carta dirigida a Nicole Remond (1714-1716), al calificar el método de Platón como uno de los que definen la mente humana como una sustancia que se impulsa a sí misma, pero destaca que la mente tiene sus orígenes en “principios metafísicos,” que trascienden del mundo material.

La facultad humana para crear ideas universales era para él una característica innata, una concepción mucho más cercana a San Pablo, que creía que las leyes del Universo estaban escritas en el corazón del hombre. Las ideas son “innatas” en la naturaleza humana, y en cada hombre hay una inclinación natural, “los trazos de la ley natural” están inscritos en nuestros corazones por Dios –como afirmaba Leibniz en su Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano.

En sus escritos metafísicos, Leibniz demostró que, tras del fenómeno de la naturaleza existe un eterno e invariable principio al que llama “Razón suficiente,” o “Existencia necesaria.” Según él, esa razón se llama Dios, y no hay en el Universo nada sin esa “Razón suficiente.” En su libro Leibniz: una breve introducción, Antognazza explica que “todo tiene una razón suficiente para ser como es, y no de otra forma; aunque la mayoría de esas razones sea desconocida por nosotros. Aceptar ese principio de la Razón suficiente es aceptar la inteligibilidad –o racionalidad- trascendental de la realidad. Para Leibniz ningún hecho podría considerarse verdad y ninguna proposición podría considerarse verdadera, a menos que hubiese una razón suficiente.

El Universo no fue creado por un capricho ciego, sino como “el mejor de todos los mundos posibles,” escribió Leibniz en su Principios de la Naturaleza y de La Gracia. “Dios escogió el mejor plan posible al reunir en el Universo, la mayor multiplicidad unida con el mayor orden; donde tiempo y espacio se usan de una mejor forma, donde el conocimiento fue aplicado en su forma más simple: la forma por la cual la Creación ha dado su mayor poder, la mayor sabiduría, la mayor suerte o el mayor bien, todo lo que el Universo resume en sí mismo.”

Aprender las lecciones de Leibniz, 300 años después de su muerte, es una tarea formidable en un mundo que parece tener acceso a toda la información disponible. Aun así, su arte de la invención es necesaria e, igualmente, su método de hacer descubrimientos fundamentales. Los numerosos memorandos redirigidos por él, encomendados por numerosos gobernantes europeos de su época, son un “tesoro de la humanidad.” La misión más importante para Leibniz es contribuir al bien común y mejorar la vida de todos los seres humanos. Para él eso sería posible por medio del avance de la ciencia y del establecimiento de un orden político estable y justo, en el que las divisiones entre las iglesias cristianas pudiesen superarse.

*Autora del libro Leibniz: um outro caminho–A atualidade do pensamento de um gênio universal (Capax Dei, 2012).

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