El retorno del Estado nacional soberano

Cuando cayó el Muro de Berlín en noviembre de 1989, los estrategas angloamericanos supusieron que se acercaba el fin de la existencia de los Estados nacionales soberanos y se abría paso franco al proceso que culminaría con la instauración de un gobierno mundial. Era el “Fin de la Historia”, según bautizo el teórico neoconservador Francis Fukuyama al mundo que nacía después del colapso del imperio soviético, este era el de la gobernanza global, e incluía: la liberalización comercial y financiera plena del planeta, la no proliferación nuclear, la privatización de las grandes empresas públicas, el uso de los derechos humanitarios como causa de intervención supranacional, los cambios climáticos y la ideología del genero dirigida contra la familia.

La quiebra del legendario grupo Lehman Brothers en noviembre de 2008 fue el marco que señalo los limites a la economía del llamado Nuevo Orden Mundial, pos Guerra Fría. Este hecho mostró al mismo tiempo la incapacidad de los Estados Unidos y Europa para controlar a las oligarquías que dirigen el núcleo central del sistema financiero y bancario mundial.

La situación que se perpetuaba libremente de la mano de un poder militar ilimitado que intervenía en una continua guerra de recursos — de Irak a Libia pasando por Afganistán–, se topo con un obstáculo a final de 2013 cuando la diplomacia Rusa logro detener un inminente bombardeo estratégico de los Estados Unidos y sus aliados contra Siria, nación que sufre una guerra civil incentivada por la potencia anglo-americana. A partir de este momento la arquitectura geopolítica del Nuevo Orden Mundial se resquebrajo.

La crisis en Ucrania, instigada por la política de “cambio de régimen” con la que presiono el gobierno de Washington, tiende claramente a crear un cordón sanitario contra Rusia, acusada de ambición neo-imperial para controlar los territorios de la antigua Unión Soviética. La realidad es que Rusia estampo en Siria y ahora en Ucrania una línea roja a la expansión de la agenda de gobierno mundial intensificada en los últimos 25 años.

Dos impulsos estratégicos están en confrontación. Por un lado el impulso unimundista y del otro el impulso hacia la re-emergencia del Estado nacional soberano. A pesar que esta dinámica está extendida por todas partes, el protagonismo claramente recae en el gobierno ruso del presidente Vladimir Putin.

No se puede afirmar lo mismo de China que ha sido ambivalente frente a la globalización que la ha beneficiado magnamente, pero también mantiene un proyecto de Estado soberano. La crisis de Ucrania y las amenazas de retaliación económica occidental contra Rusia, aceleraron la cristalización de una alianza estratégica China-Rusia, en la que ésta última garantizaría el subministro energético de lago plazo de la primera. Por ejemplo a final de 2014 se tiene planeado el inicio de un canal interoceánico en Nicaragua, en un acuerdo de Rusia y China, un reto directo a la hegemonía colonial estadounidense sobre el área. Además, está en marcha un acuerdo comercial Irán- Rusia para la compra de 500 mil barriles de petróleo por día, lo que rompería definitivamente la política de sanciones contra Teherán.

La “crisis antropológica” en las elites predominantes

En un artículo publicado en el diario brasileño, O Estado de São Paulo, el 4 de mayo último, el profesor Walter Russell Mead, del Bard College de Nueva York, uno de los pensadores del “establishment” angloamericano, analiza esta revira volta estratégica global. Titulado “El Retorno de la Geopolítica”, Mead de plano des-construye todo el argumento de Fukuyama del “Fin de la Historia”. Más allá de la nueva realidad estratégica colocada por la diplomacia rusa, Mead levanta el tema de la crisis antropológica surgida en el post Guerra Fría, que ha afectado sustancialmente a dos generación que han perdido el sentido histórico individual.

“La segunda parte del libro de Fukuyama recibió menos atención, quizá porque exalte menos a Occidente. Cuando Fukuyama investigó lo que sería una sociedad post histórica realizó un descubrimiento perturbador. En un mundo donde los grandes asuntos se habrían solucionado y la geopolítica subordinada a la economía, la humanidad se parece mucho al ‘último hombre’ nihilista descrito por el filosofo Freidrich Nietzche, un consumidor narcisista sin grandes aspiraciones más allá de su próxima visita a los centros comerciales.

“En otras palabras, esas personas serían muy semejantes a los burócratas europeos y a los cabilderos de Washington de los días corrientes. Son competentes para administrar sus asuntos con los individuos post históricos, pero comprender las razones y oponerse a las estrategias de los políticos de un poder obsoleto es difícil. Por lo contrario de sus rivales menos estables y menos productivos, esos individuos no están dispuestos a hacer sacrificios, están concentrados en el corto plazo, fácilmente se desvían del camino y les falta valentía”.

“Las realidades de la vida política y los individuos en las sociedades post históricas son muy diferentes a la de aquellos en países como China, Irán y Rusia donde el sol de la historia todavía brilla”.

En síntesis la crisis de Ucrania muestra el choque de dos mundos. Uno que se pretende post- moderno, o post-histórico en el lenguaje de Russell Mead. Este se disfraza de novedoso portador de las viejas ideas de gobierno mundial iluminadas con reflectores más sofisticados. El otro la re-emergencia del Estado soberano.




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