El "Club de las Bombas" y la proliferación de la insanidad

La campaña de ataques aéreos de la coalición internacional encabezada por los EUA, que acaba de reforzarse con la Real Fuerza Aérea Canadiense, no está produciendo ningún efecto palpable en el combate al avance del Estado Islámico (EI), tal y como lo admitió, implícitamente, el presidente francés Francois Hollande, en su reciente visita a Canadá.

Mientras las fuerzas aéreas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se ejercitan, en el terreno, los jihadistas sunitas prosiguen en su campaña de terror, con la ejecución de centenas de miembros de tribus aliadas al gobierno de Bagdad, anunciadas en los últimos días. La tribu Albu Nimr, de la provincia de Anbar tuvo más de 350 muertos confirmados, incluyendo docenas de mujeres y niños. (Reuters, 3 de noviembre de 2014).

La movilización de las tribus iraquíes constituye una pieza central de la estrategia articulada por el Pentágono para el combate al EI, pero las masacres promovidas por los jihadistas tienden a dificultar una mayor adhesión de ellas a la campaña.

Para complicar, las hazañas de los fanáticos jihadistas han funcionado como un imán para atraer toda suerte de jóvenes inconformes y desencantados con sus sociedades, que se han incorporado en masa a las filas del EI. El pasado 31 de octubre, el periódico inglés The Guardian divulgó las conclusiones de un informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU), según el cual cerca de 15 mil voluntarios de más de 80 países ya viajaron a Irak y a Siria, para juntarse al grupo.

El mismo día, el Washington Post, citando fuentes de inteligencia y contraterrorismo estadounidenses, afirmó que solamente Siria ha registrado la llegada de más de mil extranjeros cada mes, para unirse al EI, al Frente al-Nusra y otras organizaciones terroristas que operan en el país. Muchos de ellos son combatientes experimentados en campañas de terror en países como Túnez, Libia y otros. Pero se estima que por lo menos cerca de 3 mil de ellos provengan de países occidentales.

Es decir, por si las dudas que estén proliferando teorías conspirativas en torno al origen del EI, que muchos atribuyen a una trama de los servicios de inteligencia, en especial, estadounidenses, para justificar más una extensión de la guerra al terror, esta vez, con la intervención del “Club de las Bombas” -que, como lo hemos visto con anterioridad-, se ha afectado mucho más a la población civil siria que a los jihadistas. Ninguna estrategia efectiva contra el EI podrá ser montada sin una coordinación seria de esfuerzos entre los actores extranjeros relevantes -incluyendo a Rusia e Irán -y los gobiernos iraquíes, kurdo y sirio, cuyas fuerzas militares están librando los combates reales contra los jihadistas. Como Washington y sus capitales aliadas no están dispuestas a transigir para incluir en su agenda adversarios declarados como Damasco, Teherán y Moscú, el fiasco de la campaña de bombardeos aéreos se parece más a un resultado esperado que a un fracaso no deseado.

 

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