Trump: el último tango “calientista” en París

Tal y como lo había prometido, el presidente Donald Trump anunció que Estados Unidos abandonaba el Acuerdo de París, la gran negociación climática con la que su antecesor, Barack Obama, había comprometido al país, en especial, en lo correspondiente a las esperadas contribuciones financieras para el Fondo Verde del Clima, cuya meta ambiciosa es llegar a los 100 mil millones de dólares anuales.

A propósito, gran parte de las reacciones negativas, muchas rayando en la histeria, se deben a la importancia de Estados Unidos para los acuerdos y los negocios financieros de la “industria del calientismo,” para cuyo sustento el Fondo Verde es fundamental, véase, si no, el punto tres de la nota divulgada por la organización no gubernamental Observatorio del Clima (31/05/2017), que también resalta el precedente del “mal ejemplo” dado por los EUA:

«3-¿Cuáles son las consecuencias de la salida para la negociación?

“Son inmensas: Estados Unidos es el mayor emisor histórico de gases de efecto invernadero y uno de los principales donadores del Fondo Verde del Clima, que necesita llegar a los 100 mil millones de dólares al año a partir de 2020. Con los americanos fuera, el mundo queda con un agujero en la ambición colectiva de las meta de reducción de emisiones y un agujero todavía mayor en el financiamiento climático, lo que elevará todavía más la tensión que ya existe entre países ricos y países pobres sobre quién habrá de pagar la cuenta.

“Otro efecto temido es que otros países sigan el ejemplo de Estados Unidos y abandonen el acuerdo o reduzcan la importancia del cumplimiento de sus metas –lo que, al final, son voluntarias y no conllevan castigos en caso de que no sean cumplidas. Naciones como Rusia y las Filipinas ya amenazaron con dar marcha atrás. El gobierno estadounidense también era importante para moderar a países como Australia y Nueva Zelanda, tradicionalmente titubeantes para intervenir en el clima. Sin él, esos países pierden el súper ego, por decirlo así.

“Pero la principal consecuencia de la salida de Estados Unidos es psicológica: muchos países “convertidos” recientemente a la causa climática en la época de la firma del Acuerdo de París podrán dejar de tratar el tema como lo más importante, aunque se mantendrían formalmente fieles al acuerdo. Un ejemplo claro es Brasil, que está aumentando sus emisiones.»

Vale la pena, en contraste, ponerle atención a los comentarios de un ambientalista casi convertido a la racionalidad, el estadístico sueco Bjorn Lomborg (autor del conocido libro El ambientalista escéptico), quien, a pesar de creer en la influencia humana en la dinámica climática mundial, es un crítico serio de la forma como se está abordando el problema.

En un artículo publicado en el Daily Telegraph británico (01/06/2017), con el sugestivo título de “Donald Trump tiene razón al rechazar el tratado de cambios climáticos de París: probablemente será un costoso fracaso,” señala tres motivos por los que, difícilmente, el tratado podrá sostenerse. Primero, los costos elevadísimos. Según él,

“El acuerdo de París será el acuerdo mundial más caro de la Historia Universal. Reducir las emisiones sin sustitutos accesibles y efectivos de los combustibles fósiles implica energía más cara y menos crecimiento económico… Además, el tratado gira en torno del compromiso de 100 mil millones de dólares por año en “ayuda climática” para las naciones en desarrollo, a partir de 2020… Esos enormes costos han amenazado el tratado desde un principio. No será difícil imaginar a otros líderes vacilando ante un crecimiento desacelerado, o naciones ricas que se nieguen a dedicar la ayuda prometida. ¿Irreversible? Veamos si semejante bravata resiste a una regresión económica.”

Destaca, en segundo lugar, los efectos “munúsculos” del acuerdo sobre la temperatura, pues conlleva compromisos que implican en “menos de 1 por ciento de las reducciones de carbono que serían necesarios para mantener el aumento de la temperatura debajo de 2 grados centígrados.” A pesar de la incorrección científica de tales números, ya que las emisiones de carbono de las actividades humanas tienen un efecto nulo tanto en la temperatura atmosférica como en la oceánica, Lomborg señala que los enormes efectos socioeconómicos resultantes de la pretendida “descarbonización” de la matriz energética mundial serían virtualmente irrelevantes para las metas que se pretenden.

El tercer punto se refiere a la sustitución del carbón mineral, del petróleo y del gas natural como los principales combustibles utilizados en el planeta. Para Lomborg, “a pesar de la mucha propaganda, la energía verde todavía está muy lejos de poder sustituir los combustibles fósiles.” Tras recordar los pronósticos cándidos de otros ambientalistas, en las décadas de 1970-80, sobre las fuentes solares y eólicas, observa que,

“Aun con centenas de miles de millones de dólares en subsidios anuales, hemos satisfecho apenas, según la Agencia Internacional de Energía, el 0.5 por ciento de las necesidades energéticas mundiales con el viento, 0.1 por ciento con placas solares fotovoltaicos. Eso era –sigue siendo- un pensamiento anhelante. La energía verde es tan ineficiente que Reino Unido suspendió los subsidios a la energía solar, las instalaciones se desmantelaron. España estaba pagando casi el 1 por ciento de su PIB en subsidios para las energías renovables, más que lo que gastaba en educación superior. Cuando redujo esos subsidios, la generación nueva de energía eólica se hundió en el colapso total”.

El “ambientalista escéptico” concluye categórico: “Esos tres hechos irrefutables significan que, para los líderes mundiales, es imprudente e insensato mantenerse fijos en París –probablemente, el acuerdo no sólo se debilitará, sino que será enormemente costosos y no hará casi nada para solucionar el cambio climático.”

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