Londres renueva como farsa su predilección por Carlos Marx

The Economist, vocero mediático del núcleo del poder británico, no podía dejar de rendirle tributo a Carlos Marx en el 200 aniversario de su nacimiento; después de todo siempre fue una figura mimada de los círculos aristócratas. En un artículo titulado “Gobernantes de todo el mundo, lean a Marx”, reproducido en la edición del 6 de mayo del periódico brasileño O Estado de São Paulo, la revista enfatiza la semejanza de la descripción que hacia Marx del capitalismo salvaje del siglo XIX con los desmanes actuales causados por la globalización financiera convertida en un casino mundial.

En una grito urgente se dirige a los grupos económicos internacionales más poderosos representados en el Foro Económico Mundial de Davos, para que frente a las tremendas fracturas de injusticias producidas por la globalización financiera, se busque un anestésico tendiente a aligerar los dolores, pues de otro modo, aquellas llagas abonarán el camino para el ascenso de los denominados “populistas”, mote empleado sistemáticamente por la revista, para designar los intentos de quebrar el orden de la alianza de poder anglo-americano. De manera que el mensaje es mantener encajonado al mundo entre los dos sistemas vigentes en la Guerra Fría: o el librecambismo, o el marxismo.

“La principal razón del continuo interés en Marx es que sus ideas son hoy más relevantes que durante décadas. El consenso de postguerra que desplazó el poder del capital para el trabajo y produjo un gran mejoramiento en el patrón de vida está desapareciendo. La globalización y el surgimiento de una economía virtual están llevando a una versión del capitalismo que una vez más parece estar fuera de control. El retorno del poder del trabajo para el capital comienza a producir una reacción popular –y frecuentemente populista. Por eso no es extraño que el libro de economía de más éxito en los últimos años, El capital en el siglo 21, de Thomas Piketty, sea un eco del título de la obra más importante del pensador alemán”, afirma The Economist.

Y concluye: “Hasta ahora, reformistas liberales se han mostrado tristemente inferiores a sus predecesores, tanto en términos del trato de las crisis, como de la habilidad en encontrar soluciones. Ellos deberían aprovechar el 200º aniversario del nacimiento de Marx para reencontrarse con el gran hombre –no solamente para comprender las grandes fallas que brillantemente identificó en el sistema, sino para recordar el desastre que nos espera si fracasamos en confrontarlas”.

Una vez más el poder oligárquico británico arma esta treta. La primera fue la proyección de Marx a mediados del siglo XIX, para intervenir en momentos críticos cuando se ponía en riesgo el poder que llega donde el sol se pone; orden imperial apoyado en el librecambismo de Adam Smith, David Ricardo y también del reverendo Thomas Malthus.

Carlos Marx vivió en la Inglaterra victoriana de 1849 hasta su muerte en 1883, protegido por la aristocracia intelectual de la Biblioteca del Museo Británico; amparado directamente por el diplomático David Urquhart, quién intercedió para la publicación de sus artículos en el periódico The New York Tribune.

A partir de esos círculos se divulgó para el mundo la obra de Marx, inocua para el sistema colonial británico por contemplar la destrucción de los Estados nacionales, pero astutamente inflada para servir de contrapeso a un sistema económico contrincante que si amenazaba el poderío inglés en la segunda mitad del siglo XIX: el Sistema Americano de economía política, mediante el cual las ex colonias de Norteamérica se libraban del colonialismo británico construyendo en la época una nación soberana industrial próspera.

Un representante de este último Sistema, vigente hoy día en la necesaria refundación de los Estados nacionales soberanos, fue el gran economista norteamericano Henry Carey, quien al concebir la economía un proyecto civilizador, fue devastador en su polémica contra el sistema librecambista británico por él genéricamente denominado “sistema Ricardo-maltusiano”

Se sabe que Marx conoció aspectos de la obra de Carey, en particular su estudio titulado, La trata de esclavos, extranjera y nacional; por ahí alguna vez en 1853 le arrancó un pálido comentario. También se sabe que ignoró uno de los trabajos fundamental de Carey La armonía de intereses agrícolas, manufactureros y comerciales, publicada por primera vez en 1851, evidentemente por la obvia razón de que refutaba la máxima marxista de presentar la historia como una lucha de clases permanente.

En el contexto de los estertores de dos procesos, la globalización financiera, cumbre del neoliberalismo y el colapso del comunismo, los potentados del mundo, en la segunda trama para proyectar en grande a Marx, también podrían aprender la lección dejada por el mismo encantador que fascinó a la revista The Economist: “La historia se repite primero como tragedia, después como farsa”.

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