El cardenal Walter Kasper, presidente emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, publicó a principios de este año un libro en el cual presenta los principales conceptos que han moldeado el pontificado del Papa Francisco. El libro tiene por título “Papa Francisco: la revolución de la ternura y del amor” (En el origina, Papst Franziskus –Revolution der Zärtlicher und der Liebe, Katholisches Bibelwerk, 2015). Kasper nos habla en él de una “nueva época” que comenzó el 12 de marzo de 2013, cuando el entonces arzobispo argentino Jorge Bergoglio –para sorpresa de muchos- fue elegido como el 256 Pontífice de Roma. El nuevo hombre escogido por los obispos del cónclave presentó una “visión profética” para la Iglesia y, siguiendo la tradición de sus antecesores, en especial Benedicto XVI, Juan Pablo II y Paulo VI, hizo un llamado a la Iglesia universal, según aspectos programáticos que fueron elaborados después en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium –La alegría del evangelio- en la que pidió “una profunda transformación misionera de la Iglesia”. Al escoger el nombre de Francisco, “señaló al mundo la intención de actuar según la tradición de San Francisco de Asís. Al hacerlo, comenta Kasper, puso el dedo en los puntos débiles de una iglesia cerrada sobre sí misma. Los que pidió, básicamente, fue una “iglesia pobre para los pobres.”
Kasper ilumina la tradición teológica del nuevo Papa, la cual no se encaja en el estereotipo de un progresista revolucionario ni en el de un conservador. El autor destaca que Benedicto XVI se dedicó más a la preparación teológica de su pontificado. El mensaje de Francisco es que desea una Iglesia que irradie de una manera nueva el mensaje del Evangelio. Como escribió en Alegría del Evangelio (AE, 11): “Siempre buscamos volverá a las fuentes y recuperar la frescura original del Evangelio aparecen nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, señales más elocuentes, palabras llenas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda la acción evangelizadora auténtica siempre es “nueva.”
El Cardenal Kasper ve una continuidad entre la exhortación apostólica y la encíclica Lumen Fidei (Luz de la Fe), escrita en conjunto por Francisco y el Papa emérito Benedicto XVI. La diferencia entre las dos obras no está en sus “verdades fundamentales,” sino en el método y en el estilo con que se trasmiten. Kasper calificó la teología del Papa de “querigmática” (es decir, que se centra en la parte principal del mensaje cristiano). El autor ve también una continuidad directa entre la encíclica Gaudium et Spes (Alegría y Esperanza) de 1965 y los documentos publicados luego de las asambleas generales del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) de Medellín, Colombia (1968) y Puebla, México (1979), seguidos, años después, por la Asamblea de Aparecida, Brasil (2007), cuya gran influencia fueron las ideas del entonces arzobispo Jorge Bergoglio.
Raíces teológicas argentinas y europeas
Francisco es el primer papa oriundo del Hemisferio Sur. Buenos Aires, dice Kasper, es un lugar “multicultural” que fue moldeado por la cultura europea. La ciudad, no obstante, posee también sus favelas, las llamadas villas miseria, situadas en la periferia y consideradas por Bergoglio una tarea apremiante durante su servicio pastoral en la capital argentina.
El profesor de teología más importante de fue Lucio Gera (1924-2012), autor de un trabajo sobre “El significado del mensaje cristiano en el marco de la pobreza y de la opresión”. Kasper subraya que, con Gera, la forma argentina de la “teología de la liberación” desarrolló su propio perfil. En lugar de iniciar con el análisis de las condiciones económicas y sociopolíticas, para mostrar las contradicciones sociales e interpretarlas desde un punto de vista marxistas, Gera partió del análisis de la “cultura del pueblo,” que se unifica por un ethos común. “Es una teología del pueblo y de la cultura.” Esta interpretación no pretende adoctrinar al pueblo, sino abrir su voluntad. “Esa teología del pueblo no es guiada por la idea de la lucha de clases, sino por la idea de la armonía, de la paz y de la reconciliación,” afirma.
Explica que su concepto de “pueblo” se corresponde el espíritu del “romanticismo democrático,” que fue introducido en Argentina a finales del siglo XIX, para sustituir la anterior cultura iluminista europea. Una influencia central fue la filosofía del pensador alemán Karl Christian Friedrich Krause (1781-18329, que en América Latina se conoció como “krausismo,” en especial en los términos de sus concepciones en el campo de la filosofía del Derecho.
Según el autor, esa tendencia se refleja en el poema épico nacional argentino Martín Fierro (1879). La obra describe la vida de un gaucho que, luego de un largo camino, encuentra la sabiduría de la palabra de la justicia y del bien común un mundo que deja, el espacio para el desarrollo de la dignidad y de las cualidades personales.
Otro impulso decisivo de Francisco fueron las obras apostólicas de Paulo VI, como la exhortación Evangelii nuntiandi (1967), sobre la necesidad de evangelizar el mundo en un debate de las relaciones entre evangelización y cultura, y la encíclica social Populorum progresio (1967). A pesar de las diferencias en el contexto personal y de personalidad en relación a los papas anteriores, dice Kasper, Paulo VI puede ser el “más cercano al Papa Francisco.”
Otra importantes influencia espiritual sobre el actual pontífice fue ejercida por las ideas de Romano Guardini (1895-1968), cuyos escritos fueron estudiados por Bergoglio durante los meses que estuvo en Alemania, en 1968. En su ensayo “Contradicción: ensayos sobre una filosofía de la vida concreta,” publicada en Maguncia en 1925, Guardini habla sobre las tensiones que definen las vida. Francisco, a su vez, cree que el individuo sólo puede comprender la multiplicidad y las contradicciones de la realidad de la vida bajo la perspectiva del Evangelio.
Una Iglesia pobre para los pobres y la visión del papa sobre la economía
Francisco quiere llegar al fondo de las cosas. Comienza, pues, por la raíces –el Evangelio, siguiendo la tradición establecida por el Concilio Vaticano II (1962-65). Y se ha dedicado a la trasmisión de un “mensaje,” comunicando el bien y las noticias libertadoras, que cambian fundamentalmente la condición del hombre. Un estudio de los primeros párrafos de la Alegría del Evangelio ilustra sus principales preocupaciones.
Contrasta allí la falta de alegría y de dinámica y la soledad del hombre moderno, cuyo corazón se aleja de la “alegría del Evangelio (que) ensancha el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Cuando se dejan salvar por Él, son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento” (AE, 1).
Francisco quiere introducir un “nuevo estilo” en la vida de la Iglesia. Su “Teología del pueblo” no es populismo barato, sino la idea de un pueblo de Dios en peregrinación, lo que significa una constante evangelización. Como escribió en la exhortación apostólica, pide una Iglesia que “salga” y deje sus puertas abiertas:
“Repito, para toda la Iglesia, lo que he dicho con frecuencia para el padre y los laicos de Buenos Aires: Prefiero una iglesia señalada, con las manos encallecida y sucia por estar en las calles, que una iglesia insalubre por haberse confinado y apegado a su propia seguridad, no quiero una iglesia preocupada en fijarse en un tejido de obsesión y procedimientos. Si algo nos debe perturbar y hacer mal a nuestra consciencia, eso es el hecho de que muchos de nuestros hermanos viven sin la fuerza, sin la luz y sin la consolación que viene de la amistad con Jesús Cristo. Sin una comunidad de fe para darles apoyo, sin significado y sin un propósito de vida” (AE, p.49).
El concepto de una “iglesia pobre para los pobres” fue debatido también durante el Concilio Vaticano II, al final del cual 40 obispos aprobaron el llamado Pacto de las Catacumbas, en la Catacumba de San Domitillo, Roma, en el que expresaron su compromiso “con una iglesia pobre y servidora.” El tema fue retomado en las conferencias de Puebla y de Aparecida, cuando, por influencia directa de Bergoglio, se aprobó un documento que reafirmó fuertemente sus posiciones en defensa de los excluidos.
En los párrafos 55, 56 y 57 de la Alegría del Evangelio, Francisco pide que rechacemos firmemente la “idolatría del dinero,” destacando que la actual crisis financiera nos hace olvidar que ella tiene su origen en una profunda crisis humana, en la negación de la primacía de la persona humana. Habla de una nueva tiranía, de la dictadura de una “economía impersonal que carece de un verdadero propósito humano, que crea dificultades para que los países puedan percibir sus propios potenciales económicos.”
Dice:
“Hoy también debemos decir “no debes” a una economía de exclusión y de desigualdad. Tal como una pericia económica. ¿Cómo puede ser esa noticia cuando el mercado de acciones pierde dos puntos? Ese es un caso de exclusión. ¿Podemos continuar apoyando esto cuando se desperdician alimentos, al mismo tiempo que hay personas hambrientas? Ese es un caso de desigualdad. Hoy todo gira en torno de las leyes de la competencia y de la sobrevivencia del más apto, donde los más fuertes se alimentan de los más débiles. En consecuencia, muchas personas se encuentran excluidas y marginadas: sin trabajo, sin posibilidades, sin ningún medio de fuga. (…)
En tanto no se soluciones radicalmente los problemas de los pobres, con la renuncia a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y con el ataque a las causas estructurales de la desigualdad social, no se resolverán los problemas del mundo y, en definitiva, ningún problema. La desigualdad es la raíz de los males sociales”. (AE, 202).
En el espíritu de las encíclicas sociales, Francisco pide la construcción de un orden económico más justo, por un mundo fundado en el respeto y en la dignidad del hombre y en la idea del Bien Común. “Busca una dimensión social del Evangelio, cuyo núcleo es el amor,” afirma Kasper. Y repite Francisco: “El servicio del amor es un elemento constructivo de la misión de la Iglesia” (AE, 179).
El Pontífice observa a Europa desde la óptica de su “periferia.” No fue una coincidencia que una de sus primeras visitas pastorales fuera a la isla de Lampedusa, una de las regiones más pobres de Italia, en donde condenó a los europeos por su indiferencia ante el problema de los refugiados y de los inmigrantes. En Santo Egidio, en junio de 2014, afirmó que Europa se transformó en un continente cansado, y que es preciso ayudarlo a rejuvenecer, a renovarse y a reencontrar sus raíces. Un mensaje similar le trasmitió al Parlamento Europeo en noviembre de 2014, cuando habló de la gran herencia cultural europea: la dignidad trascendental del hombre como persona, fundada en la filosofía greco-romana y en el Cristianismo. Al mismo tiempo, afirmó que este es el momento de abandonar la idea de una Europa “alejada”, para sustituirla por una Europa protagonista de la ciencia, del arte, de la música, de los principios humanos y de la fe.

Português
Msia Informa

