Masacre en Kenia: ¿Dónde está el Occidente cristiano?

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La masacre de 148 estudiantes en sus alojamientos de la Universidad de Garissa, Kenia, perpetrado por el grupo yijadista somalí Al-Shabab (La juventud, en árabe), recibió de la prensa occidental tan sólo una reducida fracción de la enorme difusión del asesinato de los directores de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, sucedido en enero pasado;  tampoco  se verificó en Occidente nada remotamente parecido a las colosales manifestaciones de conmoción pública, en París o alguna otra capital.  Así quedó clara la curiosa selectividad que parece calibrar la indignación de la sociedad de Europa y de la América del Norte anglo-sajona.

La prensa, en uno de ellos se empeñó en bombardear la opinión pública mundial durante semanas con una difusión orientada a proporcionar todos los detalles de los ataques de París y sus circunstancias, al tiempo que decenas de jefes de Estado y de gobierno salían a la calles, al lado de millones de personas, para demostrar su repudio a los terroristas y el apoyo incondicional a la libertad de expresión y de opinión, convertidos en los pilares que sustentan los valores civilizatorios occidentales.

En el otro ejemplo, no se observaron manifestaciones públicas significativas de indignación ante otro episodio de una larga secuencia de persecuciones y de masacres cometidos contra cristianos y contra otras minorías religiosas por parte de los grupos que bien se pueden calificar de una “internacional yijadista,” cuyos representantes más notorios son la red Al-Qaeda y el Estado Islámico (EI).  Por algún motivo, la muerte de más de un centenar de jóvenes estudiantes africanos, que representaban parte del futuro de su país, tan sólo por no saber el nombre de la madre del profeta Mahoma, en muchos casos, parece tener un valor incomparablemente menor al del igualmente deplorable asesinato de periodista, policías y ciudadanos de uno de los países líderes de Occidente.

Asimismo, antes de la secuencia de invasiones militares de las potencias occidentales, encabezadas por Estados Unidos, a países como Afganistán, Iraq y Libia, o patrocinadas por dichas potencias, como sucede con Siria, el  “terrorismo islámico” era considerado insignificante. Los tres últimos ejemplos merecen un tanto de atención, pues, por ironía, sus regímenes “dictatoriales” se caracterizaban por una tolerancia religiosa que, actualmente, constituye uno de los artículos más escasos en el Medio Oriente y su entorno.

Lo que se ve actualmente en gran parte de Occidente es una auténtica caricatura de una civilización nominalmente cristiana que, en gran medida, adoptó como guía un conjunto de valores que la alejan irremediablemente cada vez más del humanismo cristiano que caracterizó lo más sublime de sus raíces históricas

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