MSIa Informa, 2 de agosto de 2019.- El sábado 20 de julio se cumplió medio siglo de la misión Apolo 11 de la NASA (Agencia Nacional de Aeronáutica y del Espacio), la cual protagonizó la primera de seis misiones tripuladas que descendieron en la Luna entre 1969 y 1972.
En un acto conmemorativo realizado el 17 de julio en Cocoa Beach, Florida, cerca del Centro espacial Kennedy, la base de lanzamiento de la NASA, tres veteranos del Proyecto Apolo trasmitieron el significado más profundo de la carrera espacial librada entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Para ellos es necesaria una nueva y audaz tarea en exploración espacial, no sólo para promover la prosperidad de Estados Unidos, sino también para unir a la humanidad en un objetivo común.
Russell Schweickart, piloto del módulo lunar en la misión preparatoria Apolo 9, enfatizó que las misiones Apolo se caracterizaban “por el sentido de que teníamos que ir allá, que no eran tan sólo Estados Unidos -era universal.” Por ello, dijo, “me parece que se necesita hacer algo aproximado a lo que hizo el Apolo 11. Se debe tener un gran objetivo. No puede ser un paso sólo de incremento. Tiene que ser algo que conmocione profundamente la psique humana” (Moon Daily, 17/07/2019).
Charlie Duke, de la misión Apolo 16, afirmó que sólo empresas espaciales audaces pueden unir al planeta en un sentimiento de realización, puesto que el proyecto Apolo empleó 400 mil personas y estimuló el desarrollo de tecnologías en numerosos campos. “Pienso en la exploración del espacio con el Cristóbal Colón del futuro”, dijo.
Duke no lo dijo, pero se estima que cada dólar invertido en el proyecto Apolo, cuyo costo actualizado fue de 220 mil millones de dólares, generó otros 14 dólares en subproductos en la economía estadounidense.
Michael Collins, piloto del módulo de comando del Apolo 11 (que permaneció en órbita en torno de la Luna, también presente en el acto, expresó el deseo de buena parte de la comunidad espacial estadounidense de que la próxima misión tripulada del país tuviese como objetivo Marte, en lugar de la Luna. “Yo digo, vamos a Marte, JFK directo, tal vez expreso,” afirmó, citando la decisión del entonces presidente John F. Kennedy, en 1961, de llevar al hombre a la Luna antes del final de la década.
Las ponderaciones de esos pioneros remiten a una cuestión existencial para una humanidad inserta en un orden universal intangible y en un sentido final para el proceso evolutivo que resultó en el homo sapiens: la extensión de la trayectoria humana al espacio cósmico representa nuestro destino y nuestra misión como especie.
Esa poderosa idea fue expresada de forma brillante por Krafft Ehricke, ingeniero aeronáutico alemán que fuera uno de los principales colaboradores de Wernher von Braun, el gran líder científico del proyecto Apolo. Para él, la humanidad tiene un “imperativo extraterrestre.” En un artículo escrito en 1957, año en que se inició la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con el lanzamiento del satélite Sputnik-1 y cuatro años antes del inicio del proyecto Apolo, escribió:
“La idea de viajar a otros cuerpos selectos refleja en el grado más elevado la independencia y la agilidad de la mente humana. Ella confiere una dignidad última a las hazañas técnicas y científicas del hombre. Encima de todo, toca la filosofía de su propia existencia. Como resultado, el concepto de viaje espacial no toma en cuenta fronteras nacionales, se niega a reconocer las diferencias de origen histórico o etnológicas y penetra en la fibra de un credo sociológico o político tan rápidamente como en la de otro”.
Según Ehricke, “al expandirse por el universo, el hombre cumple su destino como un elemento de vida, dotado del poder de la razón y de la sabiduría de la ley moral en sí mismo.
Tal era la motivación que impulsaba a aquellos pioneros y, en gran medida, a los centenares de miles de profesionales de todos los campos que trabajaban en los programas espaciales de las dos súper potencias, independientemente de que la carrera espacial haya sucedido de las décadas de 1950 y 1960 se haya dado en el marco de la Guerra fría. Ese mismo vector para el espacio -y para el futuro- era compartido también por gran parte de la población mundial, que veía en la conquista del espacio la prolongación lógica y necesaria del impulso optimista acarreado por la reconstrucción económica de la post guerra, que brindó a la humanidad en su conjunto las tres décadas de mayor progreso socioeconómico de la Historia.
Retomar el pionerismo
Las misiones Apolo señalaron el ápice de ese impulso y de esa visión optimista del hombre en el universo, que sería sustituida en las décadas siguientes por el pesimismo anti tecnológico generado por la llamada contra cultura y por el movimiento ambientalista internacional, ambos creaciones artificiales de los centros de poder hegemónicos, para los cuales la perspectiva de progreso conjunto de la humanidad representa un auténtico anatema. La cancelación del proyecto Apolo luego de la misión Apolo 17, en 1972, señaló la interrupción de una estrategia cuya prolongación contemplaba posarse en Marte en la década de 1980.
Al lado del pesimismo inducido por la contra cultura y por el ambientalismo, la “lógica” de la Guerra fría prevaleció sobre la conquista del espacio, desviando y desperdiciando con finalidades estrictamente militares una plétora de profesionales y de recursos físicos y económicos, que bien pudieran haber dado otra forma a los esfuerzos espaciales y a su influencia para la humanidad en general. El mismo Kennedy tenía ya la intención de transformar la carrera espacial en un elemento de cooperación con la Unión Soviética, como lo señaló en su discurso ante la Asamblea general de Naciones Unidas el 20 de septiembre de 1963. Aunque los dirigentes soviéticos hayan recibido inicialmente con desconfianza la propuesta (igualmente rechazada por diversos sectores del establishment estadounidense), el premier Nikita Jrushov cambió su posición en noviembre de aquel año, luego de que Kennedy reiteró su oferta. Sin embargo, el asesinato del presidente, el 22 de noviembre, acabó con la posibilidad de la misión conjunta, pues su sucesor, se mostró mucho más susceptible a los intereses del establishment, que no tenían la intención de darle un nuevo rumbo a la Guerra fría o inclusive terminarla. Del lado soviético, el mismo Jrushov, que había desarrollado una especie de relación especial con Kennedy, no resistió la dinámica prevaleciente y terminó depuesto en 1964.
Parece claro que hoy las etapas siguientes de la epopeya espacial de la humanidad tendrán que ser vencidas en conjunto, y no sólo con esfuerzo nacionales individuales o por consorcios de empresas privadas. En una entrevista publicada el 9 de julio de 2009 en el sitio alemán Spiegel Online, durante las celebraciones del cuadragésimo aniversario de la misión Apolo 11, el entonces administrador del programa de la Estación Espacial Internacional. Jesco von Puttkamer, un veterano integrante del equipo montado por von Braun en la NASA, afirmó:
“(…) La era del vamos solos acabó. El proyecto Apolo sucedió durante la Guerra fría, cuando estábamos involucrados en una carrera espectacular con los soviéticos. Pero mucho ha cambiado desde entonces. Dejamos de lado aquella manera de pensar competitiva y todo el mundo está invitado a tomar parte de las misiones futuras. Eso ya funciona así en la Estación espacial internacional, donde 16 países trabajan juntos de una manera ejemplar. Creamos una espacie de Naciones Unidas en el espacio. (…)
“Marte es el planeta de nuestro destino. Existe la bien fundada esperanza de que podamos encontrar allí trazas de vida extraterrestre, aunque sean microbios fosilizados… Pero lo más importante es que un día la gente pondrá los pies en Marte y lo poblarán. El planeta desierto Marte… se puede convertir en un Marte verde, por medio de la llamada “terraforming” (formación de Tierra) -en otras palabras, la transformación activa de su ambiente. Si esto tiene éxito, la humanidad habrá creado para sí misma un segundo hogar, para el caso de que el impacto de un asteroide o alguna otra gran catástrofe barriese la vida en la Tierra. Solamente teniendo a Marte como planeta de reserva, la raza humana se volverá realmente inmortal”.
Aunque pudiese parecer ciencia ficción a muchos, científicos estadounidenses, rusos y de otros países ya se dedican activamente a estudios para la conversión del ambiente marciano en uno que haga posible la habitación permanente del planeta por seres humanos. Por coincidencia, el 20 de julio de 2009 se anunció el descubrimiento de una mancha del tamaño de la tierra en Júpiter, causada probablemente por el impacto de un cuerpo celeste contra el planeta. De la misma forma, en julio de 1994, en ocasión del vigésimo quinto aniversario de la llegada a la Luna, ocurrió el choque del cometa Shoemaker-Levy 9 contra Júpiter. Edwin “Buzz” Aldrin, el segundo hombre que descendió a la Luna, minutos después del comandante del Apolo 11, Neil Armstrong (fallecido en 2012), subrayaba que un viaje tripulado a Marte podría desempeñar para la humanidad el mismo papel que la antigua carrera espacial, el de establecer una meta para las generaciones más jóvenes, que necesitan tales objetivos. Lo cierto es que la conquista espacial como proceso puede ser un poderoso catalizador de una nueva actitud de cooperación internacional, que es imprescindible para enfrentar los grandes problemas que sufre la humanidad en este turbulento siglo XXI.

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