Sobre el Cielo y la Tierra: Jorge Bergoglio conversa con el Rabí Abraham Skorka

“Sobre el Cielo y la Tierra” es el título del libro que reúne una colección de conversaciones que a lo largo de años sostuvo el arzobispo Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, con el rabino Abraham Skorka en Buenos Aires.

El libro ofrece una importante introspección de dos personalidades -provenientes de diferente universo religioso-que a lo largo de años sostuvieron un diálogo muy intenso en el que llegaron a la comprensión mutua de problemas fundamentales que preocupan a la sociedad contemporánea; Dios, la ciencia, la educación, la política y el poder, la necesidad de más justicia. Nos encontramos con el pensamiento de dos personajes, ambos argentinos: una es Jorge Bergoglio -en aquel entonces arzobispo de Buenos Aires y luego Papa Francisco-, la otra es la del Rabí Abraham Skorka de Buenos Aires. Los dos líderes religiosos reflexionan, de forma crítica, pero amable.

En el primer capítulo del libro, Bergoglio subraya que Argentina tiene dificultades para fortalecer la “cultura del diálogo.” La gente ve confusión, dice, se identifican más con los que “erigen muros” que con los que “construyen puentes.” Carecen de compromiso, de lágrimas, de compasión, y el problema de patria, patrimonium y de las raíces de la patria.

Los argentinos tienen dificultades para dialogar “porque son víctimas de actitudes que evitan el diálogo verdadero: arrogancia, la incapacidad de escuchar al otro, el juicio negativo anticipado de alguien.” El diálogo verdadero tiene su origen en el respeto de la persona diferente a nosotros. “Se funda en la idea de que el otro tiene que decir algo valioso e importante. La condición indispensable para un buen diálogo es hacer un lugar en el corazón propio para los puntos de vista y las opiniones de la otra persona y no permitir el “prejuicio,” es decir, “el diálogo significa la aceptación amorosa y no el juicio anticipado.”

Un buen ejemplo de dicha calidad de diálogo es la relación que ambos interlocutores han cultivado por años. Nunca hubo entre ellos los muros del prejuicio, pues siempre se vieron el uno al otro como “hermano y amigo,” como Bergoglio dice en un momento. En el diálogo sobre “Dios,” reflexionan sobre la figura de Job, un hombre que habiendo vivido la vida de un justo, se hunde en la desesperación y duda de Dios luego de perderlo todo, inclusive su salud. Pero en un momento es capaz de escuchar y de ver a Dios.

Ambos emplean como punto de partida para sus reflexiones la cualidad de la que carece mucha gente, sobre todo los líderes espirituales y los dirigentes políticos: la cualidad de la humildad y la disposición para escuchar a Dios. En contraste, es la gente que trató de levantar la torre de Babel en el supuesto de que lo sabían todo. El Hombre, dicen los dos, ha sido dotado por Dios el Creador pasa someter la tierra y cultivarla, pero el progreso siempre tiene que estar a la par de la idea de que el centro del progreso es el hombre y su bienestar.

Bergoglio se refiere a una “civilización hedonista, narcisista,” que es lo que caracteriza a las sociedades contemporáneas, que excluyen a ancianos y pobres y que confían en la ciencia por interés. La ciencia tiene su autonomía, dice Bergoglio, y esta se tiene que respetar y alentar. Es un instrumento de la misión divina: fructificar, multiplicar y dominar la tierra y cultivarla. La ciencia transforma la naturaleza en cultura, pero corremos el riesgo de convertir la ciencia en un monstruo de Frankenstein al sobre pujar ciertos límites y al hacerla independiente del hombre.

Esto conduce a una reflexión más general sobre “política y poder.” Aquí se refieren a la historia de Argentina, nación que alcanzó su independencia entre 1810 y 1816. La primera “junta” tuvo lugar en San Miguel de Tucumán en 1813. La Iglesia estuvo presente allí y la tarea fue darle forma a una patria evangelizada católica. Muchos inmigrantes entraron al país y se creó la mezcla de culturas. Todos vivieron como hermanos. Un símbolo de esto fue la ciudad Oberá, capital del mestizo. Tenía 60 templos, y sólo la minoría era católica. Todas las religiones vivían en armonía. Sin embargo, los dos hacen observaciones críticas de su país. Para Skorka, Argentina es un país que tiene el potencial de alimentar a una población de 300 millones, pero hoy únicamente alimenta 38 millones de personas. Deplora que nadie tenga sentido común y que las instituciones políticas sólo busquen el poder por el poder.

Para Bergoglio, nacido en Argentina en 1936, en la sociedad argentina y en los partidos políticos se ha producido un cambio: “Hoy la ‘imagen’ es más importante que lo que se ofrece programáticamente, como Platón dice correctamente en su diálogo ‘Georgias’, defienden la retórica como la esencia de todo. Hemos cambiado de lo esencial a lo cosmético.” Luego reflexionan sobre la “enfermedad” de la sociedad argentina, cuyo síntoma es la “falta de diálogo.” Ambos recalcan que la religión no debiera intervenir en la política, sino entregarse a su función esencial que la soporta -es decir, el diálogo con la sociedad en defensa de los principios trascendentales.

En una “civilización de pensamiento consumista, de hedonismo y corrupción política,” dijo el Papa, el bien común del pueblo ya no es la vara para medir, sino que lo que reina es el capitalismo depredador. El capital, de acuerdo a la doctrina social de la Iglesia, debe servir al hombre, de forma que lo que necesitamos es un orden más justo y social. La pobreza se hubiera erradicado si el pueblo hubiese seguido el modelo que instauró Don Bosco, quien trató de integrar los pobres en la sociedad con la fundación de escuelas de manufacturas en las que el trabajo se definía como la expresión de la dignidad del Hombre, de la misma forma que sucedió en las escuelas ORT, fundadas en 1822, en Rusia, a las que podían asistir los judíos, agregó Skorka. La ayuda a pobres, entonces, no es cuestión de caridad o una charla de café; la sociedad tiene que seguir la doctrina social de la Iglesia. Bergoglio habla en un momento en el libro de la historia de Perón, quien siguió las ideas del obispo De Carlo sobre la Resistencia, quien le ayudara a escribir sus libros sobre la justicia social.

Bergoglio rechaza toda forma de clericalismo religioso militante y ve las futuras religiones y el papel de la Iglesia en los modelos vivos de individuos como Santa Teresa de Calcuta y San Francisco de Assís, quienes entregaron su vida a un modelo de cristiandad diferente; pobreza contra el lujo y contra la vanidad de la Iglesia y del poder secular. El cristianismo, como dice Bergoglio al final del libro, se caracteriza por la búsqueda seria de Dios -cuyo ejemplo son las peregrinaciones de los jóvenes. La verdadera tarea para los líderes religiosos es buscar el mejor camino para canalizar esta fuerza.

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