La polémica que se escucha por el clamor del papa Francisco para que el mundo de un hasta aquí al actual sistema económico mundial responsable de la mayor desigualdad social y económica de la historia, tiende a subir de tono en la medida que se acerca su visita a los Estados Unidos en septiembre próximo, para presidir el encuentro mundial de las familias.
Desde noviembre de 2013 cuando el Papa dio a conocer su Exhortación Apostólica, Evangelli Gaudium (La Alegría del Evangelio), presentada como su programa pontificio, se levantaron voces, dentro y fuera de ambiente del Vaticano, cuestionando el pensamiento pontifico en materia económica, debido a su osadía de levantar la voz contra el régimen de la globalización, al que adecuadamente denominó un sistema de exclusión. Entonces, como ahora, no faltan los sonidos de las trompetas de los heraldos del libre comercio que enfilan sus batallones para enjuiciar al pontífice acusándolo de revivir las doctrinas económicas marxistas.
Existen indicios de que durante su viaje, ciertamente, le serán presentadas las hipotéticas pruebas que demuestran que el éxito económico de los Estados Unidos descansa en seguir a pie juntillas, primero, las recomendaciones de Adam Smith y, luego las de sus seguidores de todas las épocas. Quizás se llegue al extremo de intentar argumentar que el libre comercio es una panacea de prosperidad y justicia compatible con el humanismo cristiano.
Aunque la idea es absurda abre la puerta para examinar el origen del poderío industrial americano, hoy en declive, precisamente por la adopción de las doctrinas del liberalismo económico radical que transformó la admirable economía de protección industrial y trabajo justamente remunerado, en un parásito financiero especulativo, que además de ser obligado a nivel global, ha provocado niveles de pobreza interna creciente.
En la búsqueda de un orden económico y social justo que supere la presente inestabilidad mundial generada por la globalización financiera, es casi imperativo interpelar la verdad acerca de la instigadora historia norteamericana. La realidad es que los Estados Unidos comenzaron su vida independiente rechazando vehementemente el sistema colonial británico del cual se liberaron en 1783, tras 8 años de guerra que terminó con el Tratado de Paris.
Los padres fundadores de la nación norteamericana concibieron una economía de protección industrial exitosa, que después fue bautizado con el nombre de Sistema Americano de Economía Nacional, y constituye sin duda el ejemplo histórico más compatible con los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia. No se peleó contra el colonialismo británico apelando a una fútil lucha de clases, sino que el Sistema Americano vislumbró en la armonía de intereses la base de la prosperidad social de la nación.
No obstante, al principio del siglo pasado las elites oligarcas anglo-americanas, descartaron lo anterior e iniciaron un nuevo sistema colonial para remplazar el antiguo imperio británico, iniciando una verdadera deconstrucción del orden proteccionista. Fueron las convicciones calvinistas de la predestinación y el excepcionalismo, las cuales, desafortunadamente, los creadores de los Estados Unidos, no pudieron vencer, las que permitieron reconstruir las relaciones con el antiguo imperio, lo que dio origen al llamado establishment anglo-americano; la alianza de poder vigente hasta nuestros días.
Posteriormente, instituciones de ese establishment, cabe mencionar a la aquilatada Fundación Ford y otras, se encargaron de subvertir la historia de su propio país, usando su poder para suprimirla del currículo de las grandes universidades que forman los cuadros económicos de la mayoría de las naciones del planeta; toda referencia al origen económico de los Estados Unidos fue escondida para abrir paso a las doctrinas del libre comercio, exactamente aquel que los revolucionarios de 1776 combatieron. Por eso asumimos que el propio poder colonial reconoció en las ideas del Sistema Americano su verdadero enemigo, dándose a la tarea de promover, a cambio, falsos rivales del orden establecido, ya fuese el marxismo ,o, de otra manera el keynesianismo, ambos manifestándose históricamente no letales al dominio colonial.
Carey, precursor de la economía y la doctrina social cristiana
Una de las figuras más importantes de esa nueva economía fue Henry Carey, uno de los principales asesores económicos del presidente Abraham Lincoln. Su obra prima, La armonía de intereses contrapone el Sistema Americano al sistema colonial británico, criticando lo que en su época, era el equivalente a la “modernidad”, el “downsizing” y la tercerización asociados a la economía globalizada:
“Dos sistemas se presentan frente al mundo: uno de ellos tiene por fin el aumento de la proporción de individuos y de capitales involucrados en el comercio y en el transporte y, por tanto, en la disminución de la proporción de los participes en la producción de mercancías que se pueden comercializar, con un rendimiento del trabajo necesariamente disminuido para todos; el otro tiene por finalidad el aumento de la proporción involucrada en el trabajo de producción, disminuyendo aquella participante en el comercio y transportes, cuyo rendimiento aumenta para todos, proporciona buenos salarios a los trabajadores y buenas ganancias a los dueños del capital».
“Uno de ellos tiene por fin el aumento de la necesidad del comercio; el otro la capacidad de mantenerlo. Uno de ellos contempla subemplear al hindú y rebajar al resto del mundo a su nivel; el otro contempla elevar el nivel del hombre en todo el mundo a nuestro nivel. Uno de ellos trae la pauperización, la ignorancia, la despoblación, la barbarie; el otro aumentar la riqueza, la comodidad, la inteligencia, la combinación de la acción y la civilización. Uno de ellos contempla la guerra universal; el otro la paz universal. Uno de ellos es el sistema inglés; el otro podemos orgullosamente denominarlo Sistema Americano, él es el único elaborado cuya tendencia es elevar, equiparando al mismo tiempo la condición de hombre en todo el mundo”.
Concluye con un programa para sustituir el sistema inglés:
“Para sustituir el detestable sistema conocido como malthusiano por el verdadero cristianismo, es necesario que probemos al mundo que es la población la que hace que el alimento venga de las tierras ricas, y que el alimento tiende a aumentar más rápidamente que la población, comprobando así, el mandato de Dios al hombre. Establecer tal imperativo –probar que entre las personas de todo el mundo, sean agricultores, industriales o comerciantes, existe una perfecta armonía de intereses, y que la felicidad de los individuos, bien como la grandeza de las naciones, es promovida por la perfecta obediencia al mayor de todos los mandamientos –“haz a los otros lo que te gustaría que los otros te hicieran”-, constituye el objeto y será el resultado de aquella misión”,
“La Republica Americana”, un choque en la política liberal
Persiguiendo conocer la verdad histórica de los Estados Unidos, el fraile dominico Raymond L. Bruckberger , descubrió a Henry Carey y al Sistema Americano lo que lo convirtió en un profundo admirador de ese país. Su investigación la plasmó en el libro “La República Americana”; publicado en Argentina y Brasil en la década de los 1960s recibió varios comentarios.
Raymond Bruckberger (1907-98) fue una figura singular. Amigo del general Charles de Gaulle, fue líder de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Vivió en Estados Unidos ocho años en la década de los años cincuentas, con la intención de conocer el enigma que encierra el gran desarrollo industrial y el bienestar social de la que fueron las mejores épocas del país, cuando este último era digno de llamarse potencia industrial. Su interés, despojado de academicismo, lo llevó a descubrir que Estados Unidos, con su revolución y la guerra contra la esclavitud, fueron guiados por ideas humanistas que conforman una serie de principios de economía política.
Por esa razón Bruckberger califica la economía que dio origen a Estados Unidos, en su guerra contra el colonialismo británico, como un auténtico modelo de la “tercera vía” preconizada por la Doctrina social de la Iglesia. Constata también que Estados Unidos fueron influenciados por el humanismo cristiano europeo, el cual, antes, había llegado a Iberoamérica con el descubrimiento y con la Evangelización, “hace más de tres siglos; y, mientras Europa se deshacía poco a poco, en América se construía una sociedad nueva, en la que se experimentaban de nuevo los mismos principios religiosos, políticos y culturales, los que antiguamente hicieron a Europa, para la salvación de nuestros pueblos,” afirma.
El aspecto más apasionante del libro es la descripción que hace del papel de Henry Carey para forjar su nación como una potencia industrial capitalista, contra los designios del colonialismo inglés preconizado por Adam Smith.
El padre de Henry Carey, Mathew Carey, nació en Irlanda, donde fundó un periódico que él mismo imprimía y en el cual “atacó violentamente la dominación inglesa.” Esto hizo que, primero, fuera enviado a la cárcel, y, luego, al exilio. Mathew Carey se encontró en París con Benjamín Franklin, entonces embajador de la joven república americana, y, en seguida, emigró a Estados Unidos.
Aquí comienza un debate que todavía podría continuarse el día de hoy. Contraponiendo las dos escuelas de economía, el autor afirma: “Incluso hasta en nuestros días, no se puede refutar a Marx eficazmente si no se rechazan al mismo tiempo a Adam Smith, a David Ricardo, a Thomas Malthus y a todos los grandes economistas de la tradición capitalista, como Henry Charles Carey parece haberlo comprendido bien. Marx tan sólo lleva más lejos esta tradición, la desarrolla, saca ciertas consecuencias nuevas, pero no sale de ella, pues la reconoce como suya, la llena de prestigio intelectualmente; le parece irrefutable. Aun cuando combate el sistema burgués y pretende derrumbarlo, permanece dentro de este sistema.”
Bruckberger pasa entonces a comparar las respuestas cruciales que ambas visiones dan a la pregunta ¿Qué es la economía política? ¿Cuál es su objetivo? “Ahí está la definición de Adam Smith, el patriarca reverenciado del capitalismo: el gran objetivo de la economía, para cada país, es aumentar la riqueza y el poder de ese país… Además, la lógica del sistema de Smith contradecía sus preocupaciones humanitarias y, finalmente, una vez más, la lógica de los sistemas se impuso a las buenas intenciones.”
Veamos un poco la idea que Carey tenía de la economía política: “Carey atribuye a esta asociación de fuerzas y de producción un objetivo mucho más amplio, muy elevado, una finalidad más imperiosa que la del simple dominio sobre la naturaleza”. De Carey estas palabras inesperadas: “El objetivo final de todo esfuerzo humano es la producción de ese ser que sabemos que es el hombre, capaz de las más altas aspiraciones. La única cosa, en el fondo, que interesa a Carey es el hombre y el hombre más civilizado. Más allá de la economía política, lo que Carey pretende construir es una teoría de la civilización.”
Prosigue el autor: “Carey vió que todos los poderes conquistados sobre la naturaleza, todas las riquezas adquiridas por el trabajo de nada sirven si esto poderes y estas riquezas no se ponen finalmente al servicio del hombre que las utiliza para sus propios fines humanos… Lo que Carey no perdona a la Escuela inglesa de economía política es dar por objetivo a la civilización entera la persecución no de la felicidad, sino de la riqueza y del poder, la humillación del hombre al someterlo a una conquista que está por debajo de él, porque la fuerza y el bienestar son también los ideales de un bruto; olvidar a los hombres y a la naturaleza para aplicar pretendidas leyes que reducen al hombre a la altura de los animales.”
Carey comenta para refutar a Adam Smith y al sistema filosófico utilitario británico: “A los ojos de la economía política moderna, el hombre no es nada, y esto es posible porque esta economía política no toma en cuenta las cualidades que lo distinguen de los irracionales; llega al extremo de considerarlo como un simple instrumento al servicio del capital y, en consecuencia, el propietario de este capital tiene el derecho de obtener una compensación por el uso de ese instrumento.” En conclusión, dice Bruckberger: “Este americano es infinitamente más radical que Marx… todavía hoy, no hay otro medio de refutar el comunismo, si no se denuncia, al mismo tiempo, esta forma de capitalismo que le dio origen.”
En una jocosa fábula, Bruckberger afirma, con toda razón, que Marx y el trio Smith, Ricardo y el nunca olvidado Malthus no son otra cosa que el mismo lobo, en ocasiones disfrazado de oveja o viceversa: “Primera versión: Ricardo y la escuela capitalista nos dicen: la humanidad se divide en lobos y corderos. Pero tienen que organizarse científicamente para ello. Si los lobos se comiesen todos los corderos, se arriesgarían a morir a su vez de hambre. Segunda versión: Marx llega y dice: está establecido, desdichadamente, de forma científica y es, pues, incontestable que la humanidad se divide en lobos y corderos y es la naturaleza de los lobos alimentarse de corderos. Voy a cambiar todo esto. Voy a convencer a los corderos de que no hay suerte más miserable que la de estar destinado perpetuamente a ser comido. Corderos de todos la países, uníos.”
El autor afirma, prosiguiendo la fábula: “El americano Carey viene y dice: Vuestra fábula es infame. No acepto ni la versión capitalista, ni su desarrollo marxista. No puedo negar que entre los instintos del hombre hay algunos que lo llevan a convertirse en una fiera. Pero, por lo que tiene específicamente de humano, el hombre no es el lobo, ni el cordero, el hombre está muy por encima de las bestias de carga.”
Con esta concepción, Carey propuso al presidente estadounidense Abraham Lincoln, entre otras cosas, la industrialización del Sur del país, para abolir definitivamente la esclavitud y retirar el poder de la oligarquía esclavista sureña, que no era otra cosa, sino el brazo político que Inglaterra mantenía en Estados Unidos: “Le parecía vano suprimir políticamente la esclavitud, si los negros estaban destinados a pasar de su condición de esclavos a la todavía peor del proletariado económico. La solución, conforme a él, sería apresurar la industrialización del Sur… Antes de la guerra, e inclusive durante ella, Carey no dejó de instar a Lincoln para que se construyese un gran camino que atravesase todo el Sur y uniese el Sur con el Norte, para facilitar, así, el intercambio de comercio y producción.”
A estas alturas cabe preguntar: ¿donde encontramos marcas vivas del pensamiento de Carey? Bruckberger las localiza, correctamente, en las ideas profesadas a principios del siglo XX por Henry Ford sobre el objetivo de la industria: “Lo que más contaba para él era el trabajo del hombre y el trabajo en su poder creador. En él veía la alegría y el objetivo de su vida. No se trabajaba para ganarse la vida, el trabajo es la vida misma: ‘Los que meditan saben que el trabajo es la salvación de la raza… No trabajamos sólo para vivir, el trabajo es la vida misma.”
El antecesor del papa Francisco, Benedicto XVI, en su Encíclica Caritas in Veritate (2009) solicitó la concurrencia creativa de expertos en el tema para contribuir a acotar un modelo económico que escapase del liberalismo radical de Adam Smith, y del sistema económico de Carlos Marx. Por eso el Sistema Americano de economía nacional, sin la ceguera de los intereses creados por las ideologías, será un buen principio perfectible para enraizar en el mundo un sistema compatible con la visión cristiano occidental del Hombre.

Português
Msia Informa

