Siria, el Stalingrado del “Nuevo Orden Mundial”

stalingrad

La impresionante histeria de los altos círculos del eje angloamericano y sus apéndices de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), motivada por el inicio de las operaciones aéreas rusas en Siria el 30 de septiembre tiene un solo motivo: La iniciativa rusa pone en jaque todo el plan estratégico creado por los geopolíticos oligarcas, luego del derrumbe de la Unión Soviética, que fue  denominado “Nuevo Orden Mundial”; a la luz de la historia que procedió a  su proclamación por el presidente George Bush padre en 1990, la finalidad era establecer una hegemonía unipolar fundad en el poderío militar de Washington, esquema en el que el dominio de la región del Gran Medio Oriente es crucial.  De tener  éxito en su intento de eliminar la amenaza del radicalismo islamista contra los estados nacionales de Siria y de Irak, como todo indica que será, la intervención rusa representará para tal plan un punto de no retorno análogo a la Batalla de Stalingrado, la que señaló el límite del avance nazi en la Segunda Guerra Mundial.

El significado de la embestida rusa se debe evaluar desde varios aspectos.

En primer lugar, establece una diferencia tajante entre una intervención militar justa y legítima, por haber sido solicitada por el Estado soberano de Siria, y la guerra semipermanente que parece ser un fin en sí misma, ofrecida por los estrategas de Washington. En este último caso, la pirotécnica coalición representada y encabezada por la Fuerza Aérea de Estados Unidos,  fue impotente para impedir la expansión de la zona controlada por los yijadistas del Estado Islámico (EI), en Irak y en Siria con más de un año de operaciones, a un costo superior de 4 mil millones de dólares,  En contraste, en algunos días de ataques, la aviación rusa golpeó blancos de gran importancia para el EI y abrió las puertas para una ofensiva terrestre coordinada con las fuerzas capaces de ofrecer un combate a los islamistas –el Ejército Sirio, unidades de la Fuerza Quds iraníes y de la milicia libanesa Hisbolá, las milicias kurdas y un reanimado ejército iraquí- cuyos primeros movimientos ya comenzaron.

Es evidente que los blancos no se limitan al EI, sino que incluyen otros grupos radicales que luchan contra el gobierno de Bashar al-Assad, como el frente al-Nustra, lo que provocó fuertes reacciones en las capitales de Occidente que convirtieron a al-Assad en el monstruo del momento..

En entrevista a la red CNN, el belicoso senador John McCain, presidente del Comité de los Servicios Armados del Senado, inició las protestas: “Es interesante que los ataques iniciales de ellos fueron contra individuos y grupos que fueron financiados y entrenados por nuestra CIA” (Politico.com, 1º/10/2015).

Es un secreto a voces que el Frente al-Nustra es tan sólo uno de los varios grupos radicales movilizados contra el gobierno de Damasco, que fueron formados, entrenados, equipados y financiados por Estados Unidos y sus aliados en la coalición contra al-Assad, principalmente, Turquía, Catar, Arabia Saudita, el Reino Unido, Francia, Jordania e Israel.

En Londres, el primer ministro David Cameron afirmó que la intervención rusa estaba “realmente empeorando la situación.”  Según él, “está absolutamente claro que Rusia no está discriminando entre el EI y los grupos de oposición sirios legítimos y, como resultado, están, de verdad, apoyando al carnicero Assad y ayudándolo.  Con justicia, han sido condenados en todo el mundo árabe por lo que hicieron y creo que el mundo árabe tiene razón sobre esto.” (BBC, 3/10/2015).

Del otro lado del Atlántico, el presidente Barack Obama salió con la misma cantilena, lamentando que los rusos “no distinguieran entre el EI y la oposición sunita moderada, que lo que quiere es que el  señor Assad salga del escenario.  Desde la perspectiva de ellos, todos son terroristas.  Y esto es una receta para el desastre” (The Guardian, 2 /10/2015).

En Bruselas, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, se cooperó para la andanada de quejas contra Moscú: “Yo también estoy preocupado con que Rusia no está atacando al EI, sino, en vez de esto, está atacando a la oposición y a los civiles sirios” (Sputnik News, 5/10/2015).

Por ironías del destino, al día siguiente la aviación estadounidense bombardeó un blanco civil, el hospital de la organización Médicos Sin Fronteras de Kanduz, Afganistán, en medio de los combates con las milicias del Talibán que habían recapturado la ciudad.  El ataque provocó la muerte de 22 personas y heridas a varias más.  Luego de algunos días de informaciones y contrainformaciones, el comando militar de Estados Unidos admitió el ataque, pero se defendió afirmando que fue “accidental.”

Piden revancha

El grado de locura de los funcionarios de Washington quedó evidenciado por la amenaza abierta de desquite proferida por el rusófobo ex consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, siempre comprometido en mantener la hegemonía estadounidense.  Materializó el pensamiento de la gran mayoría de sus pares en un artículo aparecido en el Financial Times de Londres:

“Moscú decidió intervenir militarmente, pero sin la cooperación política o táctica con Estados Unidos –la principal potencia extranjera involucrada en esfuerzos directos, aunque no muy efectivos, para desalojar al Sr. Assad.  Con las cosas así, supuestamente, lanzó ataques contra elementos sirios que son patrocinados, entrenados y equipados por estadounidenses, y les infligió daños y provocó bajas.  En la mejor de las hipótesis, fue una demostración de la incompetencia militar rusa; en la peor, una evidencia de un peligroso deseo de poner de manifiesto la impotencia política estadounidense.

“En cualesquiera de los casos, el futuro de la región y la credibilidad estadounidense entre los estados del Medio Oriente están en juego.  En esas circunstancias rápidamente cambiantes, Estados Unidos tiene tan sólo una opción real si quiere proteger sus intereses más amplios en la región: transmitir a Moscú la exigencia de desistir de las acciones militares que afecten directamente a los activos estadounidenses.  Rusia tiene todo el derecho de apoyar al señor Assad, si así lo desean –pero cualquier repetición de lo que acaba de dejar ver debería provocar la respuesta inmediata de Estados Unidos.

“Las presencias navales y aéreas rusas en Siria son vulnerables y aisladas geográficamente de su patria.  Podrían ser “desarmadas” si persistieran en provocar a Estados Unidos.  Mejor todavía, Rusia podría ser persuadida de actuar al lado de Estados Unidos en la búsqueda de una acomodación más amplia para un problema regional que trasciende los intereses de un único Estado”.

Si el concepto de “persuasión” de Brzezinski y de sus correligionarios incluye amenazas militares, todo indica que cualquier esfuerzo en ese sentido será inútil, La operación rusa en Siria, cuyos resultados son puestos de inmediato en internet, está demostrando al mundo una eficaz combinación de determinación política y eficiencia militar, que no se podrá contrarrestar sin el riesgo de una confrontación de grandes proporciones.  En cuanto a la cooperación con la coalición occidental, el comando ruso ya se manifestó totalmente abierto a ella, a partir del centro de coordinación de información de la coalición Rusia-Siria-Irak-Irán-Hisbolá en Bagdad, donde la facilita la proximidad con el comando occidental.

Es posible, por otro lado, que uno de los motivos de la ira de Brzezinski sea la percepción de que la embestida rusa podría ser el fin de la manipulación del radicalismo musulmán para las finalidades geopolíticas de Estados Unidos y de sus subordinados, planteada por él mismo en Afganistán a finales de los años setentas.  De ahí salieron la red Al-Qaeda y toda la fauna de yijadistas que han convertido en un infierno el Medio Oriente, el Cáucaso, el Norte de África y Europa, en actos que, con frecuencia, son instigados por agencias de espionaje involucradas en el plan del “Nuevo Orden” –lo que en su momento se conoció como “terrorismo sintético” o, como preferimos llamarlo nosotros, “radicalismo islámico-occidental.”

Como sería de esperarse, una virulenta campaña de desinformación se desencadenó contra las acciones militares rusas antes de que los aviones despegasen rumbo a sus blancos, como lo señalara el presidente Putin.  Fotografías tomadas días antes de los primeros ataques e, inclusive, hasta años atrás, se exhibieron en internet para mostrar las supuestas víctimas civiles de los bombardeos, en especial niños.  Aunque hayan sido desmentidas, esas informaciones sobre víctimas civiles de los ataques continúan y no pararán, debido al valor que guardan para la guerra de propaganda contra Rusia.

El segundo aspecto relevante es el retorno definitivo de Rusia al tablero geopolítico, en la categoría de gran maestro internacional, con lo que se consolida la tendencia que se había mostrado con la paliza aplicada a Georgia en 2008, en la misma Siria, en 2013, cuando se impidió el inminente ataque estadounidense, y en la reincorporación de Crimea en 2014.

Al contrario de lo sucedido en las campañas del “Nuevo Orden” en Irak en 1991 y 2003, en Yugoslavia en 1998 y hasta en Libia en 2011, el Kremlin en Siria trazó definitivamente la línea roja en el terreno y dejó claro que la salida por la fuerza de Assad, como quieren los mandarines de Washington, Londres, Bruselas y París, no es una condición aceptable para cualquier tipo de cooperación o negociación sobre el futuro del país.

La exhibición de poderío militar en Siria, que incluyó el disparo de misiles crucero de largo alcance desde navíos del Mar Caspio, a 1 500 kilómetros de sus objetivos, no tiene a los yijadistas como blancos exclusivos.  Entre los modernos aviones de combate enviados a la base aérea de Latakia están seis cazas Sujoi Su-30, cuya función es la de impedir incursiones de aviones de la OTAN y de Israel en el espacio aéreo sirio en tanto que no hayan sido coordinadas con el comando ruso.

La determinación rusa de no tolerar más los dictámenes del “Nuevo Orden,” sin embargo, no se muestra tan sólo en el campo estrictamente militar.  Por el contrario, los estrategas del Kremlin han demostrado un dominio total de las nuevas reglas que rigen la guerra irregular (o “guerra de cuarta generación”) empleadas por sus contrapartes hegemónicas de Occidente, y han establecido su línea de acción de acuerdo a ellas.

Un ejemplo definitivo es el uso eficiente de la prensa electrónica, siguiendo las huellas de CNN a partir de la Guerra del Golfo de 1991, cuando el mundo pudo acompañar, muchas veces en vivo, las operaciones militares contra el Irak de Saddam Hussein.  Con la lección aprendida, Moscú puede alinear hoy una eficiente brigada de órganos de difusión, como la red de televisión RT, la radio Voz de Rusia, los sitios Sputnik News, Rusia Insider y otros (algunos con varias opciones de idiomas), los cuales producen información y análisis que por su calidad han ganado una aceptación creciente del público de todo el mundo, al actuar como un contrapunto de la gran prensa dominada por el establishment oligárquico occidental.

En este mismo sentido está dirigido el encuadramiento de las agencias de ayuda, de las fundaciones privadas y de las organizaciones no gubernamentales, tanto nacionales como extranjeras, como instrumentos de políticos del “Nuevo Orden.”  Luego de años de tolerar las operaciones de organismos como la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), de la Fundación Nacional para la Democracia (NED), o de la Open Society Institute del mega especulador George Soros y otras, el gobierno ruso decidió acabar con la escandalera, estableció reglas estrictas para el funcionamiento de esas entidades en el país, lo que hizo que muchas de ellas cancelaran sus actividades en Rusia.

Al trabar la “Batalla de Siria” en todos esos frentes, la Federación Rusa de Vladimir Putin puede poner límite al avance de la guerra del “Nuevo Orden Mundial” contra los estados nacionales soberanos y contra sus instituciones, los verdaderos blancos de la campaña del establishment oligárquico de Washington y sus socios-subordinados.  Así como Stalingrado fue el punto de no retorno para la derrota nazi, la de Siria podrá contribuir a librar a la gran nación estadounidense de la infestación “neoconservadora” y a Europa del cautiverio de los “oligócratas” de Bruselas.

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