El pleno empleo y la lucha por la dignidad humana

Jonathan Tennenbaum, de Berlín

En los últimos años se han dedicado numerosos estudios, libros, artículos, conferencias y seminarios al tema del “futuro del trabajo.” Un motivo para esto es la perspectiva de que, en un futuro previsible, los autómatas podrán sustituir a los seres humanos en la mayorías de las actividades que estos desarrollan en la actualidad, con lo cual se ha suscitado la cuestión de cómo se podrá evitar el desempleo en masa. Otro es la creciente concientización del hecho de que la inestabilidad política observada en países de todo el mundo tiene raíces, en gran medida, en el empeoramiento objetivo y subjetivo de la situación de sus poblaciones trabajadoras.

No obstante que la perspectiva de la “robotización” generalizada de la economía está todavía distante, ésta ya influye en la manera en la que muchos ven la crisis presente. No hay duda de que la rápida evolución de la tecnología robótica (mecatrónica) tendrá consecuencias profundas en la función del trabajo humano en prácticamente todos los sectores de la economía.

En contraste con la automatización tradicional, que es limitada, principalmente, a un pequeño repertorio de operaciones repetitivas, los autómatas se caracterizan por una flexibilidad vastamente superior. Los sistemas autómatas se están volviendo capaces de: reproducir muchas de las capacidades táctiles y motoras de los seres humanos; de orientarse y moverse espontáneamente en varios ambientes; de utilizar una variedad de sensores ópticos, acústicos y mecánicos para reconocer y manipular objetos y conjuntos de objetos en relación con sus posiciones, orientaciones y movimientos en el espacio tridimensional; de reconocer y de responder a órdenes de la voz humana; de mejorar su desempeño, de integrar nuevas informaciones y de adaptarse a situaciones nuevas, por medio de varias formas de “aprendizaje artificial”; y otros avances.

En una serie de conferencias recientes, el ex secretario norteamericano del Trabajo Robert Reich (gobierno de Clinton) ha presentado así su visión sobre las dificultades económicas que presenta la revolución robótica:

Imaginen una gran máquina (Reich la llama “Todo”), capaz de producir todo lo que se pueda, posiblemente, desear. Por ejemplo, le dices a la máquina que quieres un auto y le describes el tipo de carro que quieres. El automóvil se produce y se entrega inmediatamente, sin la participación del trabajo humano. ¿Cuál es el problema? –le pregunta a los asistentes. Y el mismo responde: ya nadie podrá comprar automóviles ¡porque nadie tendrá medios para ganar dinero! La robótica habrá eliminado casi todos los empleos industriales y del sector de los servicios. Reich observa que este escenario es futurista, “pero, cuando cada vez más cosas las pueden hacer menos personas, las ganancias van a parar a un círculo cada vez menor de ejecutivos y de propietarios-inversionistas.”

Esta última observación apunta a los temas inmediatos y candentes que están motivando mucho de las discusiones sobre el “futuro del trabajo,” incluso cuando esta expresión no se menciona explícitamente. Sin embargo, ellos no tienen nada que ver con escenarios futuristas, sino con la epidemia de crisis políticas que azota al mundo de hoy, no sólo al llamado sector en desarrollo, sino también a Estados Unidos y a Europa.

Los recientes terremotos políticos de Estados Unidos son particularmente reveladores. Es evidente que el “establishment” estadounidense –que pensaba que poseía un firme dominio del país- no estaba preparado para el nivel de apoyo popular que los candidatos presidenciales Donald Trump (republicano) y Bernie Sanders (demócrata) conseguirían movilizar entre la población. En la medida que quedaba claro que Trump vencería en las previas del Partido Republicano que gran parte de la base demócrata –los jóvenes, en especial- apoyaban la “revolución de Sanders” contra Hillary Clinton y Wall Street, comenzaron a aparecer artículos y comentarios que señalaban la situación miserable de gran parte de la población estadounidense en edad de trabajar.

Por ejemplo, el 22 de febrero pasado, el sitio Hunffington Post publicó un artículo titulado “Desempleo oculto explica el ascenso de Trump y de Sanders.” El autor, Alan Singer, recordaba que la tasa oficial de desempleo de Estados Unidos está. Hoy por debajo del 5 por ciento. Sin embargo, en su discurso después de su victoria en el estado de New Hampshire, Trump afirmó que los números oficiales eran falsos, pues en realidad están alrededor de “28, 29 y hasta 35 por ciento.” Muchos periodistas se rieron de él, pero, escribe Singer, “los números del desempleo de Trump no son tan ridículos y esto puede explicar el ascenso tanto de Trump como de Bernie Sanders en la primarias republicanas y demócratas.”

Singer observa que la tasa oficial incluye tan sólo a las personas que no tienen un empleo, pero que quieren uno, y lo han buscado activamente en los cuatro meses anteriores a la investigación:

“Pero, si se incluyese a las personas que quieren trabajar y buscaron un empleo durante el año anterior, trabajadores desilusionados que dejaron de buscarlo por causas de las condiciones económicas y a personas que tienen trabajos por algunas horas, pero que quieren un trabajo de tiempo completo, el desempleo asciende a 9.9 por ciento. Y este mismo número puede ser artificialmente bajo. En 1999, 85 por ciento de los estadounidenses entre 25 y 54 años estaban trabajando. Hoy, ese número es de apenas 81 por ciento. Si contamos como desempleo a los trabajadores que están faltando, la tasa de desempleo se eleva a más de 12 por ciento. Y cuando se agregan los estudiantes universitarios que quieren trabajar, personas más viejas que fueron obligadas a retirarse, a personas con problemas físicos que trabajarían si pudiesen y a mujeres con hijos, que trabajarían si tuviesen acceso a servicios de cuidados adecuados para ellos, el desempleo oculto de Estados Unidos se ubicaría, probablemente, por encima de 30 por ciento”.

La situación de muchos estadounidenses “privilegiados” por estar empleados con frecuencia no es mucho mejor. Un comentario publicado en el Boston Globe del 21 de marzo, por Ronald Merullo, hace hincapié en las condiciones subjetivas de las masas de trabajadores pobres del país:

“El llamado de Trump no se funda, primariamente, en racismo o rabia. Se funda, principalmente, en la humillación… Yo estoy cerca de personas que son trabajadoras y pobres. Hay un tipo particular de humillación que rodea sus vidas, aunque muchas de ellas sean suficientemente orgullosas como para usar esa palabra. No están muriendo de hambre… Pero a cada momento ven imágenes de personas que poseen cosas que ellos nunca tendrán. Todo espectáculo de la televisión y de los sitios de internet, virtualmente, muestra propaganda con familias relajadas… que tienen una casa, autos nuevos, que hacen cruceros de vacaciones y que usan todo tipo de equipos electrónicos que llevarían a un trabajador pobre a la quiebra. (…)”

Al referirse a la inclinación “políticamente correcta” de la prensa, que parece más interesada en los derechos de los transexuales que en los problemas de la mayoría de los ciudadanos, Merullo escribe:

“Imagine lo que es llegar a casa de regreso de un trabajo (o dos) que detestas, que los exaspera, que le deja al final de la semana cinco dólares para un regalo de cumpleaños de un hijo, y escucha a alguien decir que eres un ‘privilegiado’… Entonces, cuando esas personas ven manifestantes perturbando el discurso del candidato que esperan que cambie sus vidas, y le escuchan decir ‘le daría una trompada en la cara al tipo ese’ –el tipo de lenguaje con el que crecieron-, y cuando el hablar sobre los empleos de salarios decentes que fueron transferidos a China (algo sobre los cual Trump habla más que cualquier otro candidato) ¿será también una sorpresa para las personas que van a las urnas y votan en Donald?”.

Inseguridad económica provoca la rebelión política

Robert Reich –quien se ha convertido en un prominente apoyador de Sanders- señaló en una conferencia reciente que la inseguridad económica diseminada es una de las causas principales de la rebelión política de Estados Unidos.

Dos tercios de las personas empleadas en el país no tienen contratos a largo plazo. Muchas de ellas están trabajando “por pedido,” en una perspectiva de corto plazo, y no saben lo que estarán haciendo dentro de un año. Los sindicatos, que desempeñaron un papel importante en la lucha para la seguridad del trabajo, representan ahora a menos de 7 por ciento de los trabajadores del sector privado. Al mismo tiempo, la enorme porción de la fuerza de trabajo que no tiene educación superior ni la preparación especializada para conseguir empleos bien pagados no tiene otra opción sino la de recurrir a empleos de salarios bajos, como vendedores, meseros, cuidadores de enfermos, conductores de camiones, etc.

La situación era enteramente diferente en los años cincuentas y sesentas del siglo pasado. La “Lei de los soldados” (Ley G.I.), aprobada al final de la Segunda Guerra Mundial, aseguró educación superior gratuita y muchas otras formas de apoyo para los militares que volvían a casa. La expansión de la industria estadounidense brindó la oportunidad para que la mayoría de las familias de la clase trabajadora –también los negros- ascendiesen a la clase media, siendo parte del llamado “sueño americano.”

Hoy, sin embargo, luego de décadas de desindustrialización, decenas de millones de familias trabajadoras que integraban la clase media viven en los guetos, en el notorio “cinturón de desechos” (“rust belt”) y en otras regiones, empobrecidas y, en gran medida, están desempleadas y sin ninguna perspectiva de futuro. Comunidades anteriormente prósperas están ahora arruinadas, con su infraestructura física y social colapsada y su juventud devastada por las drogas y la delincuencia.

La inseguridad económica aumentos de forma espectacular, inclusive entre personas que todavía integran la clase media. Esto ha tenido consecuencias particularmente fuertes sobre la generación más nueva, que encuentra más difícil, o imposible, planear sus vidas.

Bajo la presión para obtener las mejores calificaciones académicas posibles, para competir en el mercado del trabajo, muchos jóvenes incurren en pesadas deudas para pagar su educación superior. El endeudamiento medio entre los graduados universitarios estadounidenses ha aumentado constantemente, para llegar a los 37 mil dólares, el año pasado. Sin embargo, en muchos casos, la deuda es mucho mayor, ya que llega a superar los 50 mil dólares para las carreras de ciencias y de 160 mil, para los post graduados de medicina y de ciencias de la salud. Esto condujo en 2015 a una situación en la que más de la mitad de la deuda estudiantil del país estaba atrasada o en incumplimiento franco. Muchos jóvenes ya entraron al mercado de trabajo en condiciones de ruina financiera. ¿Dónde van a vivir? ¿Cómo pagarán sus cuentas? ¿Cómo construirán sus familias?

Todo esto está sucediendo en la nación que, supuestamente, es la más rica del mundo, cuya economía, dicen, se recuperó de la crisis financiera de 2008 y, ahora, mantiene un “robusto crecimiento.”

Sin embargo, lo cierto es que la declinación o hasta la extinción de la clase media tradicional trabajadora y el radical aumento de la inseguridad económica ha ocurrido en todos los países industriales. No hace falta decir que la situación de los países en desarrollo es mucho peor. Todas las naciones del mundo, prácticamente, están hoy en un estado de profunda crisis económica, social y política.

¿Dónde está el paraíso prometido por los defensores de la globalización financiera y de otras conductas neoliberales? Casi en todos los lugares, la crisis está relacionada, directa o indirectamente, con el fracaso de proporcionar empleos seguros y salarios similares a los de la clase media a la mayoría de la población en edad de trabajar, En esta situación hay un interés creciente en la antigua propuesta de que los gobiernos deberían proveer algún tipo de renta garantizada e incondicional a todos los ciudadanos. Como es sabido, hay regiones en las que se han puesto en práctica medidas así, en regiones e inclusive en países, entre ellos Brasil, con el programa asistencialista conocido como Bolsa Familia (beca familiar). Aunque una propuesta en este sentido haya sido derrotada en el referendo de Suiza, la agudización de la crisis ha ampliado el número de sus simpatizantes, tanto entre “progresistas” como conservadores, estos últimos por considerarla una forma de eliminar la enorme burocracia estatal de los sistemas de seguridad existentes.

La finalidad de la economía

No es el propósito de este artículo el de analizar los pros y las contras de una “renta básica asegurada.” Quiero presentar, en lugar de eso, un problema diferente: ¿Qué sucedió con el objetivo de alcanzar el pleno empleo? ¿Por qué los gobiernos no pueden adoptar una política que asegure, por medios directos e indirectos, que haya una demanda suficiente para el trabajo y una oferta suficiente de empleos bien pagados para toda la fuerza de trabajo? ¿Por qué los gobiernos no adoptan medidas de emergencia, por ejemplo, el uso de la generación de crédito productivo, en combinación con inversiones públicas a gran escala en la infraestructura y en otros sectores claves de la economía, para así crear millones de empleos productivos, que corrijan los desastres causados por la desreglamentación, por la privatización y por el desmantelamiento de los sistemas sociales, y reestructurar la seguridad económica de la población?

En este contexto, ni siquiera partes de la “izquierda,” en el ámbito internacional, o de la social democracia, que, nominalmente, representaban los intereses de la clase trabajadora, pugnan por el tradicional apoyo al pleno empleo. Una razón es la creencia de que en la actualidad no hay ninguna posibilidad realista de cambiar las “reglas del juego” establecidas por la globalización financiera y por otras reformas liberales.

En una conferencia sobre el “Futuro del trabajo,” una semana antes del referendo suizo, el ex ministro de Hacienda de Grecia, Yanis Varoufakis, fue un ejemplo de lo anterior, coincidiendo con los neoliberales en este aspecto, al decir que “el paradigma social-democrático del New Deal está acabado, y no se puede revivir.” Según él, el capitalismo entró en un estadio objetivo nuevo de desarrollo, en el que las antiguas soluciones se volvieron obsoletas. Pero, sin duda, la principal razón por la que la idea del pleno empleo desapareció de la agenda es la creencia, articulada por Richard Reich en la misma conferencia, de que, en el futuro previsible, el uso de los autómatas y de los sistemas automatizados a gran escala provocará el desplome de la demanda de trabajo humano. Sólo una pequeña fracción de la fuerza de trabajo será necesaria para alimentar la economía. En tal situación, la idea de volver al pleno empleo sería, obviamente, una completa fantasía, y Reich ni siquiera la mencionó.

Reich parece ser una persona cuerda, pero, en mi opinión, sus conclusiones parten de un concepto fundamentalmente equivocado de la economía. El problema es típico, no sólo de economistas profesionales como él, sino que lo comparte la mayoría de los políticos y de las personas comunes.

El problema se vuelve claro cuando preguntamos a nosotros mismos: ¿Cuál es el objetivo de la economía? ¿Cuál es el propósito de la actividad económica? La respuesta obvia es que este objetivo es satisfacer las necesidades humanas. Pero ¿Cuáles son las necesidades humanas? Para abordarla con seriedad, esta pregunta exige un tipo de respuesta completamente diferente a, por ejemplo, una lista de tipos y cantidades de bienes y servicios que se correspondan a algún “patrón de vida mínimo” seleccionado.

Al contrario de los que indican las tendencias de casi todos los economistas del “establishment,” así como los “progresistas,” es imposible definir las necesidades humanas sin considerar la naturaleza esencial del hombre como un ser espiritual –un ser que posee poderes mentales creadores que se distinguen de forma absoluta de todas las demás especies vivientes.

Vivir como un ser humano, en el sentido más complejo de la expresión, exige que la capacidad creadora de todo individuo se ejerza constantemente y se realice in actu (en acto, en la práctica). Por consiguiente, las “necesidades humanas” incluyen todo lo necesario para que los individuos de la sociedad puedan vivir como seres humanos en el sentido más pleno. Es evidente que la tarea de satisfacer las necesidades humanas en ese sentido nunca se podrá cumplir de una sola vez, sino en un proceso de desarrollo continuo y abierto. Asimismo, va más allá de las posibilidades del dominio económico en sí.

Pero ¿Cuáles son las implicaciones para la economía cuando postulamos que el propósito de una economía es contribuir al máximo posible a ese proceso? Ahí es cuando comenzamos a ver claramente la falacia que fundamenta la idea de que “en el futuro, menos y menos personas serán necesarias para producir lo que la sociedad necesita.” Lo cierto es que la sociedad precisa de no sólo bienes y servicios, sino, por encima de todo, ciertas formas de actividades humanas, per medio de las cuales los integrantes de la sociedad puedan desarrollarse y hacer realidad sus potenciales como seres “creados a imagen de Dios.”

Entendida así entonces, la tarea primaria de la economía es producir ese tipo de actividades. ¿Cómo se puede hacer esto? ¡Empleando a las personas para hacerlo! Con más precisión: orientando la economía –por medio de normas económicas adecuadas- en una trayectoria de progreso económico que asegure una expansión constante del empleo en las formas de actividades deseadas, así como la oferta de bienes y servicios (incluyendo, en especial, la educación) necesarios para apoyar tal expansión.

En mi libro La economía física del desarrollo nacional (que será publicado por Capax Dei Editora en breve), especifico los criterios para esa trayectoria. Su característica esencial es el aumento significativo del porcentaje de la fuerza de trabajo empleada en investigaciones científicas y en los progresos técnicos correspondientes, en parte, en proyectos intensivos en ciencia patrocinados por el Estado, como la exploración y colonización del espacio a largo plazo.

Lejos de constituir una amenaza para el empleo, la “robotización” contribuirá a acelerar este proceso, al liberar la fuerza de trabajo de actividades rutinarias y no creadoras. Una parte creciente de la demanda total de bienes manufacturados se destinará al abastecimiento de equipos y de infraestructura para la investigación científica, para el estudio de la naturaleza y de la exploración de universo en todas las escalas. El empleo de la industria manufacturera estará cada vez más concentrado en el desarrollo, proyección y producción de productos “de tipo único” necesarios para realizar experimentos científicos y de prototipos de nuevas técnicas concebidas para su uso en varios sectores de la economía. Estas actividades son intensivas en el trabajo y en la ciencia, y exigen capacidades creadoras para la solución de problemas de innovación a gran escala. Este es un renglón en el que las empresas pequeñas y medianas tienen una gran ventaja, por lo que su importancia económica tiende a aumentar.

Con la economía estructurada de esa forma, las inversiones crecientes de mano de obra y de recursos en actividades relacionadas con la ciencia serán compensadas con el aumento de la productividad física que será generada como subproducto del crecimiento del conocimiento científico y de sus aplicaciones técnicas. Podemos calificarla como una economía generadora de conocimiento. El renacimiento de la música clásica, del arte y de la poesía, naturalmente, tiene un papel esencial, en especial, entre los jóvenes, debido al contenido espiritual y por hacer a las personas más creativas, en lugar de más estúpidas, como ocurre con la actual cultura popular. En resumen: ¡el objetivo es transformar el desarrollo del conocimiento humano y de la capacidad creadora del hombre en el principal generador de empleo, de inversión y de demanda!

El orden mundial neoliberal está desplomándose, y con él la autoridad de las ideologías y de las instituciones sobre las que ese orden mundial se funda. Los terremotos políticos que ocurren en todo el mundo hacen posible cambios radicales de política. Así que es particularmente urgente que se corrijan los presupuestos y los hábitos mentales prevalecientes en la economía, que obstaculizan el camino a una solución de la crisis y que puede, inclusive, empeorarla. El objetivo delineado aquí puede parecer distante, por el momento, pero puede funcionar como indispensable “estrella en el horizonte,” para orientar la política económica en la dirección correcta.

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