Desde los cruciales eventos del 11 de septiembre de 2001, la gran mayoría de los ataques terroristas atribuidos a “extremistas islámicos” ocurridos en países occidentales puede ser encuadrada en dos categorías, estrechamente relacionadas a la agenda estratégica del eje de poder hegemónico anglo-americano. Ambas pueden ser descritas genéricamente como terrorismo sintético, por ser producido directa o indirectamente por agencias gubernamentales.
La práctica se remonta a la década de 1920, con la creación y manipulación de la Hermandad Musulmana por la inteligencia británica, como instrumento de desestabilización al servicio de su agenda geopolítica en Oriente Medio. La actual generación de radicales islámicos tiene origen en la formación del ejército de guerrilleros mujahidin, a inicio de la década de los 1980s, movilizados por los servicios de inteligencia de los EUA, Arabia Saudita y Pakistán, para combatir al ejército soviético en Afganistán. Después de la retirada soviética, en 1988, muchos de estos combatientes bien entrenados pero desempleados, se reagruparon en torno de redes como al-Qaeda, asegurando la transición hacia la actual generación de fanáticos que han asolado, a Europa Occidental, Rusia, el Cáucaso, el Oriente Medio y el Norte de África.
La primera categoría es la de las acciones “bandera falsa” (false flag), cuando los perpetradores son inducidos a realizar los ataques, se les permite efectuarlos o participan apenas de parte de ellos, pero reciben la responsabilidad plena, respaldados por agencias gubernamentales ocultas, de forma de favorecer o justificar las agendas en que estas operan. Los propios ataques de 2001 se encuadran en esta categoría, así como los de Madrid en 2004 y Londres en 2005.
La segunda incluye las acciones de individuos que estuvieron involucrados en operaciones clandestinas de semejantes agencias, recibieron el necesario entrenamiento especializado y, posteriormente, por cualquier motivo, se volvieron incontrolables y abandonaron a sus antiguos mentores y están propensos a perpetrar toda suerte de acciones violentas contra sus sociedades. En la jerga de la inteligencia, se conocen como blowback, término inglés intraducible que se aplica a consecuencias inesperadas o indeseables de determinadas líneas de acción. El brutal ataque en Manchester, el pasado 22 de mayo, parece ser un clásico ejemplo de blowback, un auténtico bumerang que retornó con efecto devastador. Veamos los detalles.
Aproximadamente a las 22:30 de aquel día, se detonó una bomba en la salida de la Arena Manchester, cuando terminaba el show de la cantante estadounidense Ariana Grande, cuyo público mayoritario está constituido por niños y adolescentes. Diecinueve personas murieron y 120 quedaron heridas, muchas de gravedad. De estas, cuatro murieron en los días siguientes.
Cuatro horas después, mientras las autoridades británicas todavía se ocupaban de auxiliar a las víctimas, el periódico Washington Post y otros medios noticiosos de los EUA divulgaron en sus sitios la información de que funcionarios anónimos del gobierno estadounidense apuntaron que el responsable era un hombre bomba de nombre Salman Abedi, sin dar otros detalles sobre su edad y nacionalidad. Apenas por la tarde del martes 23, la policía de Manchester confirmó oficialmente que el atacante era Abedi, de 22 años, hijo de padres libios, nacido y criado en la ciudad. Casi al mismo tiempo, el Estado Islámico (EI) asumió que Abedi era uno de sus miembros.
La fuga de información irritó profundamente al gobierno británico. La secretaria del Interior, Amber Rudd, se quejó públicamente, afirmando haber dejado “bien claro a nuestros amigos que esto no debería de pasar nuevamente (Bussines Insider, 24 de mayo de 2017)”.
Posteriormente, la primer ministra Theresa May transmitió el reclamo directamente al presidente Donald Trump, durante la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Bruselas (G1, 25 de mayo de 2017).
Piezas de la fábrica del terror
La irritación británica, posiblemente, se explica por los hechos que salieron a la luz los días siguientes, en la medida en que quedaba claro que Abedi no era un proverbial “lobo solitario”, sino un integrante de una activa y sofisticada red de yihadistas dispuestos a mantener sus convicciones al extremo de la crueldad matando niños y adolescentes –y con vínculos inocultables con la inteligencia británica.
Los padres de Abedi, Ramadan y Samia, huyeron de Libia en 1991, después que Ramadan, oficial de las fuerzas de seguridad del gobierno, cayó preso acusado de filtrar información sobre operaciones policíacas contra sospechosos de integrar grupos islamistas de oposición al régimen de Muamar Kadafi. Después de una estancia de dos años en Arabia Saudita, la pareja solicitó asilo político en el Reino Unido, el cual les fue concedido. Allí, vivieron inicialmente en Londres y, después, se mudaron a Whalley Range, suburbio de la zona sur de Manchester, que era un centro de islamistas opositores de Kadafi, debidamente apoyados por los servicios de inteligencia británicos (MI-5, interior y MI-6, exterior).
Reclutados por el MI-6, Ramadan y Samia habían ingresado al Grupo Islámico Combatiente en Libia (GICL), formado en 1996, que luego se involucró en un fracasado intento de asesinato de Kadafi.
Uno de los fundadores del GICL fue Abdelhakim Belhadj, quien, en 2004, fue uno de los planificadores del brutal ataque terrorista de Madrid, que causó 191 muertes. Exiliado en Qatar, en 2011, Belhadj regresó a Libia, donde fue uno de los líderes de la insurrección contra Kadafi, asonada que contó con la decisiva participación de fuerzas aéreas y terrestres de la OTAN.
Después del asesinato del líder libio, la OTAN lo nombró gobernador militar de Trípoli. Al año siguiente, fue uno de los fundadores del Ejército Libre Sirio (FSA, siglas en inglés), frente de grupos armados que se unieron en guerra contra el régimen del presidente Bashar al-Assad, el cual también tuvo el apoyo de potencias de la OTAN y de las principales petro-monarquías del Golfo Pérsico. En 2015, según autoridades egipcias, Belhadj se convirtió en el principal líder del Estado Islámico en el norte de África (Red Voltaire, 25 de mayo de 2017).
Además del GICL, otros grupos islamistas tenían sedes operativas en las Islas Británicas, como el Grupo Islámico Armado (GIA) argelino y la Yihad Islámica egipcia.
Por su parte, Samia, ingeniera nuclear, era amiga desde joven de Umm Abdul Rahaman, mujer de un ex-comandante de al-Qaeda, Abu Anas al-Libi, asilado en el Reino Unido desde 1995 y, en 1998, acusado de participar del ataque terrorista contra la embajada de los EUA en Nairobi, Kenia. Al-Libi fue apresado por militares estadounidenses en Trípoli en 2013, muriendo de cáncer en el hígado en 2015, antes de ser enjuiciado (True Publica, 27 de mayo de 2017).
En 2011, la pareja regresó a Libia, dejando en Manchester a Abedi y sus dos hermanos, Hashem e Ismael. Se sabe que, como integrantes del GICL, los dos participaron activamente en la campaña contra Kadafi, aunque sus papeles todavía no habían sido oficialmente establecidos. Después del ataque suicida de Abedi, Ramadan y Hashem fueron detenidos por las autoridades libias, a petición de Londres, e Ismael, por la policía de Manchester.
Sin embargo, lo que más llama la atención es el gran número de viajes efectuados por Abedi, en los últimos dos años hacia Libia, Turquía, Siria y varios países europeos como Alemania, Francia y República Checa, sin ningún problema con las autoridades. Actividad intrigante, que un muchacho que ya estaba fichado por la policía de Manchester desde los 16 años, por robo y otros delito pequeños, haya tenido acceso a créditos educativos, a pesar de haber abandonado la universidad con un año de estudios, y tuviera solamente un empleo modesto en una dulcería –además de tener como padres a dos activos militantes islamistas. Evidentemente, semejante costosa movilidad no fue financiada solamente con los recursos desviados de los créditos educativos.
En entrevista al Daily Mail del 27 de mayo pasado, el veterano periodista Peter Oborne, editor asociado de la revista Spectator y ex-comentarista político del periódico Daily Telegraph, apuntó directamente el dedo hacia la inteligencia británica. “Funcionarios del MI-6 fueron cómplices en la creación de una generación de yihadistas nacidos en el Reino Unido, quienes están preparados para hacer cualquier cosa o matar a cualquiera, incluso a niños, en sus esfuerzos para destruir este país. Existen todas las razones para especular que el maligno trabajo de Salman Abedi en la Arena Manchester, en la noche del lunes, fue en parte una consecuencia directa de la interferencia del MI-6 en asuntos de Oriente Medio y del Norte de África”.
Igualmente, Oborne destaca el papel de la agencia durante el gobierno de Tony Blair (1997-2007) cuando sus jefes “permitieron que se volviese un instrumento de propaganda del bando de los belicistas del gobierno laborista”.
El pasado domingo 28, el periódico británico Mail on Sunday le aventó más leña seca a la hoguera, informando que Abedi había sido investigado desde el 2016 por el FBI, que, en enero último, transmitiera al MI-5 británico que Abedi integraba una célula del EI que planeaba un ataque contra un “blanco político” en el Reino Unido. La información, según el periódico, venía de u funcionario no identificado de la agencia estadounidense. La revelación dejó a las autoridades británicas en camisa de once varas para explicar porque Abedi no estaba bajo vigilancia adecuada.
Escribiendo en el sitio True Publica del 30 de mayo pasado, la periodista Laura Tiernan hace las preguntas siguientes que todavía no tienen respuesta:
“Porqué e MI-5 abandonó su investigación sobre Salman Abadi, en qué autorizó esto?
“Porqué podía viajar libremente entre la Unión Europea y Oriente Medio, inclusive, hacia conocidos centros terroristas?
“¿El MI-5 informó al gobierno de Theresa May sobre las amenazas de atacar un blanco político en Gran Bretaña?
“¿Cómo pudo recibir miles de libras esterlinas en créditos educativos, para financiar sus actividades, inclusive, viajar y alquilar las residencias usadas en la preparación del ataque del pasado lunes, a pesar de no estar acudiendo a la universidad?”
Seguramente, no habrá sido un mero descuido.
Otras interrogantes involucran el papel del FBI, no solamente por la presteza para la identificación remota del culpado a más de 5 mil kilómetros de distancia, sugiriendo un conocimiento de las operaciones y redes terroristas que operan en el circuito Norte de África- Oriente Medio-Europa, sorprendente para una agencia cuya jurisdicción oficial se restringe a los EUA, sino también por la decisión de fugar la información sin consultar a sus contrapartes británicas, lo cual puede indicar alguna rivalidad en la comunidad de la inteligencia anglo-americana.

Português
Msia Informa
