Al-Qaeda, franquicia terrorista al servicio del "gobierno mundial"

El resurgimiento a lo grande de la red terrorista Al-Qaeda en Siria, participando de la insurgencia contra el presidente Bashar al-Assad, desenmascaró la farsa de la “guerra al terror”, un mero pretexto para legitimar intervenciones militares de las potencias de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en una lista creciente de países, luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Lo cierto es que, como ya había ocurrido en Libia, donde varios grupos nominalmente vinculados a Al-Qaeda recibieron apoyo de la OTAN para la embestida contra el régimen de Muamar Jadafi, en Siria los islamistas radicales abrigados bajo la franquicia terrorista recibieron el aval y al apoyo material y logístico de Arabia Saudita, Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Turquía e Israel. En los últimos meses, sin embargo, las numerosas atrocidades cometidas por ellos y las evidencias de que su consolidación política podrá ser un caso típico de remedio peor que la enfermedad, han apartado a la mayoría de sus aliados externos y ha hecho que otros grupos rebeldes sirios se volteen contra ellos.

La feroz ofensiva desencadenada por Al-Qaeda en el vecino Irak, para controlar la provincia de Anbar, donde ha puesto en jaque a las fuerzas de seguridad del gobierno del primer ministro Nuri al-Maliki, además de mostrar la fuerza del grupo, que complica todos los esfuerzos de pacificación de la región, expone el gran error de cálculo de los estrategas que manipulan el terrorismo islámico como instrumento de intervención política. Por ironía, frente al peligro, parte de la población está pasando por encima de las divisiones étnico-religiosas que se han manipulado para incendiar la región, por ejemplo, tribus sunitas se están aliando con las fuerzas policiales de un gobierno dominado por los chiitas, contra una organización terrorista sunita.

En paralelo, el mismo impulso de instrumentación del terrorismo geopolítico se muestra en los atentados ocurridos en Rusia a finales de año, cuyo blanco explícito era el presidente Vladimir Putin, el principal responsable del gran cambio estratégico ocurrido en Siria, al bloquear el ataque militar de Estados Unidos contra este país e impedir el agravamiento del conflicto. Y, aunque más sutil, la influencia de Putin fue también fundamental para el acuerdo sobre el programa nuclear de Irán, lo cual permitirá que Teherán coloque su considerable influencia política en el apoyo de los esfuerzos de la pacificación regional.

De cualquier forma, en Siria se está enterrando el orden mundial post-guerra fría, que siempre tiene la opción de utilizar geopolíticamente el terrorismo como sustituto del conflicto ideológico. En este contexto, a Al-Qaeda la han convertido en una especie de “enemigo mundial número uno,” a la manera de las súper organizaciones delictivas dedicadas a la destrucción de la humanidad de las películas de Hollywood.

En términos prácticos, Al-Qaeda fue transformada en una auténtica franquicia terrorista, a la cual se le atribuyeron la mayor parte de los numerosos atentados terroristas, ocurridos en el mundo en las últimas dos décadas. Con el pretexto de combatirla, Estados Unidos -desprovistos de un enemigo existencial luego de la implosión de la Unión Soviética- se transformaron en un estado policiaco dotado de un aparato de vigilancia que supera por mucho al de los antiguos regímenes comunistas, además de ampliar su poderío bélico en una escala mayúscula.

Es un hecho notorio que Al-Qaeda (cuyo nombre en árabe significa “la base”) se formó a partir de los servicios de espionaje de Estados Unidos, Paquistán y Arabia Saudita, con grupos guerrilleros reclutados en decenas de países musulmanes para luchar contra el Ejército Soviético en Afganistán, en los años ochentas. La iniciativa no fue casual, pues fue prevista en la estrategia del “Arco de crisis,” ideada por Bernard Lewis y Zbignew Brzezinski a mediados de los años setentas con la intención de desestabilizar a la URSS por conducto de insurgencias musulmanas, en especial en la región de Cáucaso. Con la retirada de las fuerzas soviéticas y la posterior desintegración de la URSS, decenas de miles de bien entrenados combatientes se regaron por el mundo, listos para ser movilizados en otros “puntos calientes,” como los Balcanes o el Cáucaso, en los años noventas, y, luego, nuevamente en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Somalia y otros blancos de las intervenciones militares de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.

La oposición al radicalismo de Al-Qaeda en Siria, irónicamente, está poniendo del mismo bando a los sectores racionales del gobierno de Estados Unidos y sus aliados, a la Rusia de Vladimir Putin y hasta el ahora demonizado Irán chiita, todos comprometidos en impedir una explosión incontrolable del fundamentalismo islámico en la región. No es casualidad que los piromaniacos radicales del mismo “establishment” oligárquico se empeñen en sabotear las promisoras negociaciones sobre el programa nuclear iraní. Por ejemplo, en este momento, el Congreso estadounidense amenaza con aprobar un proyecto de ley que determina el apoyo automático de Estados Unidos a un probable ataque de Israel a Irán. Si esto ocurre, el presidente Barack Obama tendrá que vetar la iniciativa si es que quiere mantener el marco de la cooperación multilateral para la posterior pacificación de Medio Oriente.

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