Bajo que ideas debe ser combatido el Estado Islámico

Durante la reciente cumbre de la organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), realizada en Gales, el 4 y 5 de septiembre, el presidente norteamericano Barack Obama anunció la formación de una “coalición-núcleo” de diez países integrantes de la entidad para combatir la amenaza del Estado Islámico (EI, ex-Estado Islámico de Siria y de Levante). Además de los EUA, la nueva iniciativa, que recuerda a la “coalición de los dispuestos” formada por su antecesor George W. Bush para la invasión de Irak, en 2003, está integrada por el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Polonia, Dinamarca, Canadá, Australia y Turquía. Aparentemente poderosa en el papel, la nueva coalición tiene por lo menos dos problemas básicos que reducen considerablemente sus expectativas de éxito: 1) solamente incluye un país de la región afectada, -Turquía-justamente la que prestó su territorio para la movilización y entrenamiento de los grupos islamistas lanzados contra el gobierno del presidente sirio Bashar al-Assad, de los cuales surgió el EI; 2) Ninguno de sus miembros se dispone a usar fuerzas terrestres.

Considerando estos dos puntos, rápidamente se puede concluir que semejante estrategia está anticipadamente condenada al fracaso -si su intención real incluso fuera a confrontar a los jihadistas. Por consiguiente, una agenda efectiva para el combate seguro a la grave amenaza representada por el EI, no solamente para la región, sino también para los demás continentes (en algunos de los cuales ya hay noticias de la presencia de células del grupo), exigirá una perspectiva diferente.

En primer lugar, cualquier acción internacional contra el grupo necesita ser legitimada por la única autoridad mundial investida con tal prerrogativa, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas -al contrario de lo que propala Obama, afirmando que no necesita ni siquiera de la autorización del Congreso estadounidense para ordenar ataques aéreos a las bases del EI en Siria, lo que sería un acto de guerra, pasando por encima de una atribución reservada al Capitolio. Evidentemente, esto no cumple los requisitos básicos para la intervención humanitaria pedida por el Papa Francisco, a propósito de la persecución de las minorías religiosas por los jihadistas.

En una conversación con periodistas el pasado 18 de agosto, el Pontífice afirmó:

“Es licito frenar a un agresor injusto…y, por tanto, evaluar los medios con los cuales se puede hacer. Detener al agresor es justo y licito, pero tenemos que tener en mente todas las veces en que, con la disculpa de detener al agresor, las potencias se apropiaron de los pueblos e hicieron una verdadera guerra de conquista. Una única nación no puede juzgar cómo se detiene eso”. (Agencia Zenit, 19 de agosto de 2014).

Segundo, necesita ser impulsada por una causa justa. En el caso, se trata de preservar las fronteras nacionales en su forma actual, específicamente, de Irak y Siria, dejándose de lado cualquier pretensión de establecer enclaves étnicos o religiosos, como lo ya admitido para los kurdos iraquíes (que, a propósito no se muestran tan afinados como los kurdos de Turquía y de Siria, como se acostumbra pensar). De alguna manera, la necesidad de derrotar esa aberración llamada EI -que ya controla un territorio equivalente a dos tercios del Reino Unido, debe justificar cualquier concesión que viole la integridad territorial de los dos países.

Tercero, las potencias extrarregionales deben abandonar sus pretensiones neocoloniales en cuanto al control de los recursos naturales de la región. Este, reconocidamente, es el aspecto más difícil de todos, debido a la ambición de supremacía y por las inclinaciones “excepcionalistas” de los miembros del Establishment oligárquico anglo-americano. No obstante, aunque la existencia del EI pueda ser conveniente para la preservación de las estrategias políticas belicistas de tales grupos, la violencia y las pretensiones expansionistas de los fanáticos jihadistas, sumadas a la relativa facilidad con la cual vienen reclutando militantes, hasta en Europa y en América del Norte, pueden acabar representando una amenaza mucho mayor que la tolerable. En cuanto a ´la espinosa conducta de Turquía, este país deberá ser comprometido a cerrar sus fronteras e interrumpir su apoyo a los insurgentes sirios.

Cuarto, nada será posible sin la participación directa de los interesados regionales relevantes, como Siria, Irán y Líbano, asociado a la cooperación de Israel y Rusia y un entendimiento con las monarquías del Golfo Pérsico, que financian la mayor parte de la “oposición” siria -y, por lo tanto operan como “socias” del EI.

Esta realidad es reconocida hasta por una autoridad como Lord Richards, ex-jefe del Estado Mayor de la Defensa del Reno Unido, quien, irónicamente fue el responsable de la planeación estratégica de la campaña del apoyo británico a los insurgentes sirios. En una entrevista la radio BBC 4, el viernes 5 de septiembre, afirmó que, para derrotar al EI, Londres debería considerar un entendimiento con Damasco, Moscú y Teherán. “Mi evaluación es que tendríamos que llegar a algún acomodo con ellos. Rusia, Irónicamente, podría desempeñar un papel muy importante, e Irán también. Aquí, hay las condiciones para una gran solución estratégica para el Oriente Medio, si podemos juntarnos con personas que nosotros veíamos como hostiles” (The Guardian, 5 de septiembre de 2014).

Quinto, el enfrentamiento militar con las hordas del EI no podría prescindir de las proverbiales “botas en el terreno”, léase fuerzas de infantería. En este cuadro, aeronaves piloteadas, drones y satélites pueden dar apoyo de inteligencia y acciones localizadas de apoyo armado y transporte. Específicamente, será imprescindible movilizar a las únicas fuerzas militares capaces de enfrentar al EI en el campo: El Ejército sirio; la Fuerza al-Quds iraní; las milicias kurdas de Irak, Siria y Turquía, el Hezbolá libanés; y un Ejército Iraquí renovado y por los menos motivado.

Sexto, las acciones militares valdrán poco sin la interrupción o el debilitamiento de las redes de financiamiento y logísticas del EI. Para esto, será necesario un esfuerzo conjunto de inteligencia y represión contra las líneas de abastecimiento y fuentes de financiamiento del grupo, basadas en ventas clandestinas de petróleo y objetos de arte robados de sitios históricos de la región, además de secuestros, pillaje y otras actividades ilícitas. En este particular, los servicios de inteligencia de la “coalición núcleo” de la OTAN y la Interpol pueden proporcionar un apoyo fundamental.

Séptimo, una derrota militar del EI no implicará una supresión de la amenaza representada por el llamado del jihadismo entre multitudes de jóvenes relativamente educados y desempleados, tanto en la propia región como en los demás continentes donde el EI ha reclutado adeptos. Según las estimaciones de varios gobiernos europeos, por lo menos 7 mil de los más de 30 mil militantes del EI son poseedores de pasaportes del continente, ente los cuales por lo menos hay algunas centenas de mujeres. En los EUA. Las autoridades sospechan que otras centenas de jóvenes ya se unieron al grupo.

A propósito, vale la pena registrar el artículo publicado por el escritor estadounidense de origen árabe Michael Muhammad Knight, en el Washington Post del pasado 3 de septiembre, recordando su propia experiencia de adolescente estudioso en una madraza en Paquistán, cuando soñaba unirse a la guerrilla separatista en Chechenia. Los parágrafos finales del artículo, cuyo sugestivo título es “Yo comprendo el porqué los occidentales se están uniendo a movimientos jihadistas como el ISIL -yo casi fui uno de ellos”, son reveladores:

“Es fácil presumir que personas religiosas, particularmente musulmanes, simplemente hacen las cosas porque sus religiones dicen que las hagan. Pero cuando pienso en mis impulsos a los 17 años de volverme un combatiente de los rebeldes chechenos, yo considero los factores religiosos. Mi escenario imaginado de liberar a Chechenia y transformarla en un Estado islámico era una fantasía puramente estadounidense, basada en valores e ideales estadounidenses. Siempre que oigo hablar de un estadounidense que vuela por el globo para lanzarse en luchas de liberación que no son suyas, pienso, que cosa tan estadounidense es.

“Y ese es el problema. Nosotros somos enseñados a amar la violencia y a ver las conquistas militares como actos benevolentes. La niñez estadounidense que quiere intervenir en la guerra civil de otra nación se debe a su visión del mundo, tanto al excepcionalismo estadounidense como a las interpretaciones jihadistas de las escrituras sagradas. Yo crecí en un país que glorifica el sacrificio militar y siente tener el derecho de reconstruir otras sociedades de acuerdo con su propia visión. Yo internalicé estos valores incluso antes de pensar en religión Antes que yo supiera lo que era ser un musulmán, sin hablar de conceptos como la “jihad” o un “Estado islámico”, mi vida estadounidense me enseñó que es eso que los hombres valientes hacen”.

Por lo tanto, un complemento imprescindible del combate militar al EI, sería el establecimiento de una agenda de desarrollo, con una especie de “Plan Marshall” regional, que ofrezca una perspectiva de un futuro positivo y actividades creativas y productivas para los millones de jóvenes hoy desocupados y potencialmente seducidos por la violencia “purgativa” del jihadismo. Por cierto, una iniciativa del género tendría un enorme potencial para reducir considerablemente las tensiones en toda el área, además de proporcionar grandes oportunidades económicas para las potencias extrarregionales (que, a pesar de estar acosadas por la crisis económica-financiera, desgraciadamente, solamente logran pensar en términos militares).

Finalmente, la implementación de una agenda como esta, representará un importante paso en el establecimiento de una nueva ordenación global para las relaciones internacionales, en que la cooperación para el desarrollo pueda suplantar el hegemonismo, el confrontacionismo y, sobre todo, el “excepcionalismo” neocolonialista, que es la madre de todos los fundamentalismos.

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