Trump y la sombra de Roy Cohn

Desde que Donald Trump tomó posesión de la presidencia en enero pasado, numerosos artículos han puesto atención en sus frecuentes deslices verbales y su lenguaje corporal al interactuar con jefes de Estado extranjeros. Un ejemplo, fue su observación sobre la “gran forma física” de la esposa del presidente francés Emmanuel Macron, Brigitte (64 años), en la reciente cumbre del G-20 en Hamburgo a principios de julio. Otro fue su fuerte apretón de manos con Macron, que lo hizo inclinarse en su dirección. En un debate en la televisión alemana WDR, que incluyó comentaristas alemanes y estadounidenses, un importante estratega alemán manifestó su preocupación por la naturaleza “totalmente imprevisible” de Trump, destacando que juega con fuego al inflamar crisis que pueden llevar a un conflicto, como, por ejemplo, con Corea del norte.

A propósito del carácter del presidente estadounidense, es relevante la lectura de un reportaje de la periodista Marie Brenner, publicada en el sitio de la revista Vanity Fair, con el título “Cómo la implacable simbiosis de Donald Trump y Roy Cohn cambió a los EUA”. A pesar de reflejar el punto de vista de una conocida simpatizante del Partido Demócrata, el texto aporta elementos útiles para la comprensión del comportamiento de Trump, a partir de su relación con el notorio abogado de New York, Roy Cohn (1927-1986).

El reportaje, en realidad una serie de artículos y testimonios de diferentes autores y testigos, muestra que Trump aprendió muchas cosas con Cohn, en lo que respecta al trato con sus opositores políticos. La fama de Cohn resulta de su actividad de “cazador de comunistas” y abogado de mafiosos. En la década de 1950, él fue el principal asesor del todopoderoso senador Joseph McCarthy en su cacería de brujas anticomunista, en particular, en el caso del espionaje de la pareja de Julius y Ethel Rosenberg, ambos condenados a muerte.

“Durante el Terror Rojo de los años 1950, él y el senador por Wisconsin Joe McCarthy, el mitómano y violento cruzado nacionalista, arrestaron docenas de supuestos “simpatizantes comunistas”, para declarar ante un panel del Senado. Antes, el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de diputados había espiado artistas y locutores, bajo acusaciones semejantes, resultando en un senda de miedo, sentencias de prisión y carreras arruinadas para centenas de personas, muchas de las cuales había hecho causa común en el combate al fascismo”, escribe Brenner.

Según ella, “el poder de Cohn se originaba, en mucho, en su habilidad de asustar potenciales adversarios con amenazas vacías y procesos espurios”.

Finalmente, las acciones de McCarthy irritaron al presidente Dwight Eisenhower (1953-61), al punto de ordenar la liberación para la prensa y legisladores claves, de documentos comprometedores contra el furibundo senador, lo que resultó en una serie de audiencias promovidas por el Ejército, la cuales fueron acompañadas por 20 millones de estadounidenses. En semanas, Cohn fue eliminado y McCarthy recibió una moción de censura del Senado, lo que motivó su renuncia al cargo en 1954 (murió en 1957 a los 48 años a causa del alcoholismo).

Sin embargo, dice Brenner, “Cohn transformó la derrota en triunfo y otra de sus tácticas era volverse amigo del principal columnista de chismes”.

Después del trabajo con McCarthy, el inicio una larga carrera de abogado en New York. Entre sus clientes, se encontraban el empresario inmobiliario Fred Trump, su hijo y sucesor Donald y capos mafiosos del calibre de Antonhy Salerno, Carmine Galante, John Gott y Steve Rubella. La relación de Cohn con Donald Trump se inició en 1973, cuando el ex-asesor de McCarthy ya era una de las principales palancas de poder en New York.

“Con el implacable abogado como guía, Trump se lanzó a los círculos de poder de la ciudad y aprendió muchas de las tácticas que, inexplicablemente, lo llevarían a la Casa Blanca, años después” puntualiza Brenner.

En la década siguiente, Trump abrió el Grand Hyatt Hotel y, en la medida en que sus negocios crecían, “lo mismo ocurría con la mano oculta de Cohn, siempre dispuesto a ayudar con nebulosas exenciones fiscales, alteraciones de zonificación, acuerdos almibarados y amenazas a los que pudieran quedar en el camino del proyecto”.

En los 39 proyectos inmobiliarios de Trump, según un proceso del Departamento de Justica, había una práctica generalizada de evitar alquilar los inmuebles a personas negras, pero Trump consiguió zafarse.

De acuerdo con Brenner, “con sus bravatas, oportunismo descuidado, pirotecnias legales y falsificaciones seriales, Cohn se convirtió en un oportuno mentor para el joven heredero inmobiliario. Cuando el primer gran proyecto de Trump, el Grand Hyatt, estaba listo para inaugurarse, ya estaba envuelto en múltiples controversias. Estaba en disputa con la alcaldía, por exenciones fiscales y otras concesiones. El engañó incuso a su propio socio, Jay Pritzker, alterando un término de un acuerdo cuando Pritzker estaba afuera, en un viaje a Nepal. En 1980, en cuanto se levantaba lo que sería la Trump Tower, el antagonizó a numerosos patronos de arte y funcionarios de la alcaldía, cuando demolió los frisos Art déco que adornaban el predio construido en 1929”. En la ocasión, Trump respondió con una frase que era puro Roy Cohn. “¿A quién le importa? Digamos que yo hubiera dado esa basura al Met (Museo Metropolitano de Arte. Ellos, simplemente, los hubieran puesto en su sótano”.

En uno de los artículos, el periodista Sam Roberts afirma que Cohn procedía con una estrategia tridimensional. “1) Nunca haga un acuerdo, nunca se rinda, 2) contraataque, responda inmediatamente con otro proceso;3) no importa lo que pase, no importa cuanto esté usted atascado en el lodo, proclame victoria y nunca admita su derrota”.

En 1986, Cohn fue expulsado de la Asociación de Abogados de New York, por “deshonestidad, fraude, logro y representación fallida” –es decir, sus despreciables prácticas profesionales, finalmente cobraron su debido precio. Al mismo tiempo, era procesado por el Servicio de Rentas Internas (equivalente a SAT mexicano n.e.) En agosto de aquel año, murió de complicaciones asociadas al SIDA. Para entonces, Trump ya se había distanciado de él.

Al final, Brenner comenta que el día que Trump fue elegido presidente, recibió un telefonema de Roger Stone, amigo íntimo de él y de Cohn. Entonces, dijo Stone posteriormente, Trump se puso melancólico. “¿Roy no adoraría este momento? ¡Compa, como sentimos su falta!

El efecto de la influencia de Cohn sobre Trump resulta evidente en el libro El Arte de la negociación, de Trump y Tony Schwartz, publicado en 1987. Como observó uno de los autores, Trump mantuvo la bola rodando con sus incesantes tuits, ataques, cambios de tema, mentiras, amenazas, hostigamiento de enemigos percibidos, y manteniendo a sus aliados, enemigos, el Congreso, Wall Street, etc., siempre perplejos y desprevenidos para la jugada final. El es como el boxeador no preparado que sube a ring moviéndose rápidamente, sorprende a su oponente y, milagrosamente, consigue el nocaut. Así fue su victoria en las primarias del Partido Republicano y la disputa con Hillary Clinton.

La prensa y sus opositores se concentraban solamente en sus bizarras artimañas, sin lograr reconocer una inclinación anti-Establishment en el electorado, un estado de negación que todavía se mantiene, seis meses de la toma de posesión de Trump.

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