Benedicto XVI y el "concilio virtual" creado por la mídia

Entre los pronunciamientos hechos por el papa Benedicto XVI luego de su abdicación al trono de San Pedro, su mensaje al clero de Roma el 14 de febrero, quedará como un marco histórico, por traslucir con toda la autoridad que de si le corresponde, el fraude creado por la mídia al divulgar como verdaderas, interpretaciones particulares de lo que los padres conciliares deliberaron y acordaron en las sesiones de trabajo del histórico Concilio Vaticano II (1962-1965). Muchos de los problemas enfrentados por la Iglesia Católica, después del concilio en los que se destaca, por un lado, la propaganda favorable a la materialista Teología de la Liberación, y por el otro, los golpes a la sacralidad de la liturgia, procedieron del gran poder que ejerce la midia, enlazada a los intereses hegemónicos predominantes, que así imponía su versión virtual del concilio.

El mismo proceder lo constatamos ahora, transmitiendo una idea distorsionada de las causas de la renuncia del Pontífice, claramente dirigida a desmoralizar la Iglesia, en un momento en que ésta juega un papel crucial en la búsqueda de una solución para la presente crisis de la civilización.

El momento es bien semejante al que la humanidad vivió al final del siglo XIX. Era el ocaso del poder del Imperio Británico cuando el papa Leon XIII publicó su encíclica “Rerum Novarum” (1891) que inició la Doctrina Social de la Iglesia poniendo en jaque al orden resquebrajado de la época. En respuesta, los medios de comunicación de masas nacientes y los movimientos misioneros protestantes, por naturaleza vinculados a aquella estructura de poder, concibieron el denominado Evangelio Social (Social Gospel) que proponía un orden socialista. Este fue el antecedente para que luego de la Segunda Guerra Mundial, esos mismos poderes, con un movimiento misionero renovado, popularizaran las premisas básicas de la denominada Teología de la Liberación, contraria explícitamente a la Doctrina Social de la Iglesia. Mediante un “concilio virtual” se impulsaron a los ideólogos teólogos de la “liberación” como sí ellos representaran movimientos fidedignos de la Iglesia.

En un mundo en que el relativismo cultural se encumbró como regla de medir la modernidad, amplios sectores de la Iglesia Católica en sus diferentes rangos de jerarquías, sucumbieron a los signos de los tiempos. No se percataron que una buena parte de los axiomas que van moldeando la actual nueva cultura torcida, se fabrican en los poderosos laboratorios de una guerra cultural que se libra contra la concepción cristiana del hombre, de la nación, de la cultura. Esto se difunde eficiente y hábilmente por los medios de propaganda. Así tales medios se convierten en voceros de determinados intereses que crean o destruyen figuras, mistifican o descartan ideas -ambientalismo, aborto, casamiento homosexual, genero, en fin todo lo que parcializa al hombre y a las naciones recibe tratamiento privilegiado.

Veamos las palabras del Papa:

“Quisiera ahora añadir todavía un tercer punto: Estaba el Concilio de los Padres -el verdadero Concilio-, pero estaba también el Concilio de los medios de comunicación. Era casi un Concilio aparte, y el mundo percibió el Concilio a través de éstos, a través de los medios. Así pues, el Concilio inmediatamente eficiente que llegó al pueblo fue el de los medios, no el de los Padres. Y mientras el Concilio de los Padres se realizaba dentro de la fe, era un Concilio de la fe que busca el intellectus, que busca comprenderse y comprender los signos de Dios en aquel momento, que busca responder al desafío de Dios en aquel momento y encontrar en la Palabra de Dios la palabra para hoy y para mañana; mientras todo el Concilio -como he dicho-se movía dentro de la fe, como fides quaerens intellectum, el Concilio de los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe, sino dentro de las categorías de los medios de comunicación de hoy, es decir, fuera de la fe, con una hermenéutica distinta. Era una hermenéutica política. Para los medios de comunicación, el Concilio era una lucha política, una lucha de poder entre diversas corrientes en la Iglesia. Era obvio que los medios de comunicación tomaran partido por aquella parte que les parecía más conforme con su mundo. Estaban los que buscaban la descentralización de la Iglesia, el poder para los obispos y después, a través de la palabra “Pueblo de Dios”, el poder del pueblo, de los laicos. Estaba esta triple cuestión: el poder del Papa, transferido después al poder de los obispos y al poder de todos, soberanía popular. Para ellos, naturalmente, esta era la parte que había que aprobar, que promulgar, que favorecer. Y así también la liturgia: no interesaba la liturgia como acto de la fe, sino como algo en lo que se hacen cosas comprensibles, una actividad de la comunidad, algo profano. Y sabemos que había una tendencia a decir, fundada también históricamente: Lo sagrado es una cosa pagana, eventualmente también del Antiguo Testamento. En el Nuevo vale sólo que Cristo ha muerto fuera: es decir, fuera de las puertas, en el mundo profano. Así pues, sacralidad que ha de acabar, profano también el culto. El culto no es culto, sino un acto del conjunto, de participación común, y una participación como mera actividad. Estas traducciones, banalización de la idea del Concilio, han sido virulentas en la aplicación práctica de la Reforma litúrgica; nacieron en una visión del Concilio fuera de su propia clave, de la fe. Y así también en la cuestión de la Escritura: la Escritura es un libro histórico, que hay que tratar históricamente y nada más, y así sucesivamente.

“Sabemos en qué medida este Concilio de los medios de comunicación fue accesible a todos. Así, esto era lo dominante, lo más eficiente, y ha provocado tantas calamidades, tantos problemas; realmente tantas miserias: seminarios cerrados, conventos cerrados, liturgia banalizada… y el verdadero Concilio ha tenido dificultad para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real”.

Por otro lado, es claro que no se puede exonerar de su responsabilidad a la Iglesia, que por largos años admitió que los medios de comunicación dictaran patrones en: el tipo de liturgia, el ecumenismo militante, y las desmedidas atribuciones de los laicos al margen de la jerarquía eclesiástica, todo ello para abrir la Iglesia a la “democracia”. Por eso, Benedicto XVI, en su homilía del Miércoles de Cenizas, el 13 de febrero, criticó vehementemente a la misma Iglesia, que se abandona a la opinión pública.

“Pero lo que Jesús subraya es que lo que caracteriza la autenticidad de todo gesto religioso es la calidad y la verdad de la relación con Dios. Por esto denuncia la hipocresía religiosa, el comportamiento que quiere aparentar, las actitudes que buscan el aplauso y la aprobación. El verdadero discípulo no sirve a sí mismo o al “público”, sino a su Señor, en la sencillez y en la generosidad: “Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6, 4.6.18). Nuestro testimonio, entonces, será más eficaz cuanto menos busquemos nuestra propia gloria y seamos conscientes de que la recompensa del justo es Dios mismo, el estar unidos a él, aquí abajo, en el camino de la fe, y al final de la vida, en la paz y en la luz del encuentro cara a cara con él para siempre (cf. 1 Cor 13,12).

Para Benedicto XVI, el momento que vive la humanidad y, con ella, la Iglesia, es de crisis, pero también de renovación y esperanza, porque lo que la mídia inventó virtualmente se desmorona, simultáneamente al desmoronamiento de una economía cimentada en instrumentos financieros virtuales. Para finalizar, regresemos, al pronunciamiento de Benedicto XVI, el 14 de febrero.

“Pero la fuerza real del Concilio estaba presente y, poco a poco, se realiza cada vez más y se convierte en la fuerza verdadera que después es también reforma verdadera, verdadera renovación de la Iglesia. Me parece que, 50 años después del Concilio, vemos cómo este Concilio virtual se rompe, se pierde, y aparece el verdadero Concilio con toda su fuerza espiritual. Nuestra tarea, precisamente en este Año de la fe, comenzando por este Año de la fe, es la de trabajar para que el verdadero Concilio, con la fuerza del Espíritu Santo, se realice y la Iglesia se renueve realmente. Confiemos en que el Señor nos ayude. Yo, retirado en mi oración, estaré siempre con vosotros, y juntos avanzamos con el Señor, con esta certeza: El Señor vence”.

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