¿Quién está atrás del embrollo coreano?

Mientras que el mundo observa las bravuconadas de Donald Trump y Kim Jong-un, vale la pena recordar que el embrollo que involucra al sicótico régimen de Corea del Norte bien pudo resolverse satisfactoriamente hace más de una década, si es que los radicales belicistas de Washington no hubiesen torpedeado la promisoria iniciativa de reacercamiento de las dos Coreas, intentada en el período 1999-2000 con el apoyo de los EUA y de Japón.

En ese entonces, se estableció un esbozo de acuerdo que no solamente pudo haber acabado las turbulencias en la Península Coreana, sino que hubiera puesto a Corea de Norte en el camino de un refrescamiento político y económico y una eventual reforma interna con el potencial de finalizar con la dinastía Kim. Como parte del proceso, en junio de 2000, el entonces presidente sudcoreano Kim Dae-jung (1997-2003) llegó a viajar a Pyongyang para reunirse con el líder norcoreano Kim Jong-il, siendo recibido por una multitud de 600 mil personas, cuyo entusiasmo era legítimamente diferente a las manifestaciones colectivas de júbilo practicadas por el régimen.

La visita resultó en la firma de un acuerdo de cuatro puntos, el cual serviría de base para futuras negociaciones entre los dos Estados y cuyos objetivos eran: 1) promover una reconciliación y la reunificación inter-coreana; 2) reducir las tensiones y promover la paz en la Península Coreana; 3) ayudar a reunir a las familias separadas en la Guerra de Corea (1950-53); y 4) ampliar los intercambios económicos, culturales, sociales y en otras áreas.

Ante los resultados, el primer ministro japonés en este entonces Yoshiro Mori (2000-01) llegó a comparar el encuentro a los acontecimientos de 1989 en Europa, los cuales llevaron al derrumbamiento del Muro de Berlín.

¿Con semejantes perspectivas hacia adelante, en que se falló?

En un artículo publicado en marzo pasado en el sitio Huffington Post, el ex-secretario de Defensa estadounidense William J. Perry, quien participó activamente en las negociaciones, explica:

“En 1999, yo fui a Pyongyang, a petición del presidente Bill Clinton, del presidente sudcoreano Kim Dae-jung y del primer ministro japonés Keizo Obuchi, para negociar un acuerdo que requeriría el desistimiento de Corea del Norte de su programa de desarrollo de armas nucleares y misiles de largo alcance. A cambio, Corea del Sur y Japón darían asistencia económica y los EUA ofrecerían garantías de seguridad.

“Las discusiones fueron alentadoras y fueron seguidas por el envío del principal asesor militar del líder norcoreano Kim Jong-il a Washington, en octubre del 2000, para discutir un acuerdo formal. Estuvimos muy cerca de llegar a los términos finales, pero el tiempo se agotó antes que el Gobierno de Clinton pudiera concluir el acuerdo. Cuando George W. Bush asumió el cargo, en 2001, canceló todas las discusiones con Pyongyang por dos años y, después, acordó con China iniciar las llamadas negociaciones de las seis partes (involucrando a los dos Coreas, EUA, Rusia, China y Japón –n.e.), para lidiar con un crecientemente peligrosos programa nuclear de Corea del Norte.

El resultado de más de una década de negociaciones es que Corea del Norte construyó un pequeño arsenal nuclear, realizó con éxito pruebas de bombas nucleares y misiles de largo alcance y se involucró en una retórica cada vez más amenazadora (…)” Huffington Post, 10 de marzo de 2017).

El acuerdo incluía, también, el aprovisionamiento por los EUA de dos reactores nucleares para la generación de electricidad, los cuales serían puestos bajo la supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), en los términos del Tratado de No-Proliferación de Armas Nucleares (TNP) del cual Corea del Norte era signataria desde 1985. Con el fracaso del acuerdo, Pyongyang acabó retirándose del TNP en 2003, y ante la invasión y devastación de Irak por la coalición encabezada por los EUA, iniciada en abril de aquel año, reanudó aceleradamente su programa nuclear militar. En otras palabras, el programa nuclear norcoreano es un subproducto directo de la destrucción del régimen de Saddam Hussein –quien sufrió tal destino, por no poseer las decantadas armas de destrucción masiva.

Pero lo que Perry no dijo fue que el abandono de las negociaciones, era parte de la agenda del gobierno de George Bush (2001-2009) quien llegó a la Casa Blanca apoyado por los famosos “neoconservadores”, el ala más agresiva y belicista del Establishment estadounidense, con su lista del “eje del mal”, países cuyos regímenes eran considerados amenazas a los intereses y a la seguridad de los EUA y podrían ser blanco de eventuales acciones militares. Entre los contemplados estaban Corea del Norte, Irak, Irán, Siria y Libia. Para los “neocons”, cuyo representante mejor graduado era el vice-presidente Dick Cheney, acuerdos que no implicaran una total sumisión de la otra parte no encajaban en su distorsionada visión de hegemonía.

Ahora en 2017, los “neocons” y sus simpatizantes del “gobierno mundial” están repartiendo nuevamente las cartas en Washington, empeñándose de forma cada vez más agresiva en enmarcar a Trump en su agenda belicista. Y el titular de la Casa Blanca no ha dado muestras de que está dispuesto a confrontarlos. Por eso, Perry advierte en el artículo, escrito antes del actual tiroteo retórico:

“Esta situación es claramente peligrosa y parece volverse más peligrosa a cada semana. Pero el peligro no es que Corea del Norte lance un ataque nuclear de sorpresa. Yo estudio a Corea del Norte desde hace décadas y tuve pláticas serias con muchos de sus líderes militares y políticos. Es verdad que los líderes norcoreanos tienen un histórico de asumir riesgos calculados, que han efectuado muchas acciones ultrajantes contra Corea del Sur y que son implacables con su propio pueblo.

“Pero ellos no están locos, como alguna personas piensan. Corea del Norte es un Estado paria y casi solitario en el mundo, pero hay una lógica en las acciones de su liderato. Fundamental a esta lógica es un compromiso absoluto con la preservación de su régimen, para mantener la dinastía Kim. Contra todas las expectativas, ellos han conseguido hacer eso”.

Para Perry, la única opción consistente es la reanudación parcial de los acuerdos abandonados:

“Yo creo que Corea del Norte acordaría abandonar las pruebas de armas nucleares y misiles de largo alcance, y en no vender o transferir su tecnología nuclear, a cambio de concesiones económicas de Corea del Sur y garantías de seguridad de los EUA”

Según él, “este, ciertamente, no es el acuerdo que hemos buscado durante décadas, pero valdría la pena conseguirlo”, debido a los riesgos implicados para Corea del Sur y Japón en un eventual uso de la fuerza militar.

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